Para mi gran decepción volví a levantarme perjudicada. La naturaleza me llamaba tanto, a gritos, que me tomé unas pastillas para poder hacer el tour sin problemas.
Volvieron a recogerme en la plaza de Armas, frente a la catedral. El grupo, más grande y heterogéneo que el anterior, lo conformaban dos alemanas, dos peruanas con sus dos novios californianos y una pareja de Chicago. El guía, de nuevo Arístides, esta vez hablaba en inglés, aunque sus chistes los seguía haciendo igual de malos.
El tour era el llamado "Valle Sagrado", en el cual se visitan 3 lugares distantes entre sí y cuyo desplazamiento en bus es casi obligado. El primer lugar donde debíamos parar es un pueblo no muy lejano del mismo Cusco que se llama Chinchero, sin embargo llovía y hacía bastante frío por lo que seguimos en dirección a Urubamba para desde allí ir a Pisaq. A esta localidad puede llegarse directamente desde el Cusco cuando las lluvias torrenciales no se llevan el puente sobre el río Urubamaba, pero en su ausencia nos vimos obligados al rodeo.
El viaje duró algo más de una hora. Yo iba ensimismada con el paisaje: dentro del valle las montañas te rodeaban, todo verde muy verde y las nubes se introducían en el mismo dando un ambiente encantado al cuadro. Mi estado había mejorado un poco aunque no dejaba de ser un desperdicio humano. Quise distraerme para no centrarme en mi malestar. Así empecé a hablar con Arístides y la pareja de Chicago que estaba formada por el primo de Obama (era clavado) y su querida. Conversamos largo rato sobre la sanidad en diferentes partes del mundo y entonces volví a alegrarme de la sanidad pública española que todos criticamos pero que hace sombra a casi todas las que conozco.
Cuando llegamos a Pisaq nos dejaron unos 30 minutos para ver el mercado. Es un pequeño pueblo rodeado de montañas y su mercado de artesanías es bastante famoso. Mucho de los turistas compran creyendo que allí los precios son más bajos pero, aunque antes así era, actualmente llegan a ser incluso más caros que en la ciudad. Paseé tranquilamente viendo artesanías mientras todos intentaban venderme toda su mercancía ignorando que sólo llevaba en el bolsillo 10 soles. Tras unos minutos en el bullicio de las tiendas decidí alejarme por una callejuela. Podría compar este pueblo con uno de la sierra, con sus casas pequeñas y blancas cubiertas por techos de paja, sus calles de piedra y allá donde mires siempre hay una montaña.
En una de las calles encontré la definición de "perro cabrón": uno que no levantaba un palmo del suelo me ladraba como un desesperado desde la puerta de una casa, la imagen me resultó tan cómica que decidí hacerle una foto y en ese momento salió un perraco detrás del otro, como en su defensa y me hizo asustar. Me fui de allí y a lo lejos al volverme vi como el perrillo me miraba, creo que me estaba diciendo "jódete".
Con el susto en el cuerpo seguí paseando y vi, sobre todo escuché, la pequeña escuela del pueblo, donde los animalitos se educaban, qué ruido, acababan con la paz de todo el valle sagrado.
Los 30 minutos no dieron más de sí, pero quedé satisfecha con mi pequeña incursión en Pisaq. En el bus tuvimos que esperar a las alemanas que no terminaban sus compras, mientras conversaba con Obama's cousin. Cuando por fin volvieron estaban enfadadas porque creían que era poco tiempo, yo intenté explicarles que allá no era mucho más barato que en Cusco e incluso les indiqué los lugares más económicos, pero tenían la cabeza demasiado dura como para escuchar a nadie.
Desde el pueblo subimos al complejo arqueológico por una carretera que estaba llena de derrumbres y socavones. Se trataba de pequeña ciudadela en lo alto de la montaña que a nuestras llegada se vislumbraba difícilmente entre las nubes. Frente a ésta se encontraba una pared donde había cientos de agujeros como si fueran madrigueras, se trataban de tumbas preincas que habían sido saqueadas. La situación de la ciudad allá se cree que podía ser por motivos defensivos, por seguridad respecto a las crecidas del río o por observación del paisaje. Las laderas estaban rodeadas de terrazas de cultivo ahora abandonadas pero verdeadas por las lluvias. Aún existía una fuente inca cuya agua es canalizada desde un arroyo cercano. Por una escalera inca subimos al complejo, allá todo estaba blanco salvo las margaritas que inundaban cada rincón del yacimiento. Arístides nos mostró cómo eran las casas, su construcción trapezoidal como técnicas antisísmica, sus ventanales estrechos, su zona para cocinar y para secar el grano...
En nuetras bajada las nubes desaparecieron y pudimos ver la grandeza de las vistas, mágico si no fuera por el ruido que hacían todos los tours que llegaban cuando nosotros ya partíamos.
De vuelta a Urubamba, lugar donde almorzaríamos, atravesamos pueblos como Colla y Calca donde pudimos ver en directo lo que el río había hecho con las casas y los cultivos. En algunos lugares una puerta indicaba que el montón de escombros que había tras de ella una vez había sido un hogar. Era pena verlo todo desolado, sobre todo porque ya hacía un mes del desastre y el gobierno creo que no se había preocupado demasiado al respecto. Para que te dieran una ayuda debías mostrar que eras el dueño de la casa, pero aquí la mayoría la habían heredado de sus padres sin ningún documento legal por medio, con lo cual lo habían perdido todo.
El almuerzo lo hicimos por grupo porque te ofrecían diferentes establecimientos acorde con el precio pagado. Yo había escogido un restaurante llamado "Alhambra" porque Lis me había sugerido los maravillosos pasteles de allá. Fue una lástima porque mi estómago no me dejaba comer. Creo que es la única vez que he estado en un buffet y no he devorado. Sólo tomé una pequeña sopa y un poco de sólido. Como el cuerpo me mataba pedí un mate de coca. Como no pude disfrutar de la comida, al menos lo hice con los animalillos que allá tenían, dado que era un sitio superturístico con su señor en poncho tocando lo flauta incluído.
Tras el mini-almuerzo nos recogieron y nos dirigimos a Ollantaytambo. Mi estado no mejoraba y empecé a tener frío y calor al mismo tiempo. Sentía que el cuerpo se me caía y que la barriga explotaría en cualquier momento. Entonces me di cuenta que eso no era una simple resaca, estaba enferma.
Ollantaytambo también es un pequeño pueblo de la sierra tomado por el turismo y donde, al parar el bus en la plaza del mercado, miles de vendedores te acechan, ya no sólo para venderte un recuerdo sino hasta pilas, tarjetas de memoria o USB!!!
Las ruinas consisten básicamente en un templo sagrado labrado sobre la montaña que se encuentra al final del pueblo. Terrazas enormes sirvieron de fortaleza al Manco Inca cuando luchaba contra Pizarro, aunque en realidad ésta no era la función de esta construcción. Para poder subir hay unas empinadas escaleras nada recomendables para cardíacos. En la cima pudimos observar cómo el trabajo realizado en la piedra indicaba que se trataba de un lugar sagrado. A la otra cara del pueblo se erigía una montaña donde también se observaban pequeñas construcciones y en la que la roca dibujaba caras.
Las piedras de construcción las habían tomado del mismo granito de la montaña y de una cantera situada a lo largo del río que se puede visitar y observar las piedras que quedaron en el camino esperando a ser transportadas, se las conoce como "piedras cansadas"
Rodeamos la montaña a pie observando la grandeza de la construcción y descendimos por unas empinadísimas escaleras hasta un punto donde había una piedra con cabeza de yama a la cual los incas le habían construído un cuerpo con terrzas sobre la pared.
Lo más curioso de todo aquello no eran las grandes piedras ni cómo las habían subido, sino que, como todo templo sagrado inca, estaba perfectamente orientado en la dirección del sol, siempre mirando al amanecer o al atardecer.
Para terminar nuestro tour nos dirgimos a Chinchero, otro pequeño pueblo encantador pero tomado por el turismo. La primera turistada que nos hicieron fue meternos en un lugar vdonde las señoras mostraban cómo fabricaban sus productos. Tenían una especie de tubérculo que cuando lo rayaban lo usaban como jabón para lavar la lana recién esquilada. Tras eso la tenían con productos naturales como plantas o cochinilla y después la hilaban. Resultó bastante didáctico, pero no compré nada porque los precios verdaderamente artesanales se escapan de mi presupuesto. De allá pasamos por la calle del comercio, curioso lugar que yo he decidido llamar así porque era un paseo donde los niños jugaban pero, cuando se acercaba un grupo de turistas, corrían a sus puestos e intentaban venderte la mercancía, para luego seguir jugando.
