jueves, 20 de mayo de 2010

Kuelap

Eran las cinco de la mañana cuando llegué a la ciudad de Chachapoyas. Como todo estaba solitario y oscuro le pedí al conductor del bus de Cajamarca que me dejase dormir en el interior del mismo, junto a otros pasajeros, hasta que éste saliese y el buen hombre así lo hizo. Ya de día paseé por la tranquila ciudad y llegué al mercado donde desayuné un horrible café ante la atenta mirada de un perro. A continuación hice una mini ruta por las pocas agencias que la plaza ofrecía y terminé contratándola en la última tras comprobar que el precio era el mismo y además me dejaba utilizar internet hasta la salida del bus.

Sabía poco de la cultura Chachapoyas y aún sigo siendo bastante ignorante. Cultura preinca del norte del Perú conocida como "los hombres de las nubes" ya que hacían sus construcciones en lugares elevados de la selva en donde éstas terminaban entremezclándose con las nubes. De ellos se sabe más bien poco porque no han sido muy estudiados. Se conoce que eran estratégicos guerreros conquistados por el imperio inca años antes de la llegada de los españoles, lo cual sirvió para que se aliaran con estos últimos en la lucha contra los hijos del sol. Según cuenta la historia, los chachapoyas fueron respetados y admirados por los españoles, que no traicionaron la alanza establecida, sin embargo la diseminación de la viruela hizo casi desaparecer a este pueblo. Al principio los cuerpos de los difuntos infectados era quemados, pero Hernán Cortés envió una carta a Pizarro en la que le aconsejaba no hacerlo, en su lugar sugería arrojarlos a los ríos favoreciendo así la expansión de la enfermedad que disminuiría sin esfuerzo el número de enemigos a combatir.

Kuelap es una fortaleza que esta cultura construyó en lo alto de una cima, a unos 3000 metros de altura en la selva del norte peruano. Una voz había sentenciado "no puedes abandonar el país sin visitarla, es el Machu Pichu del norte". Es bastante poco conocida a pesar de que su descubrimiento se produjo en el siglo XIX unos 70 años antes que el de Machu Pichu. El nombre de Kuelap significa "lugar frío" (o al menos eso cuentan).

Había leído en una publicación de hace algunos años que para llegar al yacimiento hacía falta una caminata de unos días, dato que me desmintieron enseguida. Sabía que el bus dejaba cerca pero iba preparada para andar cuesta arriba una hora cuando me dijeron que eran tan sólo veinte minutos, que yo creo sinceramente que fueron diez.

Tenía toda la imagen de una fortaleza cristiana medieval, pero pertenecía al medievo de los chachapoya. Nuestro guía, Augusto, que era un verdadero encanto, nos avisó de que no debíamos acercarnos a las llamas ya que una de ellas había pateado a un turista estadounidense días antes. Esa anécdota le sirvió al grupo para darle caña al simpático canadiense que nos acompañaba, ya que era el único representante de Norteamérica.

Los muros tenían unos veinte metros de altura y resultaban realmente inexpugnables. Las puertas eran bastante seguras, de abertura estrecha, daban lugar a un alargado pasillo que se iba estrechando progresivamente, así los enemigos quedaban acorralados mientras los guerreros los aniquilaban desde las alturas. Pasamos junto a la entrada real, pero continuamos nuestra ruta y nos introdujimos por la "puerta de servicio"

La ciudad estaba construida en tres niveles, siendo el tercero de ellos actualmente inaccesible a los turistas y que parecía estar dedicado a construcciones reales. Realmente el yacimiento me resultó un poco abandonado, además de que no existir ninguna indicación de camino o explicación. Realmente se conoce poco de Kuelap. El guía se quejaba de que era muy difícil acceder a información y eso era un gran problema para el desempeño de su trabajo. Se dedican pocos fondos a su estudio y las pocas investigaciones realizadas aún no han sido publicadas, así que la visita resulta interesante pero poco productiva.

En el primer nivel se encontraban unas casas circulares típicas de esta cultura, cuyo tamaño indicaba el número de personas que convivían en su interior. La vegetación de alrededor era alucinante: podían observarse plantas encaramadas en los troncos de los árboles, orquídeas y un extraño tipo de ortigas.

Accedimos al segundo nivel por un pasadizo que se iba estrechando también hacia el fondo. Otra de las estrategias guerreras que tenían era que, a los pocos contrincantes que conseguían llegar a la plataforma superior, los atraían hacia ellos, situados al borde del abismo. La trampa se encontraba en que el espacio destinado a los enemigos era una construcción de madera inestable tapada con paja que, ante el peso de los hombres cedía, precipitándolos al vacío.

Augusto nos había comentado que el interior de los muros estaba lleno de huesos. No se sabe el por qué de este hecho, y si se sabe, aún no se ha publicado. De manera escondida retiró uno de las piedras que formaban el muro. Miramos uno a uno el interior y allí había, apilados, cientos de huesos.

