Mi última experiencia en la ciudad fue un tanto extraña. Cuando salía a desayunar, mi compañero de habitación, que parecía un adolescente de película cuyo único objetivo es el de convertirse en estrella del rock, me dijo si podía acompañarme. No me importaba ir sola, pero me agradó tener compañía, así que acepté que viniera. No era de EEUU, tal y como yo había pensado en un principio, sino de Israel, que aunque tengan muchas conexiones no es lo mismo. Terminamos desayunando en un café de la plaza de armas una gran porción de exquisita tarta de chocolate. Mientras la degustábamos, fuera, en la calle, realizaban una especie de desfile militar. No tardé mucho en darme cuenta que mi amiguito y yo terminaríamos discutiendo como no cambiásemos de conversación. Nuestra visión del mundo era tan distinta que ante cualquier tema siempre nos enfrentábamos y eso que no llegué a decirle que me parecía bien que Chávez no dejara entrar a los israelíes en su territorio nacional, medida polémica nada diplomática pero aleccionadora.
Tampoco nos merecía la pena enfadarnos demasiado en la media hora que compartiríamos, así que fuimos saltanto de temas hasta que se acabó la comida y cada uno siguió su camino olvidando el nombre del otro.
Eran mis últimos minutos en Iquitos y me daba pena irme. Me encontré con John quien me llevó a recoger las cosas y de allá al aeropuerto. Allí me despidió diciendo que había sido un auténtico placer conocerme y que cambiaría su visión de los españoles. Me cobró una cantidad irrisoria, hasta le dije que me parecía poco. Él, sonriendo, me dijo que cuando volviera la próxima vez sería médico y él me cobraría más. "Pregunte por mí por favor, si viene algún amigo dígale que cuando llegue al aeropuerto pregunte por mí, que lo tratré muy bien, que pregunte por John Espejo Lozano" Le aseguré que así lo haría y embarqué deseando volver.
En el vuelo me acompañaba una chica de unos veintipocos años que viajaba por primera vez en este medio y que llevaba a su bebe, Clarita. Tenía miedo, así que me dediqué a hablar con ella, decirle cómo funcionaba el cinturón de seguridad y terminamos teniendo un vuelo bastante agradable. Saliendo de la Amazonia de manto verde, sobrevolamos las cumbres nevadas de Huaraz, atravesamos el desierto árido de los alrededores de Lima hasta que finalmente apareció el Pacífico, preciosa imagen.
Tenía que llegar hasta le estación de autobuses situada más o menos por el centro de la ciudad (o eso me pareció a mí). Desde el aeropuerto tomé un taxi conducido por un señor de Ferreñafe que se alegró cuando le dije que me diigía a su tierra. Una vez facturada la mochila me fui en busca de algo de comida y de paso le encontré a Christie su querida Nutella. En Lima pueden encontrarse muchos productos europeos aunque a un precio más elevado que en Europa, pero en este caso merecía la pena pagarlo, sabía que se alegraría enormemente.
Lima me agobió por su tráfico, su ruido y su aire irrespirable. Me dio pena el observar más detenidamenete que muchos palacios y edificios bellos se encontraban en un estado bastante lamentable de conservación, casi negros por el humo de los coches. Si cuidaran esta caótica ciudad y consiguieran que el tráfico no fuera tan horrible estoy segura de que sería un buen destino turístico, pero así a uno se le quitan las ganas.
Salí con el bus a las 20h. Chris me lo había recomendado a pesar de su precio. No era caro, unos 18€ por un recorrido de 12h.Es cierto que hay otros más baratos pero éste ha sido mi mejor viaje en bus. Los asientos eran supercómodos, casi camas; la comida abundante ¡y de chifa! (comida china-peruana exquisita). Volvieron a proyectar Invictus y a pesar de haberla visto dos veces antes volví a emocionarme. El resto del camino dormí como un bebé. Nos despertaron con una canción que se quedó todo el día en mi cabeza...... ¡¡colgando en tus manos, socorroooooo!! Desayuné también muy rico mientras hablaba con la señora de mi lado que era catedrática en la facultad de matemáticas de la universidad de Chiclayo y que tenía a una hija haciendo medicina en Trujillo. No quería volver porque tenía a sus hijos en Trujillo y Lima, pero era difícil conseguir otra plaza, así que daba clases allá mientras su mente y su corazón estaban a kilómetros. Estaba muy desanimada y sólo en dos horas tenía una clase. Decía que una ducha y a sacar fuerzas, me sorprendió y me entristeció.
La tristeza la olvidé pronto, estaba entrando en la ciudad de Chicayo. Mi amiga Chrsitie llevaba esperando mi llegada meses y yo también ansiaba el encuentro. Habíamos compartido sólo seis meses de nuestra vida pero nos unimos muchísimo y en ese poco tiempo llegamos a hacer una gran amistad de esas que pueden sobrevivir a pesar de todos los kilómetros de distancia. Deseaba abrazarla con todas mis fuerzas.
viernes, 14 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
Último día en la selva
Durante el desayuno descubrí que la noche anterior Raúl había vuelto tras nuestra ruta nocturna a recoger a los dos hombres porque había encontrado un caimán. Me molestó que no me hubiese llamado ya que tenía muchas ganas de verlo. Los dos agraciados se quejaban de los lugares por los cuales los había conducido el guía. Yo pensé para mis adentros que se había equivocado llevándolos a ellos y no a mí, porque yo sí habría disfrutado lo que para ellos supuso un trauma.
Tras el desayuno volvimos a salir en el bote. Nuestra actividad para esa mañana era la pesca de pirañas. Remontamos un poco el río Tapira y después nos introdujimos por un pequeño ramal de éste. Estos peces suelen encontrarse en las zonas de aguas calmadas. Llegamos con el bote hasta un lugar cercano a la orilla pero algo profundo. Allí había dos niñas que nos saludaron desde tierra firme. Eran dos hermanas: Wendy y Carlita, de 10 y 5 años respectivamente. Se reían ante nuestra presencia y cuando les hablé se animaron a quedarse y reír con las tonterías que yo les hacía ya que Carlita tenía una risa supercontagiosa que me encantaba. Preparamos las cañas de pescar (que consistían en palitos con una cuerda que en el cabo tenía un anzuelo, sin mayor tecnología). Colocamos en los anzuelos pequeños trozos de pollo y metimos las cañas haciendo ruido y burbujas con el movimiento de la misma, tal y como nos aconsejó Raúl.
Las pirañas son un poco mamonas ya que en vez de comer el pollo de una sola vez y así quedar enganchadas al anzuelo, ellas se dedican a mordisquearlos poco a poco hasta que cuando te das cuenta ya no queda pollo. En definitiva se ríen un poco de ti. Yo decidí que una piraña no podía ser más lista que yo, así que lo que hacía era tirar rápidamente de la caña cada vez que sentía un pequeño bocado, con la esperanza de que en uno de estos tirones el anzuelo consiguiera engancharla.
Me asusté. ¡¡¡NOOOO!!!. Las dos pequeñas se iban a bañar. A mi mente vino cualquier película de Antena Tres o del Alsa y pensé que las pirañas devorarían a las dos niñas. Ellas se rieron cuando les pregunté si las arañas no se las comerían. Ya me explicaron que sólo atacan a las personas en las películas malas. Normalmente pueden atacar si existe un poco de sangre pero comen tan poco que debería haber muchísimas de ellas para poder acabar con una persona. He estado 28 años engañada respecto a este tema. De hecho debería haberme bañado, pero se me ocurrió después.
Yo hablaba con las niñas y Lucio mientras tiraba cada rato de mi cañita. En uno de estos tirones sentí como traía cierto peso. BIENNNN. Efectivamente, al sacar toda la tanza del agua, había un pequeño pez que coleaba. Me levanté emocionada y la traje hacia mí para evitar que pudiese caer al agua. Tras las fotos de rigor seguí con la pesca y mi técnica. Mis compañeros se quejaban de que se les acababa el pollo y no conseguían ninguna. Yo les explicaba que tenían que tirar muy rápido pero no lo hacían. Tras un rato conseguí otra y así, mientras los ánimos del grupo decaían, yo me alegraba de lo conseguido.
Cuando las pirañitas tenían empacho de pollo desaparecieron y así nuestros cebos dejaron de ser mosdisqueados. Nos despedimos de las niñas y seguimos nuestra ruta con sólo dos pirañas como resultado pesquero del día.
Terminamos nuestra visita a la selva yendo a ver unas grandes plantas flotantes llamadas "victorias regia". Son circulares y pueden llegar a tener hasta tres metros de diámetro. Me hubiera gustado pasear en barca entre ellas, pero sólo las vimos desde la orilla y yo, que insití en verlas de cerca, lo hice acercándome con una canoa que me dejó una señora del pueblo. Caminamos un poco por allá disfrutando de los colores, que eran de tal magnitud, que hubo un momento que me pareció estar en una película de Tim Burton y me descubrí cantando a Willy Bonka.
Mis últimas horas en la selva las pasé tranquilamente tumbada en una hamaca tomando un café mientras observaba al río y la vegetación sin otro ruido que el de los animales. Era obvio que debía volver allá, pero estaba muy contenta por todo lo que había conocido y disfrutado.
El regreso en barco lo aproveché tomando el sol, haciendo fotos, observando el paisaje y respirando profundamente con una gran sonrisa en el rostro.
A mi vuelta a la ciudad encontré a John quien me esperaba en la agencia. Me llevó en motocarro a otro albergue que ya me había llamado la atención en uno de mis paseos. Comentó que quería haberme llevado allá el primer día pero estaba ocupado. Era un viejo palacete resurgiendo. Su belleza era evidente a pesar de la pintura descascarillada de las paredes, con ese mismo encanto de casa vieja que pueden tener las de La Habana. Estaba regentada por un francés, se entraba pasando a través de varias hamacas donde varios hippies leían y saludaban en plan "buen rollo". Una vez en el interior, las habitaciones sorprendían por su buen estado ya que, a diferencia del resto del inmueble, habían sido reformadas.
Tranquilamente conocí aquellas zonas de Iquitos que me faltaban por visitar, como el malecón durante el día, el mercado de artesanías, las casas modernistas y la gran avenida de tiendas. Cené unos ricos juanes con jugo de papaya y descubrí uno de los mejores postres del mundo: "el tres leches", una especie de flan exquisito. Tristemente mi plan de orquesta se vio abortado porque John tuvo que llevar a su hijita al hospital con lo que parecía una bronquitis (estos mocosos siempre igual....)
Tras el desayuno volvimos a salir en el bote. Nuestra actividad para esa mañana era la pesca de pirañas. Remontamos un poco el río Tapira y después nos introdujimos por un pequeño ramal de éste. Estos peces suelen encontrarse en las zonas de aguas calmadas. Llegamos con el bote hasta un lugar cercano a la orilla pero algo profundo. Allí había dos niñas que nos saludaron desde tierra firme. Eran dos hermanas: Wendy y Carlita, de 10 y 5 años respectivamente. Se reían ante nuestra presencia y cuando les hablé se animaron a quedarse y reír con las tonterías que yo les hacía ya que Carlita tenía una risa supercontagiosa que me encantaba. Preparamos las cañas de pescar (que consistían en palitos con una cuerda que en el cabo tenía un anzuelo, sin mayor tecnología). Colocamos en los anzuelos pequeños trozos de pollo y metimos las cañas haciendo ruido y burbujas con el movimiento de la misma, tal y como nos aconsejó Raúl.
Las pirañas son un poco mamonas ya que en vez de comer el pollo de una sola vez y así quedar enganchadas al anzuelo, ellas se dedican a mordisquearlos poco a poco hasta que cuando te das cuenta ya no queda pollo. En definitiva se ríen un poco de ti. Yo decidí que una piraña no podía ser más lista que yo, así que lo que hacía era tirar rápidamente de la caña cada vez que sentía un pequeño bocado, con la esperanza de que en uno de estos tirones el anzuelo consiguiera engancharla.