El sol estaba bajo, yéndose, y el color que daba era precioso para las fotos. El pueblo tenía aún alguna pared inca, a pesar de que en las fachadas de los edificios principales, como la iglesia, se observaba bien de dónde provenían los cimientos.
La iglesia, en su interior, recargada con una mezcla de barroco italiano, francés y español. Embadurnada en oro, rodeada de espejos, estatuas aladas, vírgenes con simbología inca y todo coronado por un techo mudéjar. A pesar de no haber disfrutado nunca con el arte religioso debo reconocer que estas iglesias son dignas de visitar por el collage que suponen.
El frío y el viento nos animaron a volver rápido al bus.
Por fin en Cusco me creí salvada de una muerte inminente. Volví a casa de Yojhi y me compré unos plátanos por el barrio que me sirvieron de cena. Luego caí muerta en la cama y ni siquiera la oí entrar minutos más tarde.
martes, 13 de abril de 2010
lunes, 12 de abril de 2010
CUSCO: Día 4
Me desperté muy tarde y sólo al abrir un poco el ojo me di cuenta de que estaba totalmente perjudicada. Me dolía la cabeza, estaba muy cansada y mi barriga me mataba.
Quedé con Lis para comer y de allá fuimos a la agencia, donde conocí a Charito, le pagué los tours y le dejé mi queja sobre la velocidad del city tour. Desde la agencia, que estaba en una calle subiendo desde la plaza de Recocijo, paseamos en dirección al mercado, tomando unos ricos helados de esos que salen de la máquina como un churrito. En nuestro paseo llegamos hasta el mercado, allí descubrí el caldo de rana, no lo probé, pero pude leer que curaba múltiples enfermedades cuyo tratamiento yo olvidé hace ya tiempo. Lo recetaré en mis guardias sin lugar a dudas.
Mi cuerpo me pedía cama asi que tras un rato en internet volví a la casa, donde me tomé un chocolate con los papás y el hermano de Yojhana. Aquí el chocolate es distinto, se trata de una especie de colacao que para el que, como a mí, le guste el chocolate bien espeso y amargo, le resultará aguado. Sin embargo mis amiguitas me contaban que el chocolate de allá las empalaga demasiado, que no les gusta. A mí el de acá no me disgusta, pero no entra en mi concepto de chocolate. Con el estómago calentito me fui a la cama esperando que al día siguiente no fuese un zombie.
Quedé con Lis para comer y de allá fuimos a la agencia, donde conocí a Charito, le pagué los tours y le dejé mi queja sobre la velocidad del city tour. Desde la agencia, que estaba en una calle subiendo desde la plaza de Recocijo, paseamos en dirección al mercado, tomando unos ricos helados de esos que salen de la máquina como un churrito. En nuestro paseo llegamos hasta el mercado, allí descubrí el caldo de rana, no lo probé, pero pude leer que curaba múltiples enfermedades cuyo tratamiento yo olvidé hace ya tiempo. Lo recetaré en mis guardias sin lugar a dudas.
Mi cuerpo me pedía cama asi que tras un rato en internet volví a la casa, donde me tomé un chocolate con los papás y el hermano de Yojhana. Aquí el chocolate es distinto, se trata de una especie de colacao que para el que, como a mí, le guste el chocolate bien espeso y amargo, le resultará aguado. Sin embargo mis amiguitas me contaban que el chocolate de allá las empalaga demasiado, que no les gusta. A mí el de acá no me disgusta, pero no entra en mi concepto de chocolate. Con el estómago calentito me fui a la cama esperando que al día siguiente no fuese un zombie.
CUSCO: Día 3
Me levanté temprano para ir al tour pero no calculé que todos los colectivos irían llenos porque era hora punta, así que llegué tarde. Afortunadamente Lisbeth estaba allí para retenerlos hasta mi llegada. Esta vez el grupo era más pequeño, el día anterior había unas 20 personas y ahora sólo éramos 5: 2 limeñas, 2 estadounidenses y yo. El guía era el recomendado por Lis: Arístides unh señor bien simpático pero cuyos chistes eran demasiado malos a pesar de que se reía mientras los decía.
Salimos rumbo a Maras Moray, un lugar poco visitado por los turistas, más por falta de interés de éstos que por ausencia de encanto del lugar. El camino era precioso, gracias a las lluvias los campo estaban verdes, muy verdes; éstos acompañados por el cielo siempre azul de la región y por las montañas en la lejanía eran dignos de ser fotografiados y eso hice, como una auténtica loca.
El lugar se trataba de un campo de cultivo inca. Ellos habían excavado en la montaña una especie de cráter y en él había terrazas a diferentes niveles. Según la altura de la terraza conseguían una temperatura y grado de humedad, de modo que en una misma zona podían tener diferentes cultivos. Para poder entrar y salir del hueco tenían las llamadas ahora "escaleras incas" unas piedras que a modo de peldaños sobresalían de la pared y que demuestra que los incas podían ser bien patilargos bien saltamontes porque a mí, con mi metro de pierna me costaba trabajo subirlas. A modo de representación, al fondo tenían sembradas diferentes plantas, reconocí la papa y el maís, pero una que rodeaba a todas las demás no. Arístides me explicó que se trataba de la planta del altramuz (no sabía que existiera fuera de España, de hecho los había visto muy poco fuera de Andalucía). El sabor de su hoja es amargo y así cuando los animales se acercan a pastar, la amargura los aleja evitando así que estropeen el cultivo. El fruto por supuesto también lo comen, pero cocinado. La subida desde el hoyo fue bastante agotadora, no recuerdo si es una zona que estuviera alta, pero el sol pegaba como en medio del desierto.
La segunda visita eran unas salinas muy curiosas porque en vez de encontrarse en un salar en llano estaban excavadas en la ladera de una montaña. Desde una montaña venía un río de aguas calientes y saladas y los lugareños lo desvían y lo van abriendo de modo que pase por todas las pequeñas pozas de donde luego extraen el mineral. Antiguamente lo llevaba el estado y no funcionaba muy bien, pero la gente del pueblo se organizó y ahora ellos se repartieron las pozas, que se heredan, y cada uno explota su territorio. Tuvimos una muy grata sorpresa allá porque, en medio del calor asfixiante, un señor que había perdido su cartera en Maras Moray y que encontró nuestro grupo devolviéndosela, nos invito a una fresquísima y rica inca-kola. Hicimos muchas fotos en aquel lugar donde el rojo de la tierra y el blanco de la sal daba un aspecto de cuento. Lógicamente metí el dedo en el agua y lo chupé: sí, estaba salado.
De vuelta en el carro fui hablando con Arístides un poco de todo: sanidad en el Perú, educación, tráfico, política... casi me convertí en experta. Yo iba incordiando y preguntando muchas cosas, él, encantado me explicaba. Ya en Cusco decidí irme a comer al tronquitos porque me había gustado mucho el primer día. De allá volví a casa de Yojhana y como las chicas me habían prometido juerga nocturna me dormí una siesta.
Por la noche fuimos al Marcelo Batata (me encanta el nombre) es el bar donde trabaja Boris, el hermano pequeño de Lisbeth. Es un bar turístico-pijo. Me dijo Lis que allá se comía rico y el camarero nos recomendó la alpaca tres quesos...uhm!!! Primero tomé mi cusqueña negra, que aún no había degustado y luego me dejé deleitar con el plato, estaba realmente muy rico. Nosotras nos mirábamos porque mientras comíamos decíamos, uhm, uhm, como tontas. Luego se nos unió en la cena su hermano y otro amigo. Tras un rato hablando de fantasmas y cosas de las que dan miedo nos despedimos.
En una plaza situada algo más arriba esperamos a Adriana y Pamela, yo mientras iba haciendo más fotos y buscando las 7 culebras que hay talladas en la piedra de un callejón. Cuando llegaron las otras individuas nos fuimos al bar de unos amigos y con toda la poca vergüenza del mundo pidieron refresco porque llevaban una botella de ron en el bolso. Estuvimos recordando historias de Francia, que vistas en el tiempo resultaban mucho más graciosas que entonces. Cuando nos quisimos dar cuenta eran las cuatro de la mañana y al día siguiente trabajaban!!!! Nos engullimos una hambirguesa e hicimos ruta (tomar un taxi y que deje a cada una en su casa)
Salimos rumbo a Maras Moray, un lugar poco visitado por los turistas, más por falta de interés de éstos que por ausencia de encanto del lugar. El camino era precioso, gracias a las lluvias los campo estaban verdes, muy verdes; éstos acompañados por el cielo siempre azul de la región y por las montañas en la lejanía eran dignos de ser fotografiados y eso hice, como una auténtica loca.