En algunas casas podían observarse unos ladrillos que sobresalían a modo de diseños extraños. Lo que para mí no significaba nada a simple vista consistía en una representación de los ojos del jaguar, uno de los animales sagrados de los Chachapoyas (junto al cóndor y la serpiente) y la triple línea de piernas hacía referencia a los tres mundos: el supramundo de los dioses, la tierra de los vivos y el inframundo de los difuntos.

Entramos en algunas casas que aún conservaban las paredes. En ellas podían observarse las neveras a modo de agujero en la tierra o incluso las piedras para moler el grano.

Había algunas casas que habían sido reconstruidas, con techo de paja incluido. A mí me recordaron a las del poblado galo de Asterix y Obelix. La idea de la reconstrucción fue de Fujimori, que pretendía que la ciudad pudiese visitarse como antaño, sin embargo la gente del lugar se negó rotundamente a que aquello continuase y ahí terminó el proyecto.

En un extremo de la colina se podían observar las pocas construcciones incas que algún día existieron en el lugar. De planta cuadrangular eran fácilmente diferenciables del resto. Había un edificio que se conoce como “el tintero” por su parecido en la forma a este objeto. Está hecho en una piedra blanca diferente al resto de las usadas en el yacimiento. Se sabe que era un templo de adoración al sol, pero no se tiene más información.

Salimos del recinto por la entrada real, observando a ambos lados imágenes talladas en las piedras, que decoraban las paredes haciendo más agradable el paseo a la realeza. Algunas de ellas habían sido robadas y tan sólo quedaban las marcas del cincel en la piedra. Otras habían sido restauradas, pero en un pequeño despiste arqueológico habían sido mal colocadas en la reconstrucción.

La visita me había gustado, sin embargo nunca designaría a este lugar como el “Machu Pichu del norte” porque sinceramente creo que no es comparable. Bello pero incompleto, interesante y enigmático por los secretos que esconde; rodeado de un hermoso paisaje, pero había algo que faltaba.

De vuelta a Chachapoyas paramos a comer en un pequeño restaurante familiar donde por un precio simbólico comimos a modo de casa de abuela. Ya en la ciudad me dirigí a la terminal a tomar el bus de regreso a Chiclayo. Había muchas más cosas por visitar como los sarcófagos de Karajía o la catarata del Gocta, “descubierta” o dada a conocer hace tan sólo tres años y que ostenta el título de tercera más alta del mundo tras el Salto del Ángel en Venezuela y las Cataratas Victoria en la frontera de Zambia y Zimbawe. Quedé con esa desagradable sensación de no poder visitar aquello que sabría que me gustaría. “Otra vez será”, me dije.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Full Máncora

El sol que entraba por la ventana fue mi peor enemigo. Apenas había dormido, tenía la sensación de haber abierto los ojos segundos después de haberlos cerrado. Sin embargo no podía quedarme en la cama, hacía mucho calor, estaba sudando, no quedaba agua mineral y la del grifo era también salada. Así que, todos con caras de zombies, salimos a desayunar a nuestro bar preferido a pesar de la poca simpatía de su camarera.

De allá nos fuimos a la playa donde pasamos un buen rato. El agua estaba calentita, agradable, pero la corriente era muy fuerte. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con las olas, que era bastante grandes, por lo que si no las tomabas bien terminaban volteándote de mala manera. No recuerdo cuánto tiempo permanecí en el agua pero creo que fue bastante y lo disfruté como una enana.

La siguiente parada de nuestro estresado día fue la piscina del hotel, donde nos hicimos colegas del DJ, el speaker y el barman de la discoteca que éste tenía. Allí permanecimos sin hacer nada especial, sólo hablando, remojándonos y tomando chelas. Qué bueno es eso de no hacer nada de vez en cuando.

Comiendo, en el bar de siempre, comprobé que, a pesar de las cantidades industriales de crema factor 60 que me había aplicado, estaba hecha una gamba. Los rayos de sol pseudoecuatorianos son realmente un veneno para mi piel.La tarde fue igual de estresante que la mañana: una supersiesta seguida de un baño en la cocina. Vuelta a comer y de allí a prepararnos para salir.

Esa noche la discoteca andaba mucho más movida, de hecho nos llegaron a poner Xuxa, sí, momento realmente subrrelista encontrarme en una discoteca de un pequeño pueblo costero bailando "es la hora es la hora..." pero me gustó tanto. Un peligro inminente en toda discoteca peruana es la típica pelea de machos debido a un planteamiento alcohólico-machista del tipo "te has acercado demaiado a mi novia, la has rozado, la has mirado...." Ese rollo machista-posesivo que despierta en mi unas naúseas irrefrenables. Obviamente ese día no sería distinto. Tras unos cuantos calentones entre unos manes, al final aquello se convirtió en una caseta de distrito, para lo que no conozcan la Feria de Sevilla traduzco: volaron sillas y botellas. Por suerte estábamos en las antípodas del lugar de los hechos y nuestro barman-colegui no ayudó a salir por la puerta trasera que daba al hotel. Me fastidió bastante tener que irme de allí, pero escuchando el jaleo que después se armó y sobre todo al ver salir corriendo a la gente entendí que el momento en el que Lucho nos dijo que debíamos salir de allí había sido el correcto ya que yo y Chris habríamos seguido bailando felizmente ajenas a todo.