Me asusté. ¡¡¡NOOOO!!!. Las dos pequeñas se iban a bañar. A mi mente vino cualquier película de Antena Tres o del Alsa y pensé que las pirañas devorarían a las dos niñas. Ellas se rieron cuando les pregunté si las arañas no se las comerían. Ya me explicaron que sólo atacan a las personas en las películas malas. Normalmente pueden atacar si existe un poco de sangre pero comen tan poco que debería haber muchísimas de ellas para poder acabar con una persona. He estado 28 años engañada respecto a este tema. De hecho debería haberme bañado, pero se me ocurrió después.
Yo hablaba con las niñas y Lucio mientras tiraba cada rato de mi cañita. En uno de estos tirones sentí como traía cierto peso. BIENNNN. Efectivamente, al sacar toda la tanza del agua, había un pequeño pez que coleaba. Me levanté emocionada y la traje hacia mí para evitar que pudiese caer al agua. Tras las fotos de rigor seguí con la pesca y mi técnica. Mis compañeros se quejaban de que se les acababa el pollo y no conseguían ninguna. Yo les explicaba que tenían que tirar muy rápido pero no lo hacían. Tras un rato conseguí otra y así, mientras los ánimos del grupo decaían, yo me alegraba de lo conseguido.
Cuando las pirañitas tenían empacho de pollo desaparecieron y así nuestros cebos dejaron de ser mosdisqueados. Nos despedimos de las niñas y seguimos nuestra ruta con sólo dos pirañas como resultado pesquero del día.
Terminamos nuestra visita a la selva yendo a ver unas grandes plantas flotantes llamadas "victorias regia". Son circulares y pueden llegar a tener hasta tres metros de diámetro. Me hubiera gustado pasear en barca entre ellas, pero sólo las vimos desde la orilla y yo, que insití en verlas de cerca, lo hice acercándome con una canoa que me dejó una señora del pueblo. Caminamos un poco por allá disfrutando de los colores, que eran de tal magnitud, que hubo un momento que me pareció estar en una película de Tim Burton y me descubrí cantando a Willy Bonka.
Mis últimas horas en la selva las pasé tranquilamente tumbada en una hamaca tomando un café mientras observaba al río y la vegetación sin otro ruido que el de los animales. Era obvio que debía volver allá, pero estaba muy contenta por todo lo que había conocido y disfrutado.
El regreso en barco lo aproveché tomando el sol, haciendo fotos, observando el paisaje y respirando profundamente con una gran sonrisa en el rostro.
A mi vuelta a la ciudad encontré a John quien me esperaba en la agencia. Me llevó en motocarro a otro albergue que ya me había llamado la atención en uno de mis paseos. Comentó que quería haberme llevado allá el primer día pero estaba ocupado. Era un viejo palacete resurgiendo. Su belleza era evidente a pesar de la pintura descascarillada de las paredes, con ese mismo encanto de casa vieja que pueden tener las de La Habana. Estaba regentada por un francés, se entraba pasando a través de varias hamacas donde varios hippies leían y saludaban en plan "buen rollo". Una vez en el interior, las habitaciones sorprendían por su buen estado ya que, a diferencia del resto del inmueble, habían sido reformadas.
Tranquilamente conocí aquellas zonas de Iquitos que me faltaban por visitar, como el malecón durante el día, el mercado de artesanías, las casas modernistas y la gran avenida de tiendas. Cené unos ricos juanes con jugo de papaya y descubrí uno de los mejores postres del mundo: "el tres leches", una especie de flan exquisito. Tristemente mi plan de orquesta se vio abortado porque John tuvo que llevar a su hijita al hospital con lo que parecía una bronquitis (estos mocosos siempre igual....)
domingo, 9 de mayo de 2010
Amazonas
Comenzamos el día muy temprano, ya que para observar las aves es necesario salir cuando ya ha amanecido pero aún no está el sol. Abandonamos el albergue a eso de las 6 am y nos paseamos tranquilamente en el bote a lo largo del río. Por cada rama Raúl iba encontrando algún pájaro y, mientras lo observábamos con los prismáticos, él nos contaba todo cuanto sabía sobre el animal. Me encantó la historia de los pájaros que aquí llaman locos. El nombre lo reciben porque viven en grupos y a veces uno de ellos se aleja del grupo y empieza a volar a gran velocidad y sin rumbo fijo hasta que termina sumergido en el río o estrellado contra el tronco de un árbol. Observamos también garzas, gavilanes, martines pescadores, alemanes (que son del mismo color que la bandera del país).... Algunos de ellos, nos contaba, son pescadores, otros, algo más piratas, esperan a que un tercero tenga una presa para robársela.
Tras una hora aproximadamente de viaje por el río, nos introdujimos en la zona de manglar. Aquello era como un sueño, los árboles brotaban de las aguas y todo estaba cubierto de vegetación. Era una zona realmente fantástica. Yo alucinaba en aquel lugar de fábula mientras el guía silbaba buscando más pájaros y mis compañeros de canoa preguntaban por el desayuno. Yo por unos momentos había olvidado el hambre aunque cuando volvimos lo recuperé rápidamente. De hecho me molestó que quienes habían preguntado tanto por el desayuno durante el paseo apenas comieran nada una vez en la mesa.
La siguiente salida consistía en tomar el bote hasta el mismo Amazonas, a unos 700 metros navegando por el Tapira, para observar los delfines. Sólo un rato llevábamos en él cuando un delfín gris saltó. No se acercaba porque estaba solo y suelen hacerlo sólo al estar en grupo. Aunque saltó varias veces no conseguí una buena foto porque él era muy rápido y yo muy lenta, como con el cóndor. Tras un rato disfrutando del animal seguimos río abajo en busca de los delfines rosados. Yo miraba a ambos lados y quedaba alucinada, la distancia entre las orillas era realmente abrumadora. A mi mente venía la imagen de Gael Gacía Bernal metido en la piel del Che Guevara en la película "Diarios de motocicleta" cuando el día de su cumpleaños decide atravesar el río a nado para poder celebrarlo con los leprosos de la otra orilla. Una imagen realmente impactante pero que conociendo el río te hace pensar que realmente como decía su amigo "este boludo está loco". Raúl me explicó que en ese tramo el río tenía unos dos kilómetros de ancho y que la profundidad en el medio era de unos 25 metros.
La barca paró en un lado del río, es decir, como a unos 500 metros de la orilla, ya que allí la profundidad sólo era de 3-4 metros. Entonces nos explicó que los delfines rosados son bastante juguetones y que la mejor manera de atraerlos es bañarse y hacer ruido. Yo miré el agua, que corría y pregunté si había más bichos allá. Tras asegurarme de que no encontraría serpientes ni nada similar en aguas corrientes, suelen estar en las que son tranquilas, me quité la ropa y salté. Extraña sensación esa de nadar en el Amazonas: la temperatura el agua era bastante buena pero sentía la corriente, no como enun río de montaña, pero la suficiente como para desplazarme suavemente. El maridito también se lanzó y entonces empezamos a salpicar con el agua, a movernos sin parar y a gritar mientras Raúl silbaba. Podía ver los delfines saltando a lo lejos, pero no parecían demasiado interesados en venir a nuestro encuentro. Empezaba a desanimarme cuando de pronto algo saltó a mis espaldas, ¡¡estaban allá!! Efectivamente, lo que parecía una pareja de delfines rosados saltaban a nuestros alrededores. Era un poco complicado porque salían un poco mostrando la aleta por un lado y a los pocos segundos saltaban unos metros má allá. Era bastante divertido aunque no podía hacerme fotos con ellos (siempre mi obsesión). De pronto uno de ellos osó a darme un coletazo en una pierna. Yo, que no podía ver nada en ese agua marrón y que no esperaba semejante gesto de confianza dí un grito que hizo que el delfín atravesara la frontera hacia Brasil. Tras un rato saltando a nuestro alrededor los delfines desaparecieron y fuimos en busca de otro grupo con la lancha, para darle emoción no me subí sino que me acoplé en la proa y me dejé arrastrar por la embarcación mientras se me desmontaba el bikini. Tras más de media hora pataleando y salpicando en el río volví al bote y me di cuenta que estaba muy cansada.
Durante la comida la familia se quejó a los cocineros de que ponían mucha comida. Cuando me preguntaron mi opinión yo les dije que a mí me parecía bien pero que ellas comían muy poco. La mujer me miró y me dijo "eso lo dice porque tú no engordas" Entonces le expliqué que engordaban más las pocas patatas fritas que se estaba comiendo que la gran ensalada que yo engullía. Su hija, para no engordar, almorzó un vaso de limonada y una manzanilla, aunque no me preocupé porque en la barriga tenía grasa suficiente para un mes. No había que ser muy listo para darse cuenta de que yo no encajaba muy bien con aquella gente. Eran unos ultracristianos que no sólo bendecían la mesa, sino que llevaban camisetas procristo con mensajes bastante contundentes. Estuve a punto de preguntarles qué opinaban sobe el origen de las especies de Darwin porque estoy segura que eran de los que defienden el creacionismo, sin embargo ya los disgusté bastante cuando les dije que yo no era creyente. Sabía que exitía este tipo de gente algo radical, pero nunca me había topado con ellos y la verdad es que era gente que me resultaba bastante extraña en su comportamiento y conversaciones. Tras la comida decidí tomarme el café con uno de los chicos de cocina, que era de Iquitos y no de la selva, y por fin pude tener una conversación normal y coherente (no por selváticos, sino por los de "Darwin mintió").
En la tarde salimos en botes pequeños hechos de tronco de árbol. Sí, todas las maderas suelen venir del tronco de los árboles pero éstos eran como excavados en el mismo. Son las típicas que allá usa la gente para desplazarse. Son bastante bajas, por lo que el rango de movimientos es limitados para que no entre mucha agua. Al principio nos pudieron a las dos animadoras y a mí en una, pero dado que la animadora rubia estaba medio histérica decidieron pasara al grande. Yo alucinaba con el viajito, iba contenta achicando agua con un recipiente de plástico y haciendo fotos. Así era más auténtico e incluso al ser más pequeño el bote podía introducirse en los manglares en zonas más inóspitas. La animadora número dos estaba en pleno sufrimiento y yo no llegaba a explicarme por qué se habían venido a la selva en vez de quedarse en las playas de Lima de donde venían. Intenté tranquilizarla así que le pregunté a Lucio, el tío de Raúl que conducía nuestro bote, si era muy profundo. Le traduje a ella que sólo había un metro, que aunque volcásemos no pasaría nada. Entonces ella se volvió y me miró con cara de odio, así que como no se tranquilizaba le dije que quizás si nos caíamos vendría una serpiente y yo podría hacerle por fin una foto a la anaconda mientras se la comía, Creo que debió maldecirme, pero es que necesitaba darle un poco de caña aunque no entendiese mi humor sarcástico.
Tras un paseo maravillodo para mí y horrible para el resto del equipo llegamos al pueblo de Raúl y Lucio. Allá apenas había nada, sólo lo que necesitaban para vivir: sencillas casas y cultivos. El tito Fujimori les había hecho un camino de hormigón para la época de lluvias antes de desaparecer con el dinero de todo el pueblo peruano, costumbre insalvable por cualquier presidente del Perú.
Las casa estaban construídas sobre palos para que la subida del agua no les afectara. Eran sencillas, en madera con el techo de paja, solían tener hamacas y junto a los cimientos se acumulaban los pollos, gallinas y polluelos. El grupo iba un poco más adelantado que yo, que paraba a hacer fotos y a saludar a la gente, ellos en general se alegraban de que los visitases y de que les hicieras fotos a sus casas. Encontré un gallo hermoso y tras fotografiarlo hablé con su dueño, que se mostraba orgulloso. Lucio se había quedado atrás conmigo y me explicaba algo, era muy cortado y también correctísimo.