El lugar se trataba de un campo de cultivo inca. Ellos habían excavado en la montaña una especie de cráter y en él había terrazas a diferentes niveles. Según la altura de la terraza conseguían una temperatura y grado de humedad, de modo que en una misma zona podían tener diferentes cultivos. Para poder entrar y salir del hueco tenían las llamadas ahora "escaleras incas" unas piedras que a modo de peldaños sobresalían de la pared y que demuestra que los incas podían ser bien patilargos bien saltamontes porque a mí, con mi metro de pierna me costaba trabajo subirlas. A modo de representación, al fondo tenían sembradas diferentes plantas, reconocí la papa y el maís, pero una que rodeaba a todas las demás no. Arístides me explicó que se trataba de la planta del altramuz (no sabía que existiera fuera de España, de hecho los había visto muy poco fuera de Andalucía). El sabor de su hoja es amargo y así cuando los animales se acercan a pastar, la amargura los aleja evitando así que estropeen el cultivo. El fruto por supuesto también lo comen, pero cocinado. La subida desde el hoyo fue bastante agotadora, no recuerdo si es una zona que estuviera alta, pero el sol pegaba como en medio del desierto.
La segunda visita eran unas salinas muy curiosas porque en vez de encontrarse en un salar en llano estaban excavadas en la ladera de una montaña. Desde una montaña venía un río de aguas calientes y saladas y los lugareños lo desvían y lo van abriendo de modo que pase por todas las pequeñas pozas de donde luego extraen el mineral. Antiguamente lo llevaba el estado y no funcionaba muy bien, pero la gente del pueblo se organizó y ahora ellos se repartieron las pozas, que se heredan, y cada uno explota su territorio. Tuvimos una muy grata sorpresa allá porque, en medio del calor asfixiante, un señor que había perdido su cartera en Maras Moray y que encontró nuestro grupo devolviéndosela, nos invito a una fresquísima y rica inca-kola. Hicimos muchas fotos en aquel lugar donde el rojo de la tierra y el blanco de la sal daba un aspecto de cuento. Lógicamente metí el dedo en el agua y lo chupé: sí, estaba salado.
De vuelta en el carro fui hablando con Arístides un poco de todo: sanidad en el Perú, educación, tráfico, política... casi me convertí en experta. Yo iba incordiando y preguntando muchas cosas, él, encantado me explicaba. Ya en Cusco decidí irme a comer al tronquitos porque me había gustado mucho el primer día. De allá volví a casa de Yojhana y como las chicas me habían prometido juerga nocturna me dormí una siesta.
Por la noche fuimos al Marcelo Batata (me encanta el nombre) es el bar donde trabaja Boris, el hermano pequeño de Lisbeth. Es un bar turístico-pijo. Me dijo Lis que allá se comía rico y el camarero nos recomendó la alpaca tres quesos...uhm!!! Primero tomé mi cusqueña negra, que aún no había degustado y luego me dejé deleitar con el plato, estaba realmente muy rico. Nosotras nos mirábamos porque mientras comíamos decíamos, uhm, uhm, como tontas. Luego se nos unió en la cena su hermano y otro amigo. Tras un rato hablando de fantasmas y cosas de las que dan miedo nos despedimos.
En una plaza situada algo más arriba esperamos a Adriana y Pamela, yo mientras iba haciendo más fotos y buscando las 7 culebras que hay talladas en la piedra de un callejón. Cuando llegaron las otras individuas nos fuimos al bar de unos amigos y con toda la poca vergüenza del mundo pidieron refresco porque llevaban una botella de ron en el bolso. Estuvimos recordando historias de Francia, que vistas en el tiempo resultaban mucho más graciosas que entonces. Cuando nos quisimos dar cuenta eran las cuatro de la mañana y al día siguiente trabajaban!!!! Nos engullimos una hambirguesa e hicimos ruta (tomar un taxi y que deje a cada una en su casa)
jueves, 8 de abril de 2010
CUSCO: Día 2
El día comenzó muy cultural. Tomé un colectivo ¿qué es eso? no es más que una pequeña furgoneta donde entran tantas personas como quiera el conductor, una vez ocupados los asientos los viajeros deben apretarse unos contra otros hasta unos límites casi sexuales y aquellos que somos altos debemos tomar postura de costalero y con cada bote del carro clavar la espinosa de C7 en el techo. El supercarro me dejó en Almagro y de allá caminé unos 5 minutos hasta la plaza de Armas, esquivé a mil vendedores y me dirigí, cuesta arriba como no, al museo Inka.
Este museo me lo habían recomendado porque era bastante completo, de hecho yo diría que es tan completo que deberían cambiarle el nombre, ya que, al fin y al cabo, por muy maravillosos que fueran los incas no es más que la última civilización que habitó en estas tierras antes de que llegaran a joderlo todo los españoles. Una verdadera lástima que no se pudiesen hacer fotos incluso sin flash.
Empezando por cómo era Cusco hace miles de años, que no era otra cosa que un lago (y los cusqueños eran pescaditos) que provenía de un gran mar que existió en la zona y que probablemente con la elevación de tierras tras un movimientos sísmico quedó convertido en mar interior que poco a poco se va desecando y que más que mar ahora es un conjunto de lagos (incluído el Titikaka, Popo y pequeñas lagunas por ahí desperdigadas). Después había una colección de piedras talladas para la caza y cerámicas.
Fui sala por sala pasando por las diferentes culturas preincas: huari, mochicas, tiawanaco, paracas, nasca.... de todos ellos había cerámicas, telas, utensilios de la vida cotidiana. Fui leyendo todos los carteles y así tardé algo más de dos horas en visitar el museo. No pienso aburrir con mucha información porque además no la recuerdo toda, pero como curiosidad decir que los incas eran un pueblo asimilador de otras culturas y aun si bien eran guerreros no eran destructores, ya que, una vez asimilada una cultura, sus técnicas y demás, a éstos se les permitia por ejemplo mantener su religió, lengua y costumbres. Otra curiosidad es que el Inperio Inca no se llamaba así, es decir, Inca era como el gobernador y los españoles a su llegada los llamaron a todos por ese nombre pero realmente se llamaba "Tawantinsuyo" y en su máximo esplendor llegó desde Colombia hasta Chile (incluyendo a Ecuador, Perú, Bolivia y también una parte del norte de Argentina). Se dividía en cuatro regiones o suyos: antisuyo, contisuyo, collasuyo y chinchasuyo (ya no recuerdo en qué zona cada uno)
Tras mucho leer llegué a las salas de la colonia y virreinato, que normalmente son las mas aburridas, entonces me di cuenta de la hora y me apresuré en salir porque Lisbeth debía llevar una hora esperando. Ella me llevo a comprar el boleto turístico ya que, comprándo todos los monumentos juntos resulta bastante económico.
Esta vez el restaurante al que quería llevarme sí estaba abierto. Allí nos hinchamos de comer y descubrí que el tipo de papa que no me gustaba, porque se sabe a humedad, es el famoso chuño. Hablamos un poco de los sabores, de cómo ella odia el roqueford, que yo tanto amo, y de cómo yo odio el chuño, que ella disfruta comiendo.
Tras la comida me recogieron en la catedral para hacer el City Tour. Aunque normalmente visito las ciudades por mi cuenta, en este caso me convenía el tour porque no sólo permanecía en la ciudad sino que llegaba a restos arqueológicos situados a las afueras de la misma. También me beneficiaría de las explicaciones.
El recorrido empezó en el Qorikancha donde actualmente está el convento de Santo Domingo. Era un antiguo templo inca sobre el cual, para no perder la costumbre, se construyó dicho edificio religioso. En el interior del mismo se descubrieron recientemente unas paredes incas de bellas piedras talladas, que habían sido recubiertas con estuco por los dominicos y que actualmente se exhiben descubiertas. Estas mismas paredes estaban completamente recubiertas de láminas de oro en tiempos incas y adornadas con figuras de diferentes animales como yamas de oro que terminaron fundidas en lingotes y embarcadas a Europa.
El grupo era bastante heterogéneo. A mí se me unió un italiano cuya batería de la cámara había decidido morir, así que yo lo hice un reportaje fotográfico encantada y luego se lo envié. Por suerte venía también una señora, bastante pija, que era profesora de historia del arte en México y tras las explicaciones del guía siempre añadía algún dato de cosecha propia, no sé si para hacerse la importante, pero para mí toda información era bienvenida.