A mitad del camino apareció una casa algo diferente a las demás. Raúl nos explicó que era la iglesia evangelista y que su padre era el pastor. A mí me pareció un poco triste que no hubiese ni colegio ni centro de salud o similar pero sí una iglesia, aunque a mis compañeros de viaje les encantó, de hecho insitieron en visitarla. Era algo sencillo, como todo el pueblo, había lo básico que se necesita en una iglesia. La señora madre empezó a preguntar y entonces se enteró de que no tenían biblias "perfecto, enviaremos 100 biblias desde EEUU". A mí me sorprendió la idea, sobre todo porque ni siquiera preguntó si las querían, si las usaban o si las necesitaban. El guía se quedó bastante sorprendido y no mostró gran interés al respecto pero ante la insistencia de la señora dijo que podrían enviarlas a la agencia y que desde allí ya las transportarían. Ella quedó conforme y alegre. Yo sentí los aires de la evangelizacióncorrer a mi alrededor, al menos ella irá al cielo y no tendré que encontrármela ya que yo estaré en el Hades.
Siguiendo por el Fujimori-camino pasamos junto a una casa y Raúl entró pidiendo que lo siguiéramos, desde abajo pude observar a una joven que sostenía un bebé. "Vamos a molestar" le dije, "es mi casa" sonrió. Miré a la joven a los ojos y ella hizo un tímido gesto de aprobación. Allá dentro conocí a la bebita de Raúl, una pequeña que me habría robado porque era una verdadera muñequita. Mientras yo le hacía gestitos a la bebe y hablaba con su madre la señora no paraba de hacerle preguntas a Raúl. Al principio me resultó bastante interesada lo me gustaba, pero poco a poco comprobé que era un poco despectiva en sus preguntas y llegó a un punto que me pareció una auténtica falta de respeto.
Visitamos también la casa de los padres de Raúl. No había nadie pero como no existían ni puerta ni cerradura nos colamos. Era bastante grande, con tres pequeñas habitaciones simples y con paredes (la de él no tenía, sólo consistía en una plataforma con techo). Tenía hasta un porche con hamacas y pudimos ver el pescado que su madre prepararía para la cena. Estando allí Lucio llamó a una pequeña y graciosa niña que pasaba, ésta se acercó tímidamente. "¿Quién es?" le pregunté, "mi hija Maya, tiene dos años". Era preciosa, se lo dije al orgulloso padre y le pregunté si quería acompañarme, ella miró tímidamente al sonriente papá y éste le dió su aprobación. Entonces me dio la mano y paseó junto a mí.
Conocida la gran mayoría del pueblo volvimos al alojamiento, todo el grupo en el bote grande y yo en la pequeña canoa junto a Lucio quien me relataba con alegría historias de su hija que muy pronto empezaría a ir a un pequeño colegio de una aldea cercana.
Tras la cena volvimos a salir en la canoa por los manglares en busca de caimanes. Estuvimos una hora navegando entre ramajes y yo me encontraba totalmente perdida, de hecho no lograba explicarme cómo ellos podían orientarse en un lugar como ése. Bastante fallida nuestra salida ya que sólo vimos sapos, ranas y muchos insectos. Me iba de la selva sin ver cocodrilos ni serpientes, qué decepción. Definitivamente tenía que volver, para ver estos animales y para poder dormir un día en modo acampada. La falta de tiempo había sido mi peor enemigo ya que en un principio yo había planeado estar 6 no 3 días. Siempre hay que dejar algo sin ver, así el cuerpo nos pide volver.
Un poco triste fui a dormir y en mi puerta encontré el único insecto que realmente me da asco: una mantís religiosa, conseguí espantarla y me acosté.
Tras una hora aproximadamente de viaje por el río, nos introdujimos en la zona de manglar. Aquello era como un sueño, los árboles brotaban de las aguas y todo estaba cubierto de vegetación. Era una zona realmente fantástica. Yo alucinaba en aquel lugar de fábula mientras el guía silbaba buscando más pájaros y mis compañeros de canoa preguntaban por el desayuno. Yo por unos momentos había olvidado el hambre aunque cuando volvimos lo recuperé rápidamente. De hecho me molestó que quienes habían preguntado tanto por el desayuno durante el paseo apenas comieran nada una vez en la mesa.
La siguiente salida consistía en tomar el bote hasta el mismo Amazonas, a unos 700 metros navegando por el Tapira, para observar los delfines. Sólo un rato llevábamos en él cuando un delfín gris saltó. No se acercaba porque estaba solo y suelen hacerlo sólo al estar en grupo. Aunque saltó varias veces no conseguí una buena foto porque él era muy rápido y yo muy lenta, como con el cóndor. Tras un rato disfrutando del animal seguimos río abajo en busca de los delfines rosados. Yo miraba a ambos lados y quedaba alucinada, la distancia entre las orillas era realmente abrumadora. A mi mente venía la imagen de Gael Gacía Bernal metido en la piel del Che Guevara en la película "Diarios de motocicleta" cuando el día de su cumpleaños decide atravesar el río a nado para poder celebrarlo con los leprosos de la otra orilla. Una imagen realmente impactante pero que conociendo el río te hace pensar que realmente como decía su amigo "este boludo está loco". Raúl me explicó que en ese tramo el río tenía unos dos kilómetros de ancho y que la profundidad en el medio era de unos 25 metros.
La barca paró en un lado del río, es decir, como a unos 500 metros de la orilla, ya que allí la profundidad sólo era de 3-4 metros. Entonces nos explicó que los delfines rosados son bastante juguetones y que la mejor manera de atraerlos es bañarse y hacer ruido. Yo miré el agua, que corría y pregunté si había más bichos allá. Tras asegurarme de que no encontraría serpientes ni nada similar en aguas corrientes, suelen estar en las que son tranquilas, me quité la ropa y salté. Extraña sensación esa de nadar en el Amazonas: la temperatura el agua era bastante buena pero sentía la corriente, no como enun río de montaña, pero la suficiente como para desplazarme suavemente. El maridito también se lanzó y entonces empezamos a salpicar con el agua, a movernos sin parar y a gritar mientras Raúl silbaba. Podía ver los delfines saltando a lo lejos, pero no parecían demasiado interesados en venir a nuestro encuentro. Empezaba a desanimarme cuando de pronto algo saltó a mis espaldas, ¡¡estaban allá!! Efectivamente, lo que parecía una pareja de delfines rosados saltaban a nuestros alrededores. Era un poco complicado porque salían un poco mostrando la aleta por un lado y a los pocos segundos saltaban unos metros má allá. Era bastante divertido aunque no podía hacerme fotos con ellos (siempre mi obsesión). De pronto uno de ellos osó a darme un coletazo en una pierna. Yo, que no podía ver nada en ese agua marrón y que no esperaba semejante gesto de confianza dí un grito que hizo que el delfín atravesara la frontera hacia Brasil. Tras un rato saltando a nuestro alrededor los delfines desaparecieron y fuimos en busca de otro grupo con la lancha, para darle emoción no me subí sino que me acoplé en la proa y me dejé arrastrar por la embarcación mientras se me desmontaba el bikini. Tras más de media hora pataleando y salpicando en el río volví al bote y me di cuenta que estaba muy cansada.
Durante la comida la familia se quejó a los cocineros de que ponían mucha comida. Cuando me preguntaron mi opinión yo les dije que a mí me parecía bien pero que ellas comían muy poco. La mujer me miró y me dijo "eso lo dice porque tú no engordas" Entonces le expliqué que engordaban más las pocas patatas fritas que se estaba comiendo que la gran ensalada que yo engullía. Su hija, para no engordar, almorzó un vaso de limonada y una manzanilla, aunque no me preocupé porque en la barriga tenía grasa suficiente para un mes. No había que ser muy listo para darse cuenta de que yo no encajaba muy bien con aquella gente. Eran unos ultracristianos que no sólo bendecían la mesa, sino que llevaban camisetas procristo con mensajes bastante contundentes. Estuve a punto de preguntarles qué opinaban sobe el origen de las especies de Darwin porque estoy segura que eran de los que defienden el creacionismo, sin embargo ya los disgusté bastante cuando les dije que yo no era creyente. Sabía que exitía este tipo de gente algo radical, pero nunca me había topado con ellos y la verdad es que era gente que me resultaba bastante extraña en su comportamiento y conversaciones. Tras la comida decidí tomarme el café con uno de los chicos de cocina, que era de Iquitos y no de la selva, y por fin pude tener una conversación normal y coherente (no por selváticos, sino por los de "Darwin mintió").
En la tarde salimos en botes pequeños hechos de tronco de árbol. Sí, todas las maderas suelen venir del tronco de los árboles pero éstos eran como excavados en el mismo. Son las típicas que allá usa la gente para desplazarse. Son bastante bajas, por lo que el rango de movimientos es limitados para que no entre mucha agua. Al principio nos pudieron a las dos animadoras y a mí en una, pero dado que la animadora rubia estaba medio histérica decidieron pasara al grande. Yo alucinaba con el viajito, iba contenta achicando agua con un recipiente de plástico y haciendo fotos. Así era más auténtico e incluso al ser más pequeño el bote podía introducirse en los manglares en zonas más inóspitas. La animadora número dos estaba en pleno sufrimiento y yo no llegaba a explicarme por qué se habían venido a la selva en vez de quedarse en las playas de Lima de donde venían. Intenté tranquilizarla así que le pregunté a Lucio, el tío de Raúl que conducía nuestro bote, si era muy profundo. Le traduje a ella que sólo había un metro, que aunque volcásemos no pasaría nada. Entonces ella se volvió y me miró con cara de odio, así que como no se tranquilizaba le dije que quizás si nos caíamos vendría una serpiente y yo podría hacerle por fin una foto a la anaconda mientras se la comía, Creo que debió maldecirme, pero es que necesitaba darle un poco de caña aunque no entendiese mi humor sarcástico.
Tras un paseo maravillodo para mí y horrible para el resto del equipo llegamos al pueblo de Raúl y Lucio. Allá apenas había nada, sólo lo que necesitaban para vivir: sencillas casas y cultivos. El tito Fujimori les había hecho un camino de hormigón para la época de lluvias antes de desaparecer con el dinero de todo el pueblo peruano, costumbre insalvable por cualquier presidente del Perú.
Las casa estaban construídas sobre palos para que la subida del agua no les afectara. Eran sencillas, en madera con el techo de paja, solían tener hamacas y junto a los cimientos se acumulaban los pollos, gallinas y polluelos. El grupo iba un poco más adelantado que yo, que paraba a hacer fotos y a saludar a la gente, ellos en general se alegraban de que los visitases y de que les hicieras fotos a sus casas. Encontré un gallo hermoso y tras fotografiarlo hablé con su dueño, que se mostraba orgulloso. Lucio se había quedado atrás conmigo y me explicaba algo, era muy cortado y también correctísimo.
A mitad del camino apareció una casa algo diferente a las demás. Raúl nos explicó que era la iglesia evangelista y que su padre era el pastor. A mí me pareció un poco triste que no hubiese ni colegio ni centro de salud o similar pero sí una iglesia, aunque a mis compañeros de viaje les encantó, de hecho insitieron en visitarla. Era algo sencillo, como todo el pueblo, había lo básico que se necesita en una iglesia. La señora madre empezó a preguntar y entonces se enteró de que no tenían biblias "perfecto, enviaremos 100 biblias desde EEUU". A mí me sorprendió la idea, sobre todo porque ni siquiera preguntó si las querían, si las usaban o si las necesitaban. El guía se quedó bastante sorprendido y no mostró gran interés al respecto pero ante la insistencia de la señora dijo que podrían enviarlas a la agencia y que desde allí ya las transportarían. Ella quedó conforme y alegre. Yo sentí los aires de la evangelizacióncorrer a mi alrededor, al menos ella irá al cielo y no tendré que encontrármela ya que yo estaré en el Hades.
Siguiendo por el Fujimori-camino pasamos junto a una casa y Raúl entró pidiendo que lo siguiéramos, desde abajo pude observar a una joven que sostenía un bebé. "Vamos a molestar" le dije, "es mi casa" sonrió. Miré a la joven a los ojos y ella hizo un tímido gesto de aprobación. Allá dentro conocí a la bebita de Raúl, una pequeña que me habría robado porque era una verdadera muñequita. Mientras yo le hacía gestitos a la bebe y hablaba con su madre la señora no paraba de hacerle preguntas a Raúl. Al principio me resultó bastante interesada lo me gustaba, pero poco a poco comprobé que era un poco despectiva en sus preguntas y llegó a un punto que me pareció una auténtica falta de respeto.