De allá fuimos a la catedral que me pareció bien cargada, pero es lo que tiene el barroco, demasiada ornamentación. Está constituída por una nave central, donde se encuentra el famoso señor de los temblores. Un cristo negro, ya que su cuerpo está hecho de piel de alpaca (o yama) relleno y tras muchos años de exposición al humo de las velas se ha tornado oscuro (al revés que Michael Jackson). Su nombre le viene de que en el terremoto que asoló Cusco el 1650 la gente lo sacó en procesión para que éste terminase y de hecho terminó. También se observan pinturas de la escuela cusqueña y es curioso cómo se mezclan en éstas una mezcla de simbología cristiana-europea e inca. El guía quería que yo le dejara un mensajito a San Antonio ya que era la única soltera del grupo. No recuerdo exactamente ni mi respuesta ni mucho menos mi cara, pero sí la gran carcajada que produje con mi reacción. A los lados de la nave central hay dos capillas, la del triunfo y la de Jesús María, en la cual está la cripta con la tumba del escritor Inca Garcilaso de la Vega a la que entré yo sola porque el guía iba tan rápido que la pasó por alto.
El siguiente lugar de visita se encontraba a las afueras de la ciudad, en lo alto de un cerro: Saqsayhuamán. Era una gran construcción pero sólo puede observarse una parte ya que muchas de las piedras se utilizaron para construcción de edificos. Los españoles lo usaron como una cantera pero se trataba en realidad de un templo religioso que durante la incursión de Pizarro en Cusco fue utilizada como fortaleza por el Inca Manco quien tras una sangrienta batalla se retiró hasta Ollantaytambo. Los incas construyeron la ciudad del Cusco con forma de puma y en estas ruinas se observan unos muros en zigzag que eran los dientes del mismo. Además de las fabulosas vistas de la ciudad, el lugar es realmente sorprendente porque hay piedras de enormes dimensiones, todas colocadas como un inmenso puzzle. El guía iba demasiado rápido y empecé a enfadarme porque quería hacer fotos y disfrutar de las explicaciones pero también del lugar.
A la salida una avalancha de vendedoras intentó encasquetarme mil utensilios inútiles pero yo seguí con mi tradición de "no gracias" y sonrisa en boca. El guía nos pedía que nos apresuráramos y empecé a pensar que aquello era ilógico, he venido a conocer esto no ha hacer una carrera. Me enfadé aún más cuando sólo paramos en Puka-pukara (un refugio en el camino inca construído en piedra roja) para la foto. Yo quiero hacer fotos pero también quiero conocer. Él me explicó que no daba tiempo y entonces le dije que el tour debía ser de un día entero y no de medio.
El tercer lugar de visita en los alrededores era Tambomachay, un conjunto de fuentes situadas en medio de la naturaleza en las que pensé que sería una buena idea ahogar al guía que no paraba de apresurarnos. Hablé con el resto de los visitantes para comprobar que no deliraba y todos me dieron la razón (qué bien). Mi amigo el italiano, que había salido con poca ropa porque el día anterior se había muerto de calor, se iba comprando abrigos por cada puesto con el consiguiente cachondeo de todos los demás.
El último lugar fue Q'enqo. Desde lejos uno diría que es una piedra grande que no tiene nada más, pero si entras por una abertura lateral llegas hasta un pasadizo y allí hay una piedra con forma de sillón alto que era el quirófano que usaban los incas. Según nos informaron allá se realizaban trepanaciones craneales, uhm, interesante. Me imaginaba al Lobo allá operando...
A la vuelta pararon unos 15 minutos en un lugar para comprar artesanías, error, seguro que eran caras y lo que vendían como baby alpaca no lo era. En la ciudad me recogió Yojhi y le expliqué que los lugares eran realmente fascinante pero que tenían que decir en la agencia que aquello era excesivamente rápido, me sentí japonesa total.
En la casa cenamos en familia y Nacho, el sobrino de Yojhi de 3 años, nos hizo un espectáculo hablando con el móvil. Ese chico debería dedicarse a ser actor porque es supercómico y muy expresivo, consiguió centrar toda nuestra atención y hacernos reír hasta que nos dolió la barriga.
Ya en la cama vimos la tele un rato y pude comprobar que la tele de Perú es tan racista como ya antes había pensado y que además era muy morbosa incluso en las noticias. Me resultaba demasiado grotesco ver el relato de los accidentes (porque hay muchos, tal y como se conduce aquí...). Criticamos un poco toda la tele y nos quedamos dormiditas.
Este museo me lo habían recomendado porque era bastante completo, de hecho yo diría que es tan completo que deberían cambiarle el nombre, ya que, al fin y al cabo, por muy maravillosos que fueran los incas no es más que la última civilización que habitó en estas tierras antes de que llegaran a joderlo todo los españoles. Una verdadera lástima que no se pudiesen hacer fotos incluso sin flash.
Empezando por cómo era Cusco hace miles de años, que no era otra cosa que un lago (y los cusqueños eran pescaditos) que provenía de un gran mar que existió en la zona y que probablemente con la elevación de tierras tras un movimientos sísmico quedó convertido en mar interior que poco a poco se va desecando y que más que mar ahora es un conjunto de lagos (incluído el Titikaka, Popo y pequeñas lagunas por ahí desperdigadas). Después había una colección de piedras talladas para la caza y cerámicas.
Fui sala por sala pasando por las diferentes culturas preincas: huari, mochicas, tiawanaco, paracas, nasca.... de todos ellos había cerámicas, telas, utensilios de la vida cotidiana. Fui leyendo todos los carteles y así tardé algo más de dos horas en visitar el museo. No pienso aburrir con mucha información porque además no la recuerdo toda, pero como curiosidad decir que los incas eran un pueblo asimilador de otras culturas y aun si bien eran guerreros no eran destructores, ya que, una vez asimilada una cultura, sus técnicas y demás, a éstos se les permitia por ejemplo mantener su religió, lengua y costumbres. Otra curiosidad es que el Inperio Inca no se llamaba así, es decir, Inca era como el gobernador y los españoles a su llegada los llamaron a todos por ese nombre pero realmente se llamaba "Tawantinsuyo" y en su máximo esplendor llegó desde Colombia hasta Chile (incluyendo a Ecuador, Perú, Bolivia y también una parte del norte de Argentina). Se dividía en cuatro regiones o suyos: antisuyo, contisuyo, collasuyo y chinchasuyo (ya no recuerdo en qué zona cada uno)
Tras mucho leer llegué a las salas de la colonia y virreinato, que normalmente son las mas aburridas, entonces me di cuenta de la hora y me apresuré en salir porque Lisbeth debía llevar una hora esperando. Ella me llevo a comprar el boleto turístico ya que, comprándo todos los monumentos juntos resulta bastante económico.
Esta vez el restaurante al que quería llevarme sí estaba abierto. Allí nos hinchamos de comer y descubrí que el tipo de papa que no me gustaba, porque se sabe a humedad, es el famoso chuño. Hablamos un poco de los sabores, de cómo ella odia el roqueford, que yo tanto amo, y de cómo yo odio el chuño, que ella disfruta comiendo.
Tras la comida me recogieron en la catedral para hacer el City Tour. Aunque normalmente visito las ciudades por mi cuenta, en este caso me convenía el tour porque no sólo permanecía en la ciudad sino que llegaba a restos arqueológicos situados a las afueras de la misma. También me beneficiaría de las explicaciones.
El recorrido empezó en el Qorikancha donde actualmente está el convento de Santo Domingo. Era un antiguo templo inca sobre el cual, para no perder la costumbre, se construyó dicho edificio religioso. En el interior del mismo se descubrieron recientemente unas paredes incas de bellas piedras talladas, que habían sido recubiertas con estuco por los dominicos y que actualmente se exhiben descubiertas. Estas mismas paredes estaban completamente recubiertas de láminas de oro en tiempos incas y adornadas con figuras de diferentes animales como yamas de oro que terminaron fundidas en lingotes y embarcadas a Europa.
El grupo era bastante heterogéneo. A mí se me unió un italiano cuya batería de la cámara había decidido morir, así que yo lo hice un reportaje fotográfico encantada y luego se lo envié. Por suerte venía también una señora, bastante pija, que era profesora de historia del arte en México y tras las explicaciones del guía siempre añadía algún dato de cosecha propia, no sé si para hacerse la importante, pero para mí toda información era bienvenida.
De allá fuimos a la catedral que me pareció bien cargada, pero es lo que tiene el barroco, demasiada ornamentación. Está constituída por una nave central, donde se encuentra el famoso señor de los temblores. Un cristo negro, ya que su cuerpo está hecho de piel de alpaca (o yama) relleno y tras muchos años de exposición al humo de las velas se ha tornado oscuro (al revés que Michael Jackson). Su nombre le viene de que en el terremoto que asoló Cusco el 1650 la gente lo sacó en procesión para que éste terminase y de hecho terminó. También se observan pinturas de la escuela cusqueña y es curioso cómo se mezclan en éstas una mezcla de simbología cristiana-europea e inca. El guía quería que yo le dejara un mensajito a San Antonio ya que era la única soltera del grupo. No recuerdo exactamente ni mi respuesta ni mucho menos mi cara, pero sí la gran carcajada que produje con mi reacción. A los lados de la nave central hay dos capillas, la del triunfo y la de Jesús María, en la cual está la cripta con la tumba del escritor Inca Garcilaso de la Vega a la que entré yo sola porque el guía iba tan rápido que la pasó por alto.
El siguiente lugar de visita se encontraba a las afueras de la ciudad, en lo alto de un cerro: Saqsayhuamán. Era una gran construcción pero sólo puede observarse una parte ya que muchas de las piedras se utilizaron para construcción de edificos. Los españoles lo usaron como una cantera pero se trataba en realidad de un templo religioso que durante la incursión de Pizarro en Cusco fue utilizada como fortaleza por el Inca Manco quien tras una sangrienta batalla se retiró hasta Ollantaytambo. Los incas construyeron la ciudad del Cusco con forma de puma y en estas ruinas se observan unos muros en zigzag que eran los dientes del mismo. Además de las fabulosas vistas de la ciudad, el lugar es realmente sorprendente porque hay piedras de enormes dimensiones, todas colocadas como un inmenso puzzle. El guía iba demasiado rápido y empecé a enfadarme porque quería hacer fotos y disfrutar de las explicaciones pero también del lugar.
A la salida una avalancha de vendedoras intentó encasquetarme mil utensilios inútiles pero yo seguí con mi tradición de "no gracias" y sonrisa en boca. El guía nos pedía que nos apresuráramos y empecé a pensar que aquello era ilógico, he venido a conocer esto no ha hacer una carrera. Me enfadé aún más cuando sólo paramos en Puka-pukara (un refugio en el camino inca construído en piedra roja) para la foto. Yo quiero hacer fotos pero también quiero conocer. Él me explicó que no daba tiempo y entonces le dije que el tour debía ser de un día entero y no de medio.
El tercer lugar de visita en los alrededores era Tambomachay, un conjunto de fuentes situadas en medio de la naturaleza en las que pensé que sería una buena idea ahogar al guía que no paraba de apresurarnos. Hablé con el resto de los visitantes para comprobar que no deliraba y todos me dieron la razón (qué bien). Mi amigo el italiano, que había salido con poca ropa porque el día anterior se había muerto de calor, se iba comprando abrigos por cada puesto con el consiguiente cachondeo de todos los demás.
El último lugar fue Q'enqo. Desde lejos uno diría que es una piedra grande que no tiene nada más, pero si entras por una abertura lateral llegas hasta un pasadizo y allí hay una piedra con forma de sillón alto que era el quirófano que usaban los incas. Según nos informaron allá se realizaban trepanaciones craneales, uhm, interesante. Me imaginaba al Lobo allá operando...
A la vuelta pararon unos 15 minutos en un lugar para comprar artesanías, error, seguro que eran caras y lo que vendían como baby alpaca no lo era. En la ciudad me recogió Yojhi y le expliqué que los lugares eran realmente fascinante pero que tenían que decir en la agencia que aquello era excesivamente rápido, me sentí japonesa total.
En la casa cenamos en familia y Nacho, el sobrino de Yojhi de 3 años, nos hizo un espectáculo hablando con el móvil. Ese chico debería dedicarse a ser actor porque es supercómico y muy expresivo, consiguió centrar toda nuestra atención y hacernos reír hasta que nos dolió la barriga.
Ya en la cama vimos la tele un rato y pude comprobar que la tele de Perú es tan racista como ya antes había pensado y que además era muy morbosa incluso en las noticias. Me resultaba demasiado grotesco ver el relato de los accidentes (porque hay muchos, tal y como se conduce aquí...). Criticamos un poco toda la tele y nos quedamos dormiditas.
jueves, 1 de abril de 2010
CUSCO: Día 1
El domingo nos levantamos tarde y tras el desayuno fuimos al cementerio. Yojhana iba a visitar a una amiga, yo aproveché para conocerlo y fotografiar las tumbas más antiguas. No me pareció un cementerio triste ni solemne, quizás porque había tanta gente allá que parecía una feria. Acá también en los nichos la familia pone en ocasiones cosas que le gustasen al difunto, como en La Paz. Me distraje durante un rato viendo todo tipo de regalos allá metidos.... hasta un botellín de cerveza cusqueña encontré.
Desde allí bajamos paseando hasta el centro. Pasamos por calles estrechas, en cuesta, con balcones y puertas hechos de madera de colores... definitivamente es curioso ya que se ve la influencia española en las construcciones pero éstas no son como las de allá, son descendientes en estilo pero con identidad propia. Dejando a un lado la Iglesia de Santo Domingo llegamos al mercado central donde entramos a pasear tal y como yo hago en cada sitio que visito. A pesar de que la ciudad de Cusco era más cuidada que otras anteriormente visitadas, el mercado me daba esa impresión destartalada que había observado qen otros muchos lugares. Tenía parte de artesanía, zona de frescos y al final un gran comedor donde me dijo Lis que había una señora que pone un arroz con huevos buenísimo.
Continuamos hasta la Plaza de San Francisco, enorme lugar con jardines centrales vigilado por el colegio de Ciencias y la iglesia del mismo nombre. Allá se huele que empieza la zona turística y se ven gente como yo, turistas (para los cusqueños "gringos" aunque vengas de españa, eso por rubia). Un poco más adelante, tras atravesar una calle peatonal en la que los pasteles te llama diciendo "Alba, ven y comeme", llegamos a la Iglesia de La Merced. Aprovechando que estaba abierta entramos a visitarla. La misa había acabado en ese instante y una masa de fieles abandonaba el templo. Nunca entendí cómo existe tantísima devoción por la religión. Los peruanos critican a los españoles por todo lo que supuso la conquista (obvio), sin embargo no dicen nada de la iglesia que fue igual o peor. Supongo que los evangelizadores hicieron demasiado bien su trabajo.
Finalmente llegamos a uno de los puntos que más interés tenía en conocer... La Plaza de Armas. En la guía recomiendan tener cuidado con las mochilas. Yo añadiría que antes de entrar en dicha plaza deberías tomarte una pastilla para el dolor de cabeza. Al poner un pie junto al primer soportal parece que una alarma se enciende: "guiri, guri, guiri" y uno tras otro te llegan vendedores de tours, de masajes, de muñecos, de chullos, de pulseras, de láminas de pintura, de restaurantes.... todos ellos con una frase "Hi miss.....(mercancia)". Con una sonrisa en la boca yo decía a todos "no, gracias" aunque ellos seguían hablando un rato en "inglés" mientras yo los ignoraba y mi amiga Lisbeth se moría de la risa. Creo que tras vivir tantos años en Cusco siendo cusqueña y habiendo estudiado turismo por unos minutos pudo ponerse en la piel de una turista.
Obviando la plaga de vendedores la plaza es, por todo lo demás, preciosa. Se observa bien que la ciudad es el hombligo del mundo ya que allá donde mires desde ese punto verás casas y al fondo montañas. Las casas que la rodean están sobre soportales y miran a la plaza a través de bonitos balcones de madera con cristaleras. Me recordaba un poco a alguna ciudad castellana aunque a ninguna en particular. En el centro hay jardines con bancos para que, como toda buena plaza en Perú, esté llena de gente. En la parte de la plaza que da a la iglesia de los jesuitas quedan unos pocos árboles parecidos a olivos. No son aceitunos, sino un árbol típico de acá que antes colmaba la plaza hasta que decidieron cortalos sin previo aviso. Cuando los comerciantes vieron la tala salieron a impedirla pero sólo pudieron salvar a un puñado de ellos.
Como un ogro rugía en mi estómago fuimos en busca de comida pero el restaurante elegido estaba cerrado. Me hice unas fotos en Loreto, que es un callejón que llega a la plaza de armas y en el que hay un muro de piedras incas talladas sobre el cual se erigen las nuevas construcciones.