Visitamos también la casa de los padres de Raúl. No había nadie pero como no existían ni puerta ni cerradura nos colamos. Era bastante grande, con tres pequeñas habitaciones simples y con paredes (la de él no tenía, sólo consistía en una plataforma con techo). Tenía hasta un porche con hamacas y pudimos ver el pescado que su madre prepararía para la cena. Estando allí Lucio llamó a una pequeña y graciosa niña que pasaba, ésta se acercó tímidamente. "¿Quién es?" le pregunté, "mi hija Maya, tiene dos años". Era preciosa, se lo dije al orgulloso padre y le pregunté si quería acompañarme, ella miró tímidamente al sonriente papá y éste le dió su aprobación. Entonces me dio la mano y paseó junto a mí.
Conocida la gran mayoría del pueblo volvimos al alojamiento, todo el grupo en el bote grande y yo en la pequeña canoa junto a Lucio quien me relataba con alegría historias de su hija que muy pronto empezaría a ir a un pequeño colegio de una aldea cercana.
Tras la cena volvimos a salir en la canoa por los manglares en busca de caimanes. Estuvimos una hora navegando entre ramajes y yo me encontraba totalmente perdida, de hecho no lograba explicarme cómo ellos podían orientarse en un lugar como ése. Bastante fallida nuestra salida ya que sólo vimos sapos, ranas y muchos insectos. Me iba de la selva sin ver cocodrilos ni serpientes, qué decepción. Definitivamente tenía que volver, para ver estos animales y para poder dormir un día en modo acampada. La falta de tiempo había sido mi peor enemigo ya que en un principio yo había planeado estar 6 no 3 días. Siempre hay que dejar algo sin ver, así el cuerpo nos pide volver.
Un poco triste fui a dormir y en mi puerta encontré el único insecto que realmente me da asco: una mantís religiosa, conseguí espantarla y me acosté.
sábado, 8 de mayo de 2010
¡¡ La selva !!
Al mi llegada a la agencia comprobé que la familia a la cual acompañaría era tan danesa que en realidad procedía de Georgia, pero no el país de Oriente medio, sino el estado de EEUU. Tuve que esperar un buen rato porque no habían traído determinadas cosas bastante indispensables en la selva, como pantalones largos, por lo que salieron a comprar al mercado. La primera impresión fue en general bastante buena. La madre era bien simpática y las niñas, aunque parecían animadoras sacadas de una película de sesión de tarde, no me desagradaron en exceso. El resto lo conformaba un marido sin nada resaltable y unos amigos que consistían en una pareja peruana-estadounidense de recién casados.
La salida se realizaba desde un pequeño embarcadero situado al final de la misma calle de la agencia. Allí comprobé lo maletones que llevaban para tres días. Mi mente aún no se explica qué contenían. Mi mochila suponía menos de la tercera parte del equipaje de cada uno de ellos y no me faltó nada.
El recorrido se empezaba por el río Itaya, que es el que pasa realmente junto a la ciudad. Se considera un río de aguas negras, por su alto contenido en taninos y esta oscuridad de las aguas hace que el reflejo de las embarcaciones y vegetación sea realmente hermoso, como un espejo. En unos quince minutos el barco desaceleró y nos indicaron que entraríamos en el Amazonas, yo estaba emocionada por lo que aquello implicaba.... navegar por el archiconocido Amazonas. Este río como todos saben atraviesa Brasil y hace la mayor parte de su recorrido en este país, pero pocos conocen que su nacimiento se encuentra en Perú, acá justo, en Iquitos, donde la unión del río Marañon con el Ucayali da esta gran corriente de agua. En la frontera del río Itaya con el Amazonas pude observar la división real. El primero es un río de aguas negras, el segundo, de agua marrón debido a que la gran corriente arrastra tierra (y todo lo que se ponga por delante). Ya desde la lejanía se observaba la línea divisoria negro-marrón a simple vista. El estar sobre ella fue una sensación extraña y ya cuando me encontré en Amazonas me sentí muy alegre, metí la mano en el río y la olí después, olía pura tierra.
El viaje duraba una hora. El viento me daba en el rostro con algunas gotas de agua amazónica. A ambos lados, las orillas estaban plagadas de vegetación y a veces entre los árboles aparecía un tímido poblado, así como alguna embarcación de pescadores yendo o viniendo. También nos cruzamos con los grandes barcos que vienen desde poblaciones alejadas a la ciudad: de madera muy antigua, uno diría que aquello no es capaz de navegar, sin embargo hacen unas doce horas de ida a Iquitos y otras tantas de vuelta. En ellos los comerciantes apilan la mercancías en las bodegas abiertas que enseñan los miles de bananas que transportan mientras sus dueños duermen en alguna de las hamacas de cubierta.
Yo sonreía, saludaba, hacía fotos y no paraba de respirar profundamente y sentirme realmente privilegiada de estar allí. Por el contrario mis compañeras se dedicaban a leer, jugar con el móvil o la nintendo DS. Un desperdicio en mi opinión, mirar cualquier gráfico antes que la naturaleza de este lugar que por no se qué extraño motivo tiene una coloración muy marcada: el azul del cielo es más azul y el verde de la vegetción es más verde. Digno de admirar y retener en nuestra memoria.
Tras una hora de viaje, disfrutando de todo lo que me rodeaba y haciendo fotos mientras deseaba tener otra cámara y más conocimiento, llegamos al río Tapira, otro río de aguas negras, bastante más que el Itaya, lugar donde se encontraba el logde justo a las orillas. No sé cómo podría describir el lugar: una contrucción de madera sobre palos (para cuando sube el nivel del agua), encajada en plena vegetación y donde el único ruido es el los pájaros y los monos. Justo en la entrada había un gran árbol con unos nidos colgantes diseñados por el pájaro para que ningún animal trepador pueda alcanzarlo. Además algunos de ellos son falsos con entradas más amplias para los pájaros piratas dedicados a robar las casas ajenas.
El alojamiento era una pasada, construído a lo largo del río, tenía el comedor con vistas al río y una sala redonda en la que había hamacas colocadas en forma radial, era el verdadero paraíso: tumbada en una hamaca con el canto de los pájaros y observando el río pensé que era un error quedarme sólo tres días. Los diferentes módulos se comunicaban con pasillos exteriores pero el resto estaba todo totalmente cerrado por mosquiteras. Mi habitación era excesivamente grande para mí sola y sería una de las pocas veces en el viaje en la que no compartiría el baño, demasiado lujo para mí, aunque el agua del grifo fuese roja.
Un grito de terror digno de película de Hitchcock me sacó de mi paz. Corriendo con el padre de la familia llegamos al cuarto de las animadoras donde había una gran araña. Ellas, tras el grito, habían corrido tanto que debían encontrarse ya en Georgia. Yo, alucinada, volví a mi habitación a por la cámara y así la inmortalicé antes de que un zapato se precipitase sobre ella y acabase con su vida.
Tras la instalación nos preparamos para adentrarnos en la selva. Embadurné todo mi cuerpo con el roll-on de antiinsectos que había comprado en la farmacia, pulvericé mi ropa con el repelente "aprobado por la london college of tropical disease" o algo así y pensé que cubierta y embadurnada sería respetada por los mosquitos.
Raúl, nuestro guía nos vaciló un poco al principio ya que nos mostró un fruto utlizado como tinte y que los nativos se aplican en la piel para hacerse pinturas ceremoniales, así que nadie se salvó de salir de allí "a lo indio". Él llevaba catorce años trabajando en la selva, siempre había vivido allí, de hecho nació en medio de ésta. Su madre, que es comerciante, llevaba un cargamento de plátanos cuando le empezó el trabajo de parto, el dolor era tal que no pudo moverse de allí y fue allá, en medio de la selva, rodeado de vegetación e insectos donde nació. Por este motivo en su pueblo le decían en plan de broma Chullachaqui. Tras años conociendo la selva también había acompañado a investigadores de diferentes países en sus incursiones selváticas. Así, sin haber estudiado biología ni nada más (bueno inglés sí), conocía los nombres de todos los animales (el científico, en español, en inglés y cómo le decían en el pueblo), además de sus costumbres, plumaje, alimentación..... Era realmente alucinante y sólo tenía 26 años.
Cuando sólo llevaba cinco minutos introducida en plena selva me entraron ganas de escribirle a la London College esa y decirle que los mosquitos de Iquitos se reían de su producto. No sólo les daba igual que me hubiese pringado la piel, sino que la ropa pulverizada tampoco funcionaba, incluso atravesaban las camisetas y conseguían picarme. No quería ser neurótica pero, aunque me estaba tomando la profilaxis contra la malaria, me encontraba en zona de dengue y contra él no podía hacer nada.
El recorrido lo iba haciendo en inglés, pero no suele haber problemas cuando un peruano habla en inglés, ya que es bastante comprensible. Sólo en algunas ocasiones tenía que pedirle que me tradujese, sobre todo con las aves porque araña, hormiga, murciélago o mono sí lo entiendo en inglés pero no martín pescador, por poner un ejemplo.
Como curiosidad nos explicó que las arañas que construyen telaraña no son venenosas, ya que su presa se queda adherida a ésta; son las que encontramos libres, como la tarántula, las que lo son, ya que es su veneno la que inmoviliza a la presa para que pueda ser devorada.
A veces me daba un poco de miedo el ver algún insecto y que dijese si era o no venenoso. Justo en un árbol había una gran hormiga, creo que podía alcanzar 1-2cm. Él golpeó fuertemente el tronco con el sable y salió toda la comunidad hormiga precipitadamente al exterior. Mientras hacíamos fotos y las observábamos nos dijo que eran venenosas. Una de las animadoras gritó rompiendo la paz de la selva como un mono en celo. Él explicó que dependiendo de la persona pueden ser letales o no, a él le habían picado y seguía vivo, aunque dolía bastante.
Luchando con la vegetación, los mosquitos y las quejas de las animadoras llegamos a una parte donde la densidad de árboles era menor pero allá encontramos a los enormes. Habíamos dejado atrás los árboles del caucho, de gran interés comercial, pero que poco me importaban, los que yo quería ver eran los de las lianas. No dudé un momento y tomé una de ellas y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, intenté trepar. La falta de fuerza y unas botas de caucho enfangadas fueron mi mayor enemigo. Lo intente varias veces ante la estupefacta mirada de mis compañeros que creo que pensaban que aquello no era el comportamiento adecuado de una señorita; y antes las risas de Raúl, quien cuando yo me di por vencida trepó como Tarzán varios metros hasta que le dije que parara, aunque podía haber seguido.
A cada momento nos iba explicando sobre la vegetación y sobre nuestras cabezas, allá en lo alto, en las ramas más altas de los árboles, los monos juaban entre ellos saltando de aquí para allá. Nos habían prohibido hablar alto para no espantar a los animales, directriz que seguí con sumo cuidado y esfuerzo. Sin embargo la animadora gritaba cada vez que veía un animal, bien porque le daba asco o bien por ser un lindo monito. Menos al que era Raúl y no yo quien llevaba el sable.
Vimos también caracoles de río, agujeros hechos por los peces para vivir en ellos cuando baja el nivel del agua, hormigas ejército, hormigas cortadoras de hojas (supergraciosas porque ves pequeñas cosas verdes que se mueven rápidamente y debajo está la hormiga), 100 pies (que no es venenoso, el que lo es es el 1000 pies, ante la duda no acercarse), la escalera del mono (árbol que parece una cadena de ADN y que su hoja hervida se usa de analgésico en el parto). También atravesamos zonas en donde la bota se introducía hasta el límite con el pantalón y tenías que tirar con fuerza para poderla sacar de allí, aunque a veces se venía el pie solo dejando allá al resto.
Tras nuestra primera superincursión en la selva volvimos a comer y descansar un poco antes de salir a ver más animales. Se podía comer tanto como uno quisiera...