Para amenizar la espera Lis me invitó a unos tamales, según ella los mejores del mundo mundial: uno salado y otro dulce. El primero me supo como todos los que había comido hasta ahora aunque ella me aseguraba que no tenía nada que ver con los del norte. El dulce sí estaba muy bueno y era diferente. Mientras los saboreábamos en una escalera junto a la catedral hablábamos de los scouts. No sé cómo el año pasado no descubrí que ella había sido scout como yo, no me lo explico porque los scouts siempre terminan hablando de ese campamento en el que........ y a mí me encantan esas conversaciones pero los ajenos me aseguran que somos muy pesados y aburridos.
Aunque los tamales habían calmado al ogro que habitaba en mi interior era necesario alimentarse bien. Camino a otro restaurante pasamos por una plaza llamada Regocijo, mezcla rara: soportales a lo castellano y edificios blancos con puertas y ventanas azuladas, a lo mediterráneo. Todo ellos con su inca-toque, por supuesto.
Subiendo desde la plaza (es bonito eso de la ciudad ombligo hasta que empiezas a subir cuestas) llegamos a un encantador restaurante llamado "En tronquitos" probablemente porque todas las mesas y sillas están hechas de troncos. Un menú completo hasta con refresco y postre por 1.5€, un placer. Empezamos animadas pero cuando aquella señorita me trajo una sopa con si yo fuera el Increible Hulk me di cuenta que los tamalitos me iban a jugar una mala pasada. Con trabajo conseguí terminarme aquella comida copiosa y bien sabrosa.
Con dificultad nos movilizamos hasta la plaza san francisco. Empezó a llover suavemente. No sabíamos qué hacer, yo creo que más bien no nos funcionaba el cerebro porque toda la sangre de mi cuerpo estaba en el tubo digestivo. Mientras nos decidíamos y no la lluvia se tornó en tormenta y nuestras única solución fue tomar un taxi y salir de allá.
Llegamos a casa de Yojhana y poco después Lis se fue a la suya. Ese día más tarde me tomé un mate con el papá y el hermano de Yojhi, éste me estuvo explicando su trabajo. Yo aluciné y no dudé en decirle que podía enviarle amigos y a mí misma en un futuro. Romu es odontólogo y trabaja para el ministerio visitando pequeños pueblos perdidos de la mano de dios, allá lleva cepillos a los colegios y enseña cómo usarlos (educación para la salud queda más bonito pero menos didáctico). También realiza tratamientos a personas que no pueden desplazarse o sencillamente no pueden costearse un dentista. El grupo lo completan un médico general, una enfermera, una obstetra y una auxiliar. Cuando sea médico de verdad, volveré.
Continuamos hasta la Plaza de San Francisco, enorme lugar con jardines centrales vigilado por el colegio de Ciencias y la iglesia del mismo nombre. Allá se huele que empieza la zona turística y se ven gente como yo, turistas (para los cusqueños "gringos" aunque vengas de españa, eso por rubia). Un poco más adelante, tras atravesar una calle peatonal en la que los pasteles te llama diciendo "Alba, ven y comeme", llegamos a la Iglesia de La Merced. Aprovechando que estaba abierta entramos a visitarla. La misa había acabado en ese instante y una masa de fieles abandonaba el templo. Nunca entendí cómo existe tantísima devoción por la religión. Los peruanos critican a los españoles por todo lo que supuso la conquista (obvio), sin embargo no dicen nada de la iglesia que fue igual o peor. Supongo que los evangelizadores hicieron demasiado bien su trabajo.
Finalmente llegamos a uno de los puntos que más interés tenía en conocer... La Plaza de Armas. En la guía recomiendan tener cuidado con las mochilas. Yo añadiría que antes de entrar en dicha plaza deberías tomarte una pastilla para el dolor de cabeza. Al poner un pie junto al primer soportal parece que una alarma se enciende: "guiri, guri, guiri" y uno tras otro te llegan vendedores de tours, de masajes, de muñecos, de chullos, de pulseras, de láminas de pintura, de restaurantes.... todos ellos con una frase "Hi miss.....(mercancia)". Con una sonrisa en la boca yo decía a todos "no, gracias" aunque ellos seguían hablando un rato en "inglés" mientras yo los ignoraba y mi amiga Lisbeth se moría de la risa. Creo que tras vivir tantos años en Cusco siendo cusqueña y habiendo estudiado turismo por unos minutos pudo ponerse en la piel de una turista.
Obviando la plaga de vendedores la plaza es, por todo lo demás, preciosa. Se observa bien que la ciudad es el hombligo del mundo ya que allá donde mires desde ese punto verás casas y al fondo montañas. Las casas que la rodean están sobre soportales y miran a la plaza a través de bonitos balcones de madera con cristaleras. Me recordaba un poco a alguna ciudad castellana aunque a ninguna en particular. En el centro hay jardines con bancos para que, como toda buena plaza en Perú, esté llena de gente. En la parte de la plaza que da a la iglesia de los jesuitas quedan unos pocos árboles parecidos a olivos. No son aceitunos, sino un árbol típico de acá que antes colmaba la plaza hasta que decidieron cortalos sin previo aviso. Cuando los comerciantes vieron la tala salieron a impedirla pero sólo pudieron salvar a un puñado de ellos.
Como un ogro rugía en mi estómago fuimos en busca de comida pero el restaurante elegido estaba cerrado. Me hice unas fotos en Loreto, que es un callejón que llega a la plaza de armas y en el que hay un muro de piedras incas talladas sobre el cual se erigen las nuevas construcciones.
Para amenizar la espera Lis me invitó a unos tamales, según ella los mejores del mundo mundial: uno salado y otro dulce. El primero me supo como todos los que había comido hasta ahora aunque ella me aseguraba que no tenía nada que ver con los del norte. El dulce sí estaba muy bueno y era diferente. Mientras los saboreábamos en una escalera junto a la catedral hablábamos de los scouts. No sé cómo el año pasado no descubrí que ella había sido scout como yo, no me lo explico porque los scouts siempre terminan hablando de ese campamento en el que........ y a mí me encantan esas conversaciones pero los ajenos me aseguran que somos muy pesados y aburridos.
Aunque los tamales habían calmado al ogro que habitaba en mi interior era necesario alimentarse bien. Camino a otro restaurante pasamos por una plaza llamada Regocijo, mezcla rara: soportales a lo castellano y edificios blancos con puertas y ventanas azuladas, a lo mediterráneo. Todo ellos con su inca-toque, por supuesto.
Subiendo desde la plaza (es bonito eso de la ciudad ombligo hasta que empiezas a subir cuestas) llegamos a un encantador restaurante llamado "En tronquitos" probablemente porque todas las mesas y sillas están hechas de troncos. Un menú completo hasta con refresco y postre por 1.5€, un placer. Empezamos animadas pero cuando aquella señorita me trajo una sopa con si yo fuera el Increible Hulk me di cuenta que los tamalitos me iban a jugar una mala pasada. Con trabajo conseguí terminarme aquella comida copiosa y bien sabrosa.
Con dificultad nos movilizamos hasta la plaza san francisco. Empezó a llover suavemente. No sabíamos qué hacer, yo creo que más bien no nos funcionaba el cerebro porque toda la sangre de mi cuerpo estaba en el tubo digestivo. Mientras nos decidíamos y no la lluvia se tornó en tormenta y nuestras única solución fue tomar un taxi y salir de allá.
Llegamos a casa de Yojhana y poco después Lis se fue a la suya. Ese día más tarde me tomé un mate con el papá y el hermano de Yojhi, éste me estuvo explicando su trabajo. Yo aluciné y no dudé en decirle que podía enviarle amigos y a mí misma en un futuro. Romu es odontólogo y trabaja para el ministerio visitando pequeños pueblos perdidos de la mano de dios, allá lleva cepillos a los colegios y enseña cómo usarlos (educación para la salud queda más bonito pero menos didáctico). También realiza tratamientos a personas que no pueden desplazarse o sencillamente no pueden costearse un dentista. El grupo lo completan un médico general, una enfermera, una obstetra y una auxiliar. Cuando sea médico de verdad, volveré.
De Bolivia a Perú
Según los planes desayunaríamos en el mercado y luego nos dirigiríamos a la estación, pero una cosa que conocí esa mañana de mi amiga holandesa es que era muy lenta. Salimos tarde y tuvimos que eliminar el desayuno del mercado e improvisarlo en la estación, pero el chocolate no estaba ni frío ni sabroso y el sandwich de palta con tomate y queso quedó totalmente fuera de nuestro planes con mi consiguiente decepción.