En la tarde salimos en el bote a recorrer el río en busca de perezosos e iguanas que suelen estar en los árboles cercanos a la orilla. Nos comentó Raúl que el motivo por el cual los perezosos siempre están medio dormidos es porque gran parte de los árboles de los que se alimentan contienen en sus hojas altas concentraciones de alcaloides, así podemos decir que en vez de "perezosos" debían llamarse "colocaos". Tuvimos bastante mala suerte porque no aparecía ninguno. El señor maridito y yo íbamos buscando en las ramas pero casi siempre que veíamos un bulto no se trataba del animal sino más bien de un nido de termitas. Iguanas sí encontramos, de todos los tamaños, aunque siempre vistas de lejos, en alguna rama. Sabía que esto podía pasar pero prefería no ver un perezoso que verlo en una jaula. El resto de la expedición mostraba bastante poco interés. En nuestro regreso pudimos observar una puesta de sol en la que el cielo no se tornaba sólo naranja, sino que iba tomando una degradación de colores que incluía el rosado, morado, rojo..... algo extraño y hermoso.
Al volver al logde descubrí que era un lugar mucho más encantador ya que estaba iluminado con lámparas de queroseno y quedaba transformado totalmente. Cenamos pescado dorado, típico de la zona, que me resultó riquísimo, aunque creo que entre el resto no triunfó. Tras la cena nos volvimos a preparar para adentrarnos en la selva, esta vez a mi preparatoria le incluí el impermeable, dudaba que los mosquitos fuesen capaz de atravesarlo y acerté.
Nada más salir miré al cielo y......... suspiré. No sé si había visto tantas estrellas en mi vida. Se veía precioso, incluso la vía láctea se distinguía sin problema y para hacerlo todo aun más perfecto una estrella fugaz atravesó el cielo. Allá que fuimos en busca de insectos y reptiles. En ese momento me acordé de Vania y pensé que si ella supiese lo que estaba haciendo se moriría del asco. Las animadoras tampoco vinieron por la misma razón. Raúl nos avisó de que era difícil ver a los reptiles en época húmeda porque aún el nivel del agua es muy alto y están bien escondidos. Mi máximo interés era ver una anaconda. Empezamos viendo tarántulas peludas, encontramos perezosos pero estaban durmiendo. Los mosquitos zumbaban en mis oídos pero ninguno osó a atravesar la frontera de mi impermeable. Observamos arañas de todos los tamaños. Disfruté mucho hasta que algo se introdujo en mi ojo y me hizo gritar de dolor, apreté mis manos con fuerzas, lloré y Raúl me observó diciendo que no tenía nada. Sentía como si mi ojo hubiese reventado, él me explicó que lo más probable fuese que un escarabajo volador había chocado y me hubiese dejado algo de veneno. No sabía muy bien qué significaba eso pero me dolía mucho. La expedición me había enseñado muchos insectos pero no había conseguido ver ningún reptil, es más, ya no veía nada. Simplemente quise volver y regarme el ojo con lágrima artificial, cosa que lo calmó, estaba rojísimo. Tuerta coloqué mi mosquitera y me introduje, dudaba que los mosquitos pudiesen pasar la doble barrera.
La salida se realizaba desde un pequeño embarcadero situado al final de la misma calle de la agencia. Allí comprobé lo maletones que llevaban para tres días. Mi mente aún no se explica qué contenían. Mi mochila suponía menos de la tercera parte del equipaje de cada uno de ellos y no me faltó nada.
El recorrido se empezaba por el río Itaya, que es el que pasa realmente junto a la ciudad. Se considera un río de aguas negras, por su alto contenido en taninos y esta oscuridad de las aguas hace que el reflejo de las embarcaciones y vegetación sea realmente hermoso, como un espejo. En unos quince minutos el barco desaceleró y nos indicaron que entraríamos en el Amazonas, yo estaba emocionada por lo que aquello implicaba.... navegar por el archiconocido Amazonas. Este río como todos saben atraviesa Brasil y hace la mayor parte de su recorrido en este país, pero pocos conocen que su nacimiento se encuentra en Perú, acá justo, en Iquitos, donde la unión del río Marañon con el Ucayali da esta gran corriente de agua. En la frontera del río Itaya con el Amazonas pude observar la división real. El primero es un río de aguas negras, el segundo, de agua marrón debido a que la gran corriente arrastra tierra (y todo lo que se ponga por delante). Ya desde la lejanía se observaba la línea divisoria negro-marrón a simple vista. El estar sobre ella fue una sensación extraña y ya cuando me encontré en Amazonas me sentí muy alegre, metí la mano en el río y la olí después, olía pura tierra.
El viaje duraba una hora. El viento me daba en el rostro con algunas gotas de agua amazónica. A ambos lados, las orillas estaban plagadas de vegetación y a veces entre los árboles aparecía un tímido poblado, así como alguna embarcación de pescadores yendo o viniendo. También nos cruzamos con los grandes barcos que vienen desde poblaciones alejadas a la ciudad: de madera muy antigua, uno diría que aquello no es capaz de navegar, sin embargo hacen unas doce horas de ida a Iquitos y otras tantas de vuelta. En ellos los comerciantes apilan la mercancías en las bodegas abiertas que enseñan los miles de bananas que transportan mientras sus dueños duermen en alguna de las hamacas de cubierta.
Yo sonreía, saludaba, hacía fotos y no paraba de respirar profundamente y sentirme realmente privilegiada de estar allí. Por el contrario mis compañeras se dedicaban a leer, jugar con el móvil o la nintendo DS. Un desperdicio en mi opinión, mirar cualquier gráfico antes que la naturaleza de este lugar que por no se qué extraño motivo tiene una coloración muy marcada: el azul del cielo es más azul y el verde de la vegetción es más verde. Digno de admirar y retener en nuestra memoria.
Tras una hora de viaje, disfrutando de todo lo que me rodeaba y haciendo fotos mientras deseaba tener otra cámara y más conocimiento, llegamos al río Tapira, otro río de aguas negras, bastante más que el Itaya, lugar donde se encontraba el logde justo a las orillas. No sé cómo podría describir el lugar: una contrucción de madera sobre palos (para cuando sube el nivel del agua), encajada en plena vegetación y donde el único ruido es el los pájaros y los monos. Justo en la entrada había un gran árbol con unos nidos colgantes diseñados por el pájaro para que ningún animal trepador pueda alcanzarlo. Además algunos de ellos son falsos con entradas más amplias para los pájaros piratas dedicados a robar las casas ajenas.
El alojamiento era una pasada, construído a lo largo del río, tenía el comedor con vistas al río y una sala redonda en la que había hamacas colocadas en forma radial, era el verdadero paraíso: tumbada en una hamaca con el canto de los pájaros y observando el río pensé que era un error quedarme sólo tres días. Los diferentes módulos se comunicaban con pasillos exteriores pero el resto estaba todo totalmente cerrado por mosquiteras. Mi habitación era excesivamente grande para mí sola y sería una de las pocas veces en el viaje en la que no compartiría el baño, demasiado lujo para mí, aunque el agua del grifo fuese roja.
Un grito de terror digno de película de Hitchcock me sacó de mi paz. Corriendo con el padre de la familia llegamos al cuarto de las animadoras donde había una gran araña. Ellas, tras el grito, habían corrido tanto que debían encontrarse ya en Georgia. Yo, alucinada, volví a mi habitación a por la cámara y así la inmortalicé antes de que un zapato se precipitase sobre ella y acabase con su vida.
Tras la instalación nos preparamos para adentrarnos en la selva. Embadurné todo mi cuerpo con el roll-on de antiinsectos que había comprado en la farmacia, pulvericé mi ropa con el repelente "aprobado por la london college of tropical disease" o algo así y pensé que cubierta y embadurnada sería respetada por los mosquitos.
Raúl, nuestro guía nos vaciló un poco al principio ya que nos mostró un fruto utlizado como tinte y que los nativos se aplican en la piel para hacerse pinturas ceremoniales, así que nadie se salvó de salir de allí "a lo indio". Él llevaba catorce años trabajando en la selva, siempre había vivido allí, de hecho nació en medio de ésta. Su madre, que es comerciante, llevaba un cargamento de plátanos cuando le empezó el trabajo de parto, el dolor era tal que no pudo moverse de allí y fue allá, en medio de la selva, rodeado de vegetación e insectos donde nació. Por este motivo en su pueblo le decían en plan de broma Chullachaqui. Tras años conociendo la selva también había acompañado a investigadores de diferentes países en sus incursiones selváticas. Así, sin haber estudiado biología ni nada más (bueno inglés sí), conocía los nombres de todos los animales (el científico, en español, en inglés y cómo le decían en el pueblo), además de sus costumbres, plumaje, alimentación..... Era realmente alucinante y sólo tenía 26 años.
Cuando sólo llevaba cinco minutos introducida en plena selva me entraron ganas de escribirle a la London College esa y decirle que los mosquitos de Iquitos se reían de su producto. No sólo les daba igual que me hubiese pringado la piel, sino que la ropa pulverizada tampoco funcionaba, incluso atravesaban las camisetas y conseguían picarme. No quería ser neurótica pero, aunque me estaba tomando la profilaxis contra la malaria, me encontraba en zona de dengue y contra él no podía hacer nada.
El recorrido lo iba haciendo en inglés, pero no suele haber problemas cuando un peruano habla en inglés, ya que es bastante comprensible. Sólo en algunas ocasiones tenía que pedirle que me tradujese, sobre todo con las aves porque araña, hormiga, murciélago o mono sí lo entiendo en inglés pero no martín pescador, por poner un ejemplo.
Como curiosidad nos explicó que las arañas que construyen telaraña no son venenosas, ya que su presa se queda adherida a ésta; son las que encontramos libres, como la tarántula, las que lo son, ya que es su veneno la que inmoviliza a la presa para que pueda ser devorada.
A veces me daba un poco de miedo el ver algún insecto y que dijese si era o no venenoso. Justo en un árbol había una gran hormiga, creo que podía alcanzar 1-2cm. Él golpeó fuertemente el tronco con el sable y salió toda la comunidad hormiga precipitadamente al exterior. Mientras hacíamos fotos y las observábamos nos dijo que eran venenosas. Una de las animadoras gritó rompiendo la paz de la selva como un mono en celo. Él explicó que dependiendo de la persona pueden ser letales o no, a él le habían picado y seguía vivo, aunque dolía bastante.
Luchando con la vegetación, los mosquitos y las quejas de las animadoras llegamos a una parte donde la densidad de árboles era menor pero allá encontramos a los enormes. Habíamos dejado atrás los árboles del caucho, de gran interés comercial, pero que poco me importaban, los que yo quería ver eran los de las lianas. No dudé un momento y tomé una de ellas y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, intenté trepar. La falta de fuerza y unas botas de caucho enfangadas fueron mi mayor enemigo. Lo intente varias veces ante la estupefacta mirada de mis compañeros que creo que pensaban que aquello no era el comportamiento adecuado de una señorita; y antes las risas de Raúl, quien cuando yo me di por vencida trepó como Tarzán varios metros hasta que le dije que parara, aunque podía haber seguido.
A cada momento nos iba explicando sobre la vegetación y sobre nuestras cabezas, allá en lo alto, en las ramas más altas de los árboles, los monos juaban entre ellos saltando de aquí para allá. Nos habían prohibido hablar alto para no espantar a los animales, directriz que seguí con sumo cuidado y esfuerzo. Sin embargo la animadora gritaba cada vez que veía un animal, bien porque le daba asco o bien por ser un lindo monito. Menos al que era Raúl y no yo quien llevaba el sable.
Vimos también caracoles de río, agujeros hechos por los peces para vivir en ellos cuando baja el nivel del agua, hormigas ejército, hormigas cortadoras de hojas (supergraciosas porque ves pequeñas cosas verdes que se mueven rápidamente y debajo está la hormiga), 100 pies (que no es venenoso, el que lo es es el 1000 pies, ante la duda no acercarse), la escalera del mono (árbol que parece una cadena de ADN y que su hoja hervida se usa de analgésico en el parto). También atravesamos zonas en donde la bota se introducía hasta el límite con el pantalón y tenías que tirar con fuerza para poderla sacar de allí, aunque a veces se venía el pie solo dejando allá al resto.
Tras nuestra primera superincursión en la selva volvimos a comer y descansar un poco antes de salir a ver más animales. Se podía comer tanto como uno quisiera...
En la tarde salimos en el bote a recorrer el río en busca de perezosos e iguanas que suelen estar en los árboles cercanos a la orilla. Nos comentó Raúl que el motivo por el cual los perezosos siempre están medio dormidos es porque gran parte de los árboles de los que se alimentan contienen en sus hojas altas concentraciones de alcaloides, así podemos decir que en vez de "perezosos" debían llamarse "colocaos". Tuvimos bastante mala suerte porque no aparecía ninguno. El señor maridito y yo íbamos buscando en las ramas pero casi siempre que veíamos un bulto no se trataba del animal sino más bien de un nido de termitas. Iguanas sí encontramos, de todos los tamaños, aunque siempre vistas de lejos, en alguna rama. Sabía que esto podía pasar pero prefería no ver un perezoso que verlo en una jaula. El resto de la expedición mostraba bastante poco interés. En nuestro regreso pudimos observar una puesta de sol en la que el cielo no se tornaba sólo naranja, sino que iba tomando una degradación de colores que incluía el rosado, morado, rojo..... algo extraño y hermoso.
Al volver al logde descubrí que era un lugar mucho más encantador ya que estaba iluminado con lámparas de queroseno y quedaba transformado totalmente. Cenamos pescado dorado, típico de la zona, que me resultó riquísimo, aunque creo que entre el resto no triunfó. Tras la cena nos volvimos a preparar para adentrarnos en la selva, esta vez a mi preparatoria le incluí el impermeable, dudaba que los mosquitos fuesen capaz de atravesarlo y acerté.
Nada más salir miré al cielo y......... suspiré. No sé si había visto tantas estrellas en mi vida. Se veía precioso, incluso la vía láctea se distinguía sin problema y para hacerlo todo aun más perfecto una estrella fugaz atravesó el cielo. Allá que fuimos en busca de insectos y reptiles. En ese momento me acordé de Vania y pensé que si ella supiese lo que estaba haciendo se moriría del asco. Las animadoras tampoco vinieron por la misma razón. Raúl nos avisó de que era difícil ver a los reptiles en época húmeda porque aún el nivel del agua es muy alto y están bien escondidos. Mi máximo interés era ver una anaconda. Empezamos viendo tarántulas peludas, encontramos perezosos pero estaban durmiendo. Los mosquitos zumbaban en mis oídos pero ninguno osó a atravesar la frontera de mi impermeable. Observamos arañas de todos los tamaños. Disfruté mucho hasta que algo se introdujo en mi ojo y me hizo gritar de dolor, apreté mis manos con fuerzas, lloré y Raúl me observó diciendo que no tenía nada. Sentía como si mi ojo hubiese reventado, él me explicó que lo más probable fuese que un escarabajo volador había chocado y me hubiese dejado algo de veneno. No sabía muy bien qué significaba eso pero me dolía mucho. La expedición me había enseñado muchos insectos pero no había conseguido ver ningún reptil, es más, ya no veía nada. Simplemente quise volver y regarme el ojo con lágrima artificial, cosa que lo calmó, estaba rojísimo. Tuerta coloqué mi mosquitera y me introduje, dudaba que los mosquitos pudiesen pasar la doble barrera.
viernes, 7 de mayo de 2010
Conociendo Iquitos
Había quedado con John para que me recogiese con el motocarro. Me resultó bastante extraño eso de ir motorizada ya que durante más de dos meses me había desplazado principalmente a pie allá donde me encontrase. Lo bueno que tenía este tipo de transporte era que no sentía con tanta fuerza el calor pegajoso y que él conocía bien los lugares. Así me dejó en el mercado, donde es mucho más barato desayunar y yo elegí el puesto para mi imprescindible jugo de papaya.
Tras un gran desayuno nos dirigimos, atravesando toda la ciudad, hasta el muelle de Nauta en el río Nanay, otro afluente del Amazonas. Yo ya me había informado tanto en el hostel como a través de la guía del recorrido y sabía que estaba lejos. Por el camino disfruté mucho, era realmente otro mundo. Por un momento tuve más la impresión de estar en Bangladesh que en Perú, con el calor sofocante, todo lleno de motocarros y el verde selvático. Atravesábamos calles invadidas por puestos que consistían en telas sobre el suelo en las cuales se apilaba la mercancía: plátanos enormes, sandías y todo tipo de frutas realmente exóticas para mí. La gente me miraba sorprendida y yo sonreía, contenta, rozando la felicidad.
El puerto era un lugar con mucho movimiento, además de los barcos había una zona donde vendían pescado a la plancha, recién traído del río, con sus bananas y también había juanes (arroz con gallina envueltos en una hoja similar a la del plátano, muy rico). Sólo con bajar fui acosada por miles de señores que me ofrecían llevarme al mariposario en su barca por tanto o tanto dinero. Primero comprobé que no había ningún bote común a punto de zarpar y entonces no me quedó otra opción que alquilar un bote, John consiguió que me dejaran la ida a 10 soles y se ofreció a acompañarme. Yo le dije sinceramente que podía ir sola, pero luego pensé en que como tenía que volver prefería hacerlo con alguien que ya más o menos conocía. Durante el viaje él me fue explicando sobre los poblados que pasábamos, sobre el Amazonas y se sorprendió al ver que conocía bastante bien la historia de Iquitos, que al fin y al cabo fue una ciudad fundada por los Jesuitas para evangelizar a los selváticos, ya que así podían reunirlos a todos en un lugar sin necesidad de hacer incursiones a la selva, donde por lo general no eran muy bien recibidos. También le sorprendió bastante que viajase sola, sobre todo siendo mujer. La verdad es que el papel de la mujer en Perú es bastante limitado sobre todo en las zonas rurales.
Una vez abandonado el río por el que habíamos despedido a numerosos pueblos en ambas orillas, nos adentramos por una especie de canales ocultos en la vegetación. A pesar de estar nublado, el paisaje resultaba realmente alucinante, creí estar en un documental de National Geographic, lástima que mi cámara no estuviera a la altura (ni mucho menos mis conocimientos de fotografía). El canal se fue estrechando a medida que crecía la vegetación, hasta descubrirnos en un lugar donde tenías casi que esquivar las ramas. Allá al fondo apareció un cartel: mariposario.
A pesar del nombre, en este recinto no sólo se encuentran mariposas, sino que es más bien una especie de reserva donde también hay otros animales que fueron rescatados de situaciones peligrosas. Lo primero que vi fueron unas guacamayos, a continuación me encontré con unos monos que andaban sueltos y no tenían ninguna vergüenza, uno de ellos, Chavo, se acercó a mí mientras intentaba hacerle una foto subido en la mesa, agarró una de las cintas de mi mochila y tiró con fuerza. Yo agarré la cinta y entonces me agarró el dedo, en ese instante el guía me dijo que no se podían tocar pero le aclaré que no era yo la que quería tocarlo, sino él quien se había apoderado de mi dedo. Mientras hablábamos, Chavo intentaba llevarse mi dedo a la boca, tirándo de él con fuerza. Tras un rato de resistencia, tiré con fuerzas de mi mano consiguiendo que el animal se soltara; éste gritó en ese momento al mismo tiempo que se orinó encima. "¿Te parecerá bonito?" le dije, pero creo que no tenía vergüenza alguna. No volvió a tocarme pero nos siguió durante todo el recorrido, cuando te dabas cuenta, te girabas y allí estaba Chavo, mirándote. Ojalá hubiese sabido qué le pasaba a ese mono loco por la cabeza.
La visita consistía en un recorrido que empezaba en una superjaula que era como una miniselva donde estaban volando las mariposas. En ese momento había pocas en pleno vuelo porque había llovido y se encontraban escondidas en las plantas, pero fueron saliendo poco a poco y el guía nos mostró algunas. Eran de un tamaño y colores alucinantes, como la "patroclo no sé qué" cuyas alas azules te dejaban ensimismado o la mariposa búho, que tiene un círculo en cada ala que simula el ojo de éste animal y así cuando las abren parecen la cara del ave mirándote. Genial, sabia naturaleza. Observamos una habitación llena de orugas, que dicho así no provoca ninguna espectación sino todo lo contrario, pero eran orugas bellas, como si fueran diseñadas en estampados fantasías. Además, el verlas todas juntas formando extrañas figuras resultaba mucho más hermoso. Junto a las orugas había capullos en diferentes estados madurativos. De algunos de ellos salía y un ala, o incluso casi el cuerpo entero de la mariposa. Mientras hacía una foto pude observar cómo una de las mariposas que medio salía de uno de ellos empezó a mover las alas rápidamente, y de pronto, se desprendió de éste y salió volando. ¡¡era un parto mariposil!! Quise avisar a todos para que lo vieran pero sólo pude decir "¡¡ahí ahí ahí!!, lo cual no sirvió de gran ayuda. Vi nacer una mariposa.
Desde allí hicimos un recorrido para ver los animales que habían sido recogidos, como otra pareja de monos, un cachorrito de jaguar al que asustaba continuamente Chavo; otro jaguar enorme, un armadillo, tortugas, cocodrilos.... la mayoría de ellos allá temporalmente y que intentan reinsertar en un futuro, aunque algunos, como el armadillo encuentren siempre el camino de vuelta una vez que son puestos en libertad.
Tras la visita a los animalitos, que me alegraron la mañana, volví a la ciudad contenta de no haber salido con tanta prisa hacia la selva. Una vez allí y tras cambiar mi billete de avión para poder enlazar con el bus de Chiclayo, empecé mi temida ronda por las agencias. John me llevaba de una a otra y esperaba pacientemente aunque yo le decía que ni se le ocurriera cobrarme mucho porque yo no tenía un duro. Visité sólo tres por esta vez y la duda que me planteé fue si me iba sola con una agencia cuya programación y precio me gustaba mucho o si por el contrario lo hacía con otra que era muy similar pero tenía ya un viaje contratado con una familia, según ellos danesa. Con toda la información rondando por mi cabeza me fuí a comer al mercado donde permanecí mientras caía la tormenta del siglo. Me sorprendió ser la única extranjera, luego aprendería que los turista permanecen poco tiempo en Iquitos porque en seguida salen en dirección a la selva, de hecho algunos llegan directos del avión al bote, sin saber lo que se están perdiendo en esta ciudad de bellos y edificios y simpáticos selváticos.
Ya en la tarde me dirigí a la agencia de Amazonian Trips, era la que me había parecido tener un logde más básico, natural y poco turístico; además no estaría sola y la salida en vez de ser en coche era en barco desde la misma ciudad. El hotel se llamaba "Chullachaqui Logde", el chullachaqui es un duende de la selva que se identifica con unas pisadas de pies de diferente tamaño. Según cuentan, este duende se aparece a la gente que camina sola por la selva pero lo hace en forma de alguna persona conocida, una vez que lo acompañas él te pierde y nunca más vuelves.
El resto del día lo dediqué a visitar el barrio de Belén, una zona marginal de casas construídas sobre el agua a modo de palafitos. Recomiendan no ir solo ya que son frecuentes los robos y venta de droga, sobre todo en la noche. Yo fui acompañada por John que me dejó justo donde empezaba el agua, porque no había embarcadero ni nada similar y además se vino conmigo en el bote. Para llegar allí había que atravesar toda la ciudad pero en el sentido contrario al que había hecho en la mañana, se cruzaban miles de mercados y llegaba un momento en el cual las contruciones se adentraban en el agua. Es la zona pobre, allá donde con unas cuantas maderas, la gente que no tiene dinero se construye una casa. No pagan impuestos, no están registrados, es como una ciudad sin ley. Alquilé un bote que me llevaría a modo góndola (con bastante menos glamour, claro está) por aquellas calles por sólo 10 soles la hora (unos 2.5€). El sol empezaba a ponerse y todo el barrio adquiría una tonalidad anaranjada preciosa. El río se llenaba de reflejos y yo luchaba por guardar todas aquellas imágenes en mi memoria y en la cámara.