Como era de esperar, el bus que hacía el trayecto La Paz Cusco estaba plagado de turistas, de hecho sólo unos 4 hablábamos español. Tardamos algo menos de una hora en salir de la ciudad. Una vez en la ruta eligieron una película horrible para proyectarla. Yo metida de lleno en mi libro la ignoré. Tras esa pusieron otra en la cual Edward Norton hacía de loco, qué extraño, decidí verla porque ya había terminado mi libro del borracho y necesitaba un descando.
La frontera la cruzamos en Desaguadero. Tuve casi que hacerle un croquis al policía de frontera que quería que pagara. Tenía un visado de 30 días, había entrado el 19 de febrero y estaba saliendo el 20 de marzo. Él me decía que tenía que pagar porque había estado más de un mes, yo le expliqué que eso servía para cualquier mes pero que febrero, al tener 28 días, era la excepción. Como ninguno de los dos cedíamos y yo no paraba de decirle "señor, se está equivocando, cuente con los dedos si es necesario" y la cola me alargaba, finalmente vino otro poli y le dijo "ella tiene razón son menos de 30 días" (bien, qué me gusta tener razón, pero tampoco era complicado de calcular).
Desaguadero está situado a orillas del Titikaka y la frontera es un puente sobre el mismo. En medio de dicho puente si miras a cada lado encuentras grandes pancartas donde cada país te da la bienvenida. Lo atravesé con alegría y pena. Bolivia fue un país difícil para mí, no por su pobreza, no por sus infraestructuras, ya había estado en otros países pobres, pero incluso en el infierno se puede estar cómodo cuando te sonríen. Merece la pena visitar un país tan bello a pesar de que haya lugares donde la gente es especialmente difícil o incluso racista con los extranjeros como es el caso de Sucre, aunque esta ciudad tiene una historia de racismo tal que el mismo Evo tiene problemas para visitarla. A mí me miraban mal allá, pero porque también los blanquitos de allá son bien racistas con los mestizos. La ciudad que más miedo me dio quizás fue donde la gente fue más acogedora: Cochabamba. Y donde tanto la gente como la ciudad en sí son bellas, sin duda, Potosí.
Con el sello de entrada en Perú en mi pasaporte me senté a esperar que todos tuvieran el suyo. Un perro vino atraído por el olor de mi bocadillo y el señor del puesto de mi lado empezó a hacerme bromas y a hablar conmigo. Hacía tiempo que no me pasaba eso.... sí, estaba en Perú.
El bus no hacía más paradas ya que los dos chóferes iban en el interior y también había wc en el pasillo, así que me tocó comer allá dentro los ricos bocadillos que me había preparado. Al terminar decidí dormir un poco, lo estaba consiguiendo cuando de pronto el bus bajó bruscamente, empezó a botar a toda velocidad y a culear... me asusté ya que justo mi amiga Lisbeth me había dicho que tuviera cuidado en esa ruta porque su primito había fallecido en un accidente hacía un mes. Por unos segundos no supe qué pasaba, sólo que el bus no iba bien. El chofér fue un gran profesional porque supo reducir correctamente y enderezar el bus. Cuando nos bajamos observamos que una de las ruedas traseras estaba destrozada. Con el susto en el cuerpo decidí relajarme haciendo fotos al hermoso paisaje. Parecía que aquello iría para largo. Aburrida de hacer fotos me puse a hablar con un grupo de australianos y así permanecimos una hora. Me preocupaban ahora dos cosas, la primera es que llegaría tarde y no tenía manera de avisar a Lisbeth y Johana de mi demora; la otra, que los coches al pasar junto al bus y ver un grupo de personas a un lado de la carretera tocaban el claxon como desesperados pero no disminuían la velocidad ¿es que acá no enseñan que ante cualquier peligro hay que reducir? Una locura.
Repuesta de todo susto, ya lo único que quería era llegar al Cusco. Aún quedaba mucho. Como estaba en la parte delantera del bus y los australianos eran los que estaban manejando el DVD, me dejaron escoger la última película. Buscando encontré Invictus y pensé que ya era hora de proyectar una buena. Sin embargo cuando llegamos a las afueras de Cusco estaban en el partido final, ya había salido Mandela a saludar y estaban a punto de hacer la Jaca cuando el bus paró, se encendieron las luces, entraron unas señoras ofreciendo alojamiento y nos quitaron la peli. Yo ya tenía alojamiento y esos 10 minutos que tardamos en llegar al terminal me habrían valido para ver el partido, qué mal.
Había pasado una hora y cuarentaicinco minutos de la hora acordada con las chicas. No sabía si seguirían allá, aunque intuía que sí. Tenía muchas ganas de verlas. En Francia habíamos sido vecinas de pasillo, habíamos convivido durante meses, habíamos compartido nuestra cocina y charlas nocturnas. Hacía un año que no nos veíamos. Cuando entrábamos en la terminal yo miraba impaciente por la ventana y.... ¡¡allí estaban las nenas, estaban allí, ay, qué bien!!
Fuimos a casa de Johi, donde me habían preparado una cama. Me duché y salimos. Pasamos primero por el bar de unos amigos donde se celebraba el cumple otra amiga, pero como tenía hambre fui con Lisbeth en busca de comida. Al ser un poco tarde pasamos primero por el restaurante de su hermano que ya estaba cerrado, así que nos mandó a otro.
Alimentada ya estaba lista para la noche. Noté una gran diferencia con Bolivia. Por un momento sentí que podía estar en cualquier bar de España. Como había mucha gente Lis me iba poniendo al tanto de los cotilleos y así poder seguir la conversación. De allá nos fuimos al bar de otros amigos donde seguimos hidratándonos con ron al son de música totalmente occidental. No era muy tarde cuando volvimos porque yo estaba muy muy cansada.
Como era de esperar, el bus que hacía el trayecto La Paz Cusco estaba plagado de turistas, de hecho sólo unos 4 hablábamos español. Tardamos algo menos de una hora en salir de la ciudad. Una vez en la ruta eligieron una película horrible para proyectarla. Yo metida de lleno en mi libro la ignoré. Tras esa pusieron otra en la cual Edward Norton hacía de loco, qué extraño, decidí verla porque ya había terminado mi libro del borracho y necesitaba un descando.
La frontera la cruzamos en Desaguadero. Tuve casi que hacerle un croquis al policía de frontera que quería que pagara. Tenía un visado de 30 días, había entrado el 19 de febrero y estaba saliendo el 20 de marzo. Él me decía que tenía que pagar porque había estado más de un mes, yo le expliqué que eso servía para cualquier mes pero que febrero, al tener 28 días, era la excepción. Como ninguno de los dos cedíamos y yo no paraba de decirle "señor, se está equivocando, cuente con los dedos si es necesario" y la cola me alargaba, finalmente vino otro poli y le dijo "ella tiene razón son menos de 30 días" (bien, qué me gusta tener razón, pero tampoco era complicado de calcular).
Desaguadero está situado a orillas del Titikaka y la frontera es un puente sobre el mismo. En medio de dicho puente si miras a cada lado encuentras grandes pancartas donde cada país te da la bienvenida. Lo atravesé con alegría y pena. Bolivia fue un país difícil para mí, no por su pobreza, no por sus infraestructuras, ya había estado en otros países pobres, pero incluso en el infierno se puede estar cómodo cuando te sonríen. Merece la pena visitar un país tan bello a pesar de que haya lugares donde la gente es especialmente difícil o incluso racista con los extranjeros como es el caso de Sucre, aunque esta ciudad tiene una historia de racismo tal que el mismo Evo tiene problemas para visitarla. A mí me miraban mal allá, pero porque también los blanquitos de allá son bien racistas con los mestizos. La ciudad que más miedo me dio quizás fue donde la gente fue más acogedora: Cochabamba. Y donde tanto la gente como la ciudad en sí son bellas, sin duda, Potosí.
Con el sello de entrada en Perú en mi pasaporte me senté a esperar que todos tuvieran el suyo. Un perro vino atraído por el olor de mi bocadillo y el señor del puesto de mi lado empezó a hacerme bromas y a hablar conmigo. Hacía tiempo que no me pasaba eso.... sí, estaba en Perú.