Mientras paseábamos John me contaba cosas del barrio, de la ciudad, de los tipos de turistas que llegaban y de cómo yo era una "española rara". Por lo que me contó había tenido bastante mala suerte con los turistas españoles, que le habían resultado casi siempre bastante altivos, desagradables y egoístas. Sin embargo me dijo que los que más problemas ponían siempre eran los argentinos, que se quejaban por todo; y los israelíes que pagaban muy mal.
Me sorprendió que la gente desde las casas me saludaban, me pedían fotos (sin pedir nada a cambio) e incluso unas chicas me gritaban "báñate con nosotras!!!! señorita veeeennn". Yo las saludé, les hablé y les hice una foto pero no me encontraba demasiado motivada para el baño. Él me explicó que aquí las fotos no molestaban sino todo lo contrario, para ellos era un orgullo que alguien de un lejano país venga acá y luego muestre su barrio y cómo viven.
La hora de recorrido dió para mucho pero yo podía haber seguido durante horas saludando a los niños al pasar, haciéndole fotos a las casas e interrogando a John sobre todo aquello que se venía a mi mente.
Tras el viaje él me ofreció enseñarme una de las famosas orquestas de Iquitos cuando volviese de mi estancia en la selva y acepté porque me pareció que no quería embarazarme aunque tuve en cuenta que era peruano, lo cual siempre es un factor de riesgo, y más con la simpatía selvática.
El día había sido largo pero me había enseñado muchas cosas no sólo sobre Iquitos. Cené comida típica de la región y fui a dormir muy contenta con la jornada e impaciente por querer conocer finalmente la selva.
Tras un gran desayuno nos dirigimos, atravesando toda la ciudad, hasta el muelle de Nauta en el río Nanay, otro afluente del Amazonas. Yo ya me había informado tanto en el hostel como a través de la guía del recorrido y sabía que estaba lejos. Por el camino disfruté mucho, era realmente otro mundo. Por un momento tuve más la impresión de estar en Bangladesh que en Perú, con el calor sofocante, todo lleno de motocarros y el verde selvático. Atravesábamos calles invadidas por puestos que consistían en telas sobre el suelo en las cuales se apilaba la mercancía: plátanos enormes, sandías y todo tipo de frutas realmente exóticas para mí. La gente me miraba sorprendida y yo sonreía, contenta, rozando la felicidad.
El puerto era un lugar con mucho movimiento, además de los barcos había una zona donde vendían pescado a la plancha, recién traído del río, con sus bananas y también había juanes (arroz con gallina envueltos en una hoja similar a la del plátano, muy rico). Sólo con bajar fui acosada por miles de señores que me ofrecían llevarme al mariposario en su barca por tanto o tanto dinero. Primero comprobé que no había ningún bote común a punto de zarpar y entonces no me quedó otra opción que alquilar un bote, John consiguió que me dejaran la ida a 10 soles y se ofreció a acompañarme. Yo le dije sinceramente que podía ir sola, pero luego pensé en que como tenía que volver prefería hacerlo con alguien que ya más o menos conocía. Durante el viaje él me fue explicando sobre los poblados que pasábamos, sobre el Amazonas y se sorprendió al ver que conocía bastante bien la historia de Iquitos, que al fin y al cabo fue una ciudad fundada por los Jesuitas para evangelizar a los selváticos, ya que así podían reunirlos a todos en un lugar sin necesidad de hacer incursiones a la selva, donde por lo general no eran muy bien recibidos. También le sorprendió bastante que viajase sola, sobre todo siendo mujer. La verdad es que el papel de la mujer en Perú es bastante limitado sobre todo en las zonas rurales.
Una vez abandonado el río por el que habíamos despedido a numerosos pueblos en ambas orillas, nos adentramos por una especie de canales ocultos en la vegetación. A pesar de estar nublado, el paisaje resultaba realmente alucinante, creí estar en un documental de National Geographic, lástima que mi cámara no estuviera a la altura (ni mucho menos mis conocimientos de fotografía). El canal se fue estrechando a medida que crecía la vegetación, hasta descubrirnos en un lugar donde tenías casi que esquivar las ramas. Allá al fondo apareció un cartel: mariposario.
A pesar del nombre, en este recinto no sólo se encuentran mariposas, sino que es más bien una especie de reserva donde también hay otros animales que fueron rescatados de situaciones peligrosas. Lo primero que vi fueron unas guacamayos, a continuación me encontré con unos monos que andaban sueltos y no tenían ninguna vergüenza, uno de ellos, Chavo, se acercó a mí mientras intentaba hacerle una foto subido en la mesa, agarró una de las cintas de mi mochila y tiró con fuerza. Yo agarré la cinta y entonces me agarró el dedo, en ese instante el guía me dijo que no se podían tocar pero le aclaré que no era yo la que quería tocarlo, sino él quien se había apoderado de mi dedo. Mientras hablábamos, Chavo intentaba llevarse mi dedo a la boca, tirándo de él con fuerza. Tras un rato de resistencia, tiré con fuerzas de mi mano consiguiendo que el animal se soltara; éste gritó en ese momento al mismo tiempo que se orinó encima. "¿Te parecerá bonito?" le dije, pero creo que no tenía vergüenza alguna. No volvió a tocarme pero nos siguió durante todo el recorrido, cuando te dabas cuenta, te girabas y allí estaba Chavo, mirándote. Ojalá hubiese sabido qué le pasaba a ese mono loco por la cabeza.
La visita consistía en un recorrido que empezaba en una superjaula que era como una miniselva donde estaban volando las mariposas. En ese momento había pocas en pleno vuelo porque había llovido y se encontraban escondidas en las plantas, pero fueron saliendo poco a poco y el guía nos mostró algunas. Eran de un tamaño y colores alucinantes, como la "patroclo no sé qué" cuyas alas azules te dejaban ensimismado o la mariposa búho, que tiene un círculo en cada ala que simula el ojo de éste animal y así cuando las abren parecen la cara del ave mirándote. Genial, sabia naturaleza. Observamos una habitación llena de orugas, que dicho así no provoca ninguna espectación sino todo lo contrario, pero eran orugas bellas, como si fueran diseñadas en estampados fantasías. Además, el verlas todas juntas formando extrañas figuras resultaba mucho más hermoso. Junto a las orugas había capullos en diferentes estados madurativos. De algunos de ellos salía y un ala, o incluso casi el cuerpo entero de la mariposa. Mientras hacía una foto pude observar cómo una de las mariposas que medio salía de uno de ellos empezó a mover las alas rápidamente, y de pronto, se desprendió de éste y salió volando. ¡¡era un parto mariposil!! Quise avisar a todos para que lo vieran pero sólo pude decir "¡¡ahí ahí ahí!!, lo cual no sirvió de gran ayuda. Vi nacer una mariposa.
Desde allí hicimos un recorrido para ver los animales que habían sido recogidos, como otra pareja de monos, un cachorrito de jaguar al que asustaba continuamente Chavo; otro jaguar enorme, un armadillo, tortugas, cocodrilos.... la mayoría de ellos allá temporalmente y que intentan reinsertar en un futuro, aunque algunos, como el armadillo encuentren siempre el camino de vuelta una vez que son puestos en libertad.
Tras la visita a los animalitos, que me alegraron la mañana, volví a la ciudad contenta de no haber salido con tanta prisa hacia la selva. Una vez allí y tras cambiar mi billete de avión para poder enlazar con el bus de Chiclayo, empecé mi temida ronda por las agencias. John me llevaba de una a otra y esperaba pacientemente aunque yo le decía que ni se le ocurriera cobrarme mucho porque yo no tenía un duro. Visité sólo tres por esta vez y la duda que me planteé fue si me iba sola con una agencia cuya programación y precio me gustaba mucho o si por el contrario lo hacía con otra que era muy similar pero tenía ya un viaje contratado con una familia, según ellos danesa. Con toda la información rondando por mi cabeza me fuí a comer al mercado donde permanecí mientras caía la tormenta del siglo. Me sorprendió ser la única extranjera, luego aprendería que los turista permanecen poco tiempo en Iquitos porque en seguida salen en dirección a la selva, de hecho algunos llegan directos del avión al bote, sin saber lo que se están perdiendo en esta ciudad de bellos y edificios y simpáticos selváticos.
Ya en la tarde me dirigí a la agencia de Amazonian Trips, era la que me había parecido tener un logde más básico, natural y poco turístico; además no estaría sola y la salida en vez de ser en coche era en barco desde la misma ciudad. El hotel se llamaba "Chullachaqui Logde", el chullachaqui es un duende de la selva que se identifica con unas pisadas de pies de diferente tamaño. Según cuentan, este duende se aparece a la gente que camina sola por la selva pero lo hace en forma de alguna persona conocida, una vez que lo acompañas él te pierde y nunca más vuelves.
El resto del día lo dediqué a visitar el barrio de Belén, una zona marginal de casas construídas sobre el agua a modo de palafitos. Recomiendan no ir solo ya que son frecuentes los robos y venta de droga, sobre todo en la noche. Yo fui acompañada por John que me dejó justo donde empezaba el agua, porque no había embarcadero ni nada similar y además se vino conmigo en el bote. Para llegar allí había que atravesar toda la ciudad pero en el sentido contrario al que había hecho en la mañana, se cruzaban miles de mercados y llegaba un momento en el cual las contruciones se adentraban en el agua. Es la zona pobre, allá donde con unas cuantas maderas, la gente que no tiene dinero se construye una casa. No pagan impuestos, no están registrados, es como una ciudad sin ley. Alquilé un bote que me llevaría a modo góndola (con bastante menos glamour, claro está) por aquellas calles por sólo 10 soles la hora (unos 2.5€). El sol empezaba a ponerse y todo el barrio adquiría una tonalidad anaranjada preciosa. El río se llenaba de reflejos y yo luchaba por guardar todas aquellas imágenes en mi memoria y en la cámara.
Mientras paseábamos John me contaba cosas del barrio, de la ciudad, de los tipos de turistas que llegaban y de cómo yo era una "española rara". Por lo que me contó había tenido bastante mala suerte con los turistas españoles, que le habían resultado casi siempre bastante altivos, desagradables y egoístas. Sin embargo me dijo que los que más problemas ponían siempre eran los argentinos, que se quejaban por todo; y los israelíes que pagaban muy mal.
Me sorprendió que la gente desde las casas me saludaban, me pedían fotos (sin pedir nada a cambio) e incluso unas chicas me gritaban "báñate con nosotras!!!! señorita veeeennn". Yo las saludé, les hablé y les hice una foto pero no me encontraba demasiado motivada para el baño. Él me explicó que aquí las fotos no molestaban sino todo lo contrario, para ellos era un orgullo que alguien de un lejano país venga acá y luego muestre su barrio y cómo viven.
La hora de recorrido dió para mucho pero yo podía haber seguido durante horas saludando a los niños al pasar, haciéndole fotos a las casas e interrogando a John sobre todo aquello que se venía a mi mente.
Tras el viaje él me ofreció enseñarme una de las famosas orquestas de Iquitos cuando volviese de mi estancia en la selva y acepté porque me pareció que no quería embarazarme aunque tuve en cuenta que era peruano, lo cual siempre es un factor de riesgo, y más con la simpatía selvática.
El día había sido largo pero me había enseñado muchas cosas no sólo sobre Iquitos. Cené comida típica de la región y fui a dormir muy contenta con la jornada e impaciente por querer conocer finalmente la selva.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Llegada a Iquitos
Conseguí dormir muy poco porque, cuando concilié el sueño, me despertaron para la comida y después, cuando volví a quedarme más o menos dormida, empezamos a descender y un espantoso dolor de oído me espabiló. Jamás me había dolido tanto, por unos instantes pensé que me reventaría. A mi llegada a Lima noté que me sobraba parte de la ropa que llevaba y además mi vuelo estaba retrasado. Decidí pasearme por el aeropuerto y me llamó la atención que había McDonald's Starbuck's, Dunkin' Donuts..... seguro que por los gringos que visitan Machu Pichu, no había nada autóctono allí, sólo un amago de cocina peruana pero excesivamente caro.
El viaje hacia Iquitos fue bastante más llevadero e hicimos parada en Tarapoto, precioso desde el cielo, con su ríos zigzageantes, sus cultivos ¿de arroz? y su manto verde. Allá estuvimos unos treinta minutos antes de salir a Iquitos. Cuando finalmente llegamos hacía calor húmedo, tal y como me habían avisado, pero resultaba bastante soportable. Ya dentro del aeropuerto se me abalanzaron varios vendedores de tours hablándome en inglés. Yo los ignoré como de costumbre y ya cuando salí en busca de transporte fue cuando tuve que negociar un poco. Harta de taxi, dado el precio, el buen clima y las recomendaciones de la oficina de turismo tomé un motocarro de los acreditados del aeropuerto. El chico, John, bastante simpático me dijo que me haría un buen precio y me ayudaría con lo que quisiera.
A mitad de camino a la ciudad el cielo decidió abrirse y cayó una lluvia brutal. Con toda tranquilidad él se bajó y colocó los utensilios para "motocarro en tiempos de lluvia" y seguimos paseando. Era realmente genial, otro mundo, desde las facciones de la gente (en la selva son muy guapos), la forma de hablar (cantando un poco) hasta el ambiente general. Todo desprendía bastante alegría. Me comentó que el hostel al que yo quería ir recibía bastantes quejas aunque yo al principio pensé que me estaba intentando tangar para así llevarme al albergue de algún amigo y lo ignoré.
Como disponía de poco tiempo me propuso hacer un tour por varias agencias para que me explicasen las salidas a la selva. No me gustaba demasiado la idea porque en un principio no me daba demasiada confianza, pero acepté porque quería salir cuanto antes. La primera que visité era la que, según le comentaban a él los turistas, era la mejor. A mí no me gustó demasiado ya que era muy muy turística con sus animales en jaula, su visita a comunidades totalmente en versión teatro y un hotel en la selva con demasiados lujos para el que yo quería; sin hablar del precio. Tras eso fuí a ver al primo de Robinson Crusoe pero no me dejó nada claro que hacía..... ir a la selva y poco más. Estaba cansada y nada convencida así que hablé con John para que me dijera sinceramente qué interés tenía con los albergues, él se sinceró y me dijo que la mayoría pagaba algo por llevar a clientes pero que él me llevaba al que yo quisiera, así como las agencias (que tenían una especie de sistema de puntos para los motocarros pero eso no influye en el precio que te lo curras tú regateando). Recordé que mis compis argentinos de La Paz me habían recomendado un hostal llamado "Las Golondrinas" así que le dije que me llevara.
Allá me habló un poco de la ciudad, que era bastante segura y me dijo si quería seguir viendo agencias al día siguiente. Como me había caído bien y había sido bastante claro conmigo quedamos para ir al día siguiente a varias agencias, que el chaval se llevase una comisión y además quería ir al mariposario y para tomar el barco necesitaba ir en motocarro.
El hostal era algo cutre y dada la disposición de la habitación me di cuenta de que la compartía con tres tíos. Lo bueno lo había olvidado ¡¡tenía piscina!! (o pileta). Tras una duchita y una buena fumigada con el repelente antimosquitos salí a pasear. Parecía que me había puesto axe en vez de repelente porque los tíos me miraban y me hablaban aunque sin atosigar. Paseé por la ciudad y observé el río, pero no era el Amazonas, sino el Itaya, que es afluente de éste.
Tras mi paseo y mi cena en un chifa volví a dormir notando entonces ue SÍ hacía bastante calor.
El viaje hacia Iquitos fue bastante más llevadero e hicimos parada en Tarapoto, precioso desde el cielo, con su ríos zigzageantes, sus cultivos ¿de arroz? y su manto verde. Allá estuvimos unos treinta minutos antes de salir a Iquitos. Cuando finalmente llegamos hacía calor húmedo, tal y como me habían avisado, pero resultaba bastante soportable. Ya dentro del aeropuerto se me abalanzaron varios vendedores de tours hablándome en inglés. Yo los ignoré como de costumbre y ya cuando salí en busca de transporte fue cuando tuve que negociar un poco. Harta de taxi, dado el precio, el buen clima y las recomendaciones de la oficina de turismo tomé un motocarro de los acreditados del aeropuerto. El chico, John, bastante simpático me dijo que me haría un buen precio y me ayudaría con lo que quisiera.
A mitad de camino a la ciudad el cielo decidió abrirse y cayó una lluvia brutal. Con toda tranquilidad él se bajó y colocó los utensilios para "motocarro en tiempos de lluvia" y seguimos paseando. Era realmente genial, otro mundo, desde las facciones de la gente (en la selva son muy guapos), la forma de hablar (cantando un poco) hasta el ambiente general. Todo desprendía bastante alegría. Me comentó que el hostel al que yo quería ir recibía bastantes quejas aunque yo al principio pensé que me estaba intentando tangar para así llevarme al albergue de algún amigo y lo ignoré.
Como disponía de poco tiempo me propuso hacer un tour por varias agencias para que me explicasen las salidas a la selva. No me gustaba demasiado la idea porque en un principio no me daba demasiada confianza, pero acepté porque quería salir cuanto antes. La primera que visité era la que, según le comentaban a él los turistas, era la mejor. A mí no me gustó demasiado ya que era muy muy turística con sus animales en jaula, su visita a comunidades totalmente en versión teatro y un hotel en la selva con demasiados lujos para el que yo quería; sin hablar del precio. Tras eso fuí a ver al primo de Robinson Crusoe pero no me dejó nada claro que hacía..... ir a la selva y poco más. Estaba cansada y nada convencida así que hablé con John para que me dijera sinceramente qué interés tenía con los albergues, él se sinceró y me dijo que la mayoría pagaba algo por llevar a clientes pero que él me llevaba al que yo quisiera, así como las agencias (que tenían una especie de sistema de puntos para los motocarros pero eso no influye en el precio que te lo curras tú regateando). Recordé que mis compis argentinos de La Paz me habían recomendado un hostal llamado "Las Golondrinas" así que le dije que me llevara.
Allá me habló un poco de la ciudad, que era bastante segura y me dijo si quería seguir viendo agencias al día siguiente. Como me había caído bien y había sido bastante claro conmigo quedamos para ir al día siguiente a varias agencias, que el chaval se llevase una comisión y además quería ir al mariposario y para tomar el barco necesitaba ir en motocarro.
El hostal era algo cutre y dada la disposición de la habitación me di cuenta de que la compartía con tres tíos. Lo bueno lo había olvidado ¡¡tenía piscina!! (o pileta). Tras una duchita y una buena fumigada con el repelente antimosquitos salí a pasear. Parecía que me había puesto axe en vez de repelente porque los tíos me miraban y me hablaban aunque sin atosigar. Paseé por la ciudad y observé el río, pero no era el Amazonas, sino el Itaya, que es afluente de éste.
Tras mi paseo y mi cena en un chifa volví a dormir notando entonces ue SÍ hacía bastante calor.
lunes, 3 de mayo de 2010
CUSCO: día 16, the final day
Era mi último día en la ciudad. Ya había visitado cuantos lugares había para conocer y había farreado también mucho. Pensé que lo mejor era pasar un día tranquilo, disfrutando de un sencillo paseo, comprando algún recuerdo y en la noche desperdirme de mis niñas.
Tras mi mareo mañanero quedé con Lisbeth para almorzar. Me sorprendió porque su mamá se unió a nosotras ya que estaba un poco más relajada con el trabajo. Como no podía abandonar Cusco sin comer un cuy al horno, fuimos en su búsqueda. Al ser lunes fue un poco complicado pero terminamos en el barrio de San Sebastián (o eso creo) en un lugar recomendado. Más tarde se apuntó a la comida su hermano Bralu. Una amiga me había comentado que el cuy era como un conejo y que no tenía mucha carne. Yo sentía espectación por comer ese animal que en Europa se utiliza como mascota pero que los peruanos adoran tanto como para dibujarlo en la mesa de la última cena. Cuando me trajeron el plato me desagradó, venía el animal entero y cortado por la mitad. Soy bastante carnívora, pero de filetes, eso de ver la cabeza con sus dientes y las patitas con los dedos encorvados.... no podría comerlo. Dejé todos mis sentimientos de Disney a un lado y pensé que sólo era comida, es la cadena trófica al fin y al cabo. Como había que demostrar que lo comí me hice la foto de rigor e intenté clavarle el tenedor: error, el cuy se come con las manos. Así que convertida en un auténtico orco arranqué con mis manos la carne a aquel pequeño animal que tenía por cierto bastante carne. El sabor no sabría con qué compararlo, sencillamente sabe a cuy, es rico y más aún acompañado por una inca-kola fresquita. Su hermano me mostró una curiosidad: en el interior de la cabeza, de no sé muy bien qué hueso, sacó otro que contenía en el interior un pequeño zorrito, en realidad un hueso con forma de zorrito. Según cuentan si lo tomas te aporta inteligencia. Como yo no quería ya más inteligencia no lo comí pero por supuesto lo fotografié.
Ya de noche nos dirigmos a celebrar mi despedida. Yo quería que la noche fuera larga aunque siendo lunes pensaba que aquello no sería posible. Luego descubrí que en Cusco es posible farrear a muerte cualquier día de la semana. Comenzamos comiendo unos anticuchos, que son como los pinchitos pero además de carne también lo hacen con corazón y riñones. Alimentadas, recogimos a Andrés y a su amigo y nos dirigimos al bar de los chicos. Allí estuvimos bebiendo los tragos que Yojhana preparaban y hablando de todo un poco, aunque sin duda la parte más interesante llegó cuando de alguna manera empezamos a hablar de política y los partidarios de Humala se peleaban con los de Alan García... me resultaba tan divertido!! Aunque la política en Perú es bastante triste ya que los políticos son demasiado corruptos y a mí me parecen más empresarios que otra cosa. Nunca podré entender, por mucho que me expliquen, cómo puede ser presidente actual del país uno que lo dejó hace años en la quiebra y se fue a vivir nada menos que a París.
Dejando a un lado a los políticos estafadores, proseguimos en el bar hasta una hora mal recordada por mi mente y nos dirigimos a una discoteca cerca de la plaza de Armas. Lógicamente no había apenas nadie pero nosotros éramos más de diez y llevábamos una juerga tremenda así que no importó. Bailamos hasta caernos, literalmente; y bebimos hasta que las camareras no quisieron servirnos más cerveza. Entonces nos echaron y en un principio no supimos qué hacer pero aprovechamos que los chicos tienen un bar, que volvieron a abrir para seguir bailando. Dejando mi cuerpo moverse al ritmo de la cumbia vi que de pronto alguien abrió la puerta y... era de día!!! Yojhana miró el reloj y eran las 7, teníamos el tiempo justo para que llegase a la oficina a las 7.30. Me despedí de todos sabiendo que aquella había sido y sería una de las mejores noches del viaje. En el taxi dije un hasta luego a Yojhi y me dirigí a su casa.
Sólo me quedaban unas dos horas para tomar mi vuelo a Lima, no merecía la pena acostarme así que me puse a hablar con Nacho y terminé jugando con él, error, el niño tiene 3 años y se acaba de levantar, está lleno de energía; yo no había dormido en las últimas 24 horas y estaba bastante más vieja. Casi muero.
Tras la tortura de canciones, juegos y danzas, me despedí del peque y me dirigí al aeropuerto acompañada por el tío de Yojhi. Allá esperaba Lis que apenas había dormido una hora para ir a despedirme. Estábamos muy cansadas y nos veríamos en Europa en pocos meses así que no fue triste. Lo que sí fue triste es que mi vuelo salió con dos horas de retraso, nos cambiaron tres veces de puerta de embarque y yo ya no podía mantenerme en pie. Finalmente subí al avión abandoné Cusco y me dormí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)