El bus no hacía más paradas ya que los dos chóferes iban en el interior y también había wc en el pasillo, así que me tocó comer allá dentro los ricos bocadillos que me había preparado. Al terminar decidí dormir un poco, lo estaba consiguiendo cuando de pronto el bus bajó bruscamente, empezó a botar a toda velocidad y a culear... me asusté ya que justo mi amiga Lisbeth me había dicho que tuviera cuidado en esa ruta porque su primito había fallecido en un accidente hacía un mes. Por unos segundos no supe qué pasaba, sólo que el bus no iba bien. El chofér fue un gran profesional porque supo reducir correctamente y enderezar el bus. Cuando nos bajamos observamos que una de las ruedas traseras estaba destrozada. Con el susto en el cuerpo decidí relajarme haciendo fotos al hermoso paisaje. Parecía que aquello iría para largo. Aburrida de hacer fotos me puse a hablar con un grupo de australianos y así permanecimos una hora. Me preocupaban ahora dos cosas, la primera es que llegaría tarde y no tenía manera de avisar a Lisbeth y Johana de mi demora; la otra, que los coches al pasar junto al bus y ver un grupo de personas a un lado de la carretera tocaban el claxon como desesperados pero no disminuían la velocidad ¿es que acá no enseñan que ante cualquier peligro hay que reducir? Una locura.
Repuesta de todo susto, ya lo único que quería era llegar al Cusco. Aún quedaba mucho. Como estaba en la parte delantera del bus y los australianos eran los que estaban manejando el DVD, me dejaron escoger la última película. Buscando encontré Invictus y pensé que ya era hora de proyectar una buena. Sin embargo cuando llegamos a las afueras de Cusco estaban en el partido final, ya había salido Mandela a saludar y estaban a punto de hacer la Jaca cuando el bus paró, se encendieron las luces, entraron unas señoras ofreciendo alojamiento y nos quitaron la peli. Yo ya tenía alojamiento y esos 10 minutos que tardamos en llegar al terminal me habrían valido para ver el partido, qué mal.
Había pasado una hora y cuarentaicinco minutos de la hora acordada con las chicas. No sabía si seguirían allá, aunque intuía que sí. Tenía muchas ganas de verlas. En Francia habíamos sido vecinas de pasillo, habíamos convivido durante meses, habíamos compartido nuestra cocina y charlas nocturnas. Hacía un año que no nos veíamos. Cuando entrábamos en la terminal yo miraba impaciente por la ventana y.... ¡¡allí estaban las nenas, estaban allí, ay, qué bien!!
Fuimos a casa de Johi, donde me habían preparado una cama. Me duché y salimos. Pasamos primero por el bar de unos amigos donde se celebraba el cumple otra amiga, pero como tenía hambre fui con Lisbeth en busca de comida. Al ser un poco tarde pasamos primero por el restaurante de su hermano que ya estaba cerrado, así que nos mandó a otro.
Alimentada ya estaba lista para la noche. Noté una gran diferencia con Bolivia. Por un momento sentí que podía estar en cualquier bar de España. Como había mucha gente Lis me iba poniendo al tanto de los cotilleos y así poder seguir la conversación. De allá nos fuimos al bar de otros amigos donde seguimos hidratándonos con ron al son de música totalmente occidental. No era muy tarde cuando volvimos porque yo estaba muy muy cansada.
Últimas horas en La Paz
Mi último día en la ciudad a la cual empezaba a coger un extraño cariño fueron bastante improductivas. Empecé el día desayunando con mi amiga en el mercado y cuando ella se dirigió a su curso de español yo me fui a internet donde permanecí casi toda la mañana. A mediodía, para paliar mi hambre decidí hacer un experimento que lógicamente me decepcionó: tomar un kebaps en Bolivia es una mala idea, sabroso pero extraño.
Aun sin haber hecho nada especial, estaba muy cansada. Quizás sería culpa de la altura. Me dormí una siesta y, recuperadas las fuerzas, me fui a comprar mi billete para Cusco. A mi vuelta compré comida porque el viaje duraba once horas y ya sabía que lo que me darían sería insuficiente. Una vez surtida de víveres, llamé a mi amiga Lisbeth para que viniera a buscarme a la terminal de Cusco con Johana.
Cené una maravillosa pizza callejera y al pasear me despedía de las calles, de los puestos, edificios y gentes. La Paz era una ciudad que me había dado miedo incluso antes de llegar, que cuando había leído sobre ella me asustó aún más, pero que finalmente en cierto modo me había dado algo, no puedo decir qué, pero consiguió que me gustara a pesar del caos imperante. Quizás fue que me pareció una ciudad viva, que crece apresurada y que vive intensamente.
Tras mi cena, con mis bocadillos ya preparados, me fui por última vez a intentar que la memoria USB que había comprado funcionase. Cambiarla había sido imposible con madre e hija, había perdido mi dinero. No puedes comprar nada de tecnología allá, ya que te expones a que sea falso y que no te lo cambien a pesar de tu insistencia. Mi USB nunca funcionó, pero conservando la esperanza me puse a formatearlo una última vez.
Estaba frente al ordenador cuando llegó la chica de Seattle. Empezamos a hablar mientras se cargaban las fotos. Nuestra conversación empezó en Sao Paulo, donde ella había estado trabajado, pasando por diversos temas y lugares terminamos hablando de la sanidad en EEUU. Fue todo un placer hablar con una persona tan conocedora y coherente, me hizo disfrutar mucho de la conversación. Cuando ya nos íbamos llegaron dos chicos franceses. Empezamos a hablar sobre nuestros viajes y me comentaron que habían estado en Sevilla. Profundizando en detalles me dijeron que se habían quedado en casa de un tío muy buena gente que escalaba. Se me enccendió la luz, "seguro que lo conozco" me dije. Buscando más detalles conseguí saber que era rubio, se llamaba Óscar, vivía en un pueblo cuya descripción encajaba con Tomares y los había llevado a una plaza de noche que por lo que me contaron era la Alameda.... uhm... ¡¡ese es el Cabra!! así que empezamos a reírnos al comprobar que conocía al individuo que los alojó. Tras un tiempo de risas y anécdotas nos apagaron las luces y nos echaron. Me fui a la cama prometiéndole a los chicos que escribiría al Cabra para comunicarle que se equivocaba al decir que no podrían atravesar el Atlántico en velero ya que, saliendo de Senegal, habían llegado a Trinidad y Tobago, qué tíos tan grandes!!
PD. Por supuesto escribí al Cabra quién alucinó con la noticia.
Aun sin haber hecho nada especial, estaba muy cansada. Quizás sería culpa de la altura. Me dormí una siesta y, recuperadas las fuerzas, me fui a comprar mi billete para Cusco. A mi vuelta compré comida porque el viaje duraba once horas y ya sabía que lo que me darían sería insuficiente. Una vez surtida de víveres, llamé a mi amiga Lisbeth para que viniera a buscarme a la terminal de Cusco con Johana.
Cené una maravillosa pizza callejera y al pasear me despedía de las calles, de los puestos, edificios y gentes. La Paz era una ciudad que me había dado miedo incluso antes de llegar, que cuando había leído sobre ella me asustó aún más, pero que finalmente en cierto modo me había dado algo, no puedo decir qué, pero consiguió que me gustara a pesar del caos imperante. Quizás fue que me pareció una ciudad viva, que crece apresurada y que vive intensamente.
Tras mi cena, con mis bocadillos ya preparados, me fui por última vez a intentar que la memoria USB que había comprado funcionase. Cambiarla había sido imposible con madre e hija, había perdido mi dinero. No puedes comprar nada de tecnología allá, ya que te expones a que sea falso y que no te lo cambien a pesar de tu insistencia. Mi USB nunca funcionó, pero conservando la esperanza me puse a formatearlo una última vez.
Estaba frente al ordenador cuando llegó la chica de Seattle. Empezamos a hablar mientras se cargaban las fotos. Nuestra conversación empezó en Sao Paulo, donde ella había estado trabajado, pasando por diversos temas y lugares terminamos hablando de la sanidad en EEUU. Fue todo un placer hablar con una persona tan conocedora y coherente, me hizo disfrutar mucho de la conversación. Cuando ya nos íbamos llegaron dos chicos franceses. Empezamos a hablar sobre nuestros viajes y me comentaron que habían estado en Sevilla. Profundizando en detalles me dijeron que se habían quedado en casa de un tío muy buena gente que escalaba. Se me enccendió la luz, "seguro que lo conozco" me dije. Buscando más detalles conseguí saber que era rubio, se llamaba Óscar, vivía en un pueblo cuya descripción encajaba con Tomares y los había llevado a una plaza de noche que por lo que me contaron era la Alameda.... uhm... ¡¡ese es el Cabra!! así que empezamos a reírnos al comprobar que conocía al individuo que los alojó. Tras un tiempo de risas y anécdotas nos apagaron las luces y nos echaron. Me fui a la cama prometiéndole a los chicos que escribiría al Cabra para comunicarle que se equivocaba al decir que no podrían atravesar el Atlántico en velero ya que, saliendo de Senegal, habían llegado a Trinidad y Tobago, qué tíos tan grandes!!
PD. Por supuesto escribí al Cabra quién alucinó con la noticia.
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