La noche, ya más tranquila, la continuamos en el chiringo de la playa, tan sólo hablando rodeados de cervezas. Terminé rodeada de chicos y como aquí es normal que cada uno invite a una ronda, pues yo invité a alguna y, como anfitriona, serví los vasos. Observaba sus caras mientras una chica les ofrecía un vaso de cerveza pagado por ella, lo aceptaban pero se sentían incómodos. Intenté hacerles ver que aquello era una forma de machismo, que el invitar o no no depende del sexo, sino del bolsillo y las ganas, pero creo que es algo que en Perú les inculcan desde el útero y no seré yo la que les haga cambiar de opinión.

Decidí que no podía marcharme de allí sin hacer algo que siempre había deseado. Era cierto que la noche anterior me había bañado en la playa, pero no había estrellas porque era ya muy tarde y no fue desnuda. Esperé hasta la hora que me pareció adecuada, entonces a las 5.30 empezó a clarear aunque seguían presentes las estrellas. Dejé a los chicos en el chiringo, sorprendidos, y me fui a bañarme a la orilla, tan sólo a unos metros. El agua estaba caliente también. Poco a poco vi como la claridad avanzaba y borraba las estrellas del cielo hasta dejar un extraño color sobre toda Máncora y mi cabeza. Observé y retuve esa imagen en mi memoria, en la lista de imágenes para no olvidar. Fue una experiencia realmente quasireligiosa.

Tras el baño no tenía gran cosa que hacer así que decidir ir a dormir al menos unas horas antes de volver a Chiclayo. Conseguí reposarme unas tres para luego desayunar rápidamente y tomar el bus. Había sido un fin de semana corto pero muy intenso. Creo que todos nos quedamos con esa sensación de buena experiencia pasada y entonces entení por qué Christie me había hablado tantas veces de Máncora en Francia: no me había ido aún y ya quería volver.

El viaje de regreso fue una auténtica pesadilla. "No me caben las piernas" pensé cuando me situé en mi asiento, entonces el de delante reclinó el suyo.... giré mi cabeza y miré a Jesús con cara de desesperación, quien respondió con una gran carcajada. Los comentarios sobre las canciones y el cutre-bus me ayudaron a superar la primera parte del camino, pero luego todos dormían, yo no encontraba la postura y aquello se volvió realmente desesperante. Afortunadamente el bus hizo una parada en un bar en medio de la nada y pude estirar las piernas e ir al baño detrás de unos matorrales. Horas más tarde por fin llegamos a Chiclayo y pudimos reposarnos, nos hacía falta.

domingo, 16 de mayo de 2010

Zorritos, Punta Sal y Máncora

Creía que la pared se me caería encima cuando oí el ruido de las obras. Tras el susto, una ducha con agua fría y salada, un paseo por la playa y unos huevos fritos como desayuno. Después, una pequeña caminata en busca del colectivo para ir a Zorritos, un pueblo pesquero situado a unos cuarenta kilómetros de Máncora. Pregunté a una señora que me dijo que el paradero se encontraba "ahí no más", el mismo dato impreciso que siempre, "¿eso serán 100 ó 1000m?" pensé. Como caminaba y no encontraba el lugar volvía a preguntar y la respuesta era siempre la misma "ahí no más, señorita". Fuí andando de ahí no más en ahí no más, hasta que llegué a una plaza situada a la salida del pueblo donde se encontraban los paraderos. Según yo, la indicación adecuada hubiese sido: "atraviesa todo el pueblo y cuando vayas a salir hay justo una plaza, ahí no más".

Zorritos es un pequeño pueblo pesquero que me desilusionó un poco. Fue mi culpa no cambiar mi concepto de pueblo pesquero. Esperaba pequeñas casas de pescadores, con su pequeño puerto lleno de barcos, sus señores con las redes... sin embargo ese concepto no era aplicable aquí. Era un lugar algo abandonado y no había puerto, sino algunas barcas en ciertos lugares de la playa. Tranquilo para pasear y sacar alguna foto pero sin gran interés turístico. Me bañé tranquilamente en la playa y descubrí que la corriente era muy fuerte, así que me quedé en la orillita para evitar terminar en Guayaquil.

Relajada tras el baño busqué un lugar para comer un rico pescado frito. Mientras lo degustaba tuve una conversación totalmente subrrealista con la madre de la cocinera que sufría alzheimer. Me cayó muy simpática, así que le seguí la conversación que ella y respondía a sus extrañas preguntas. Cuando me despedí me dijo estaría allí esperándome...

Mi siguiente parada fue en Punta Sal, una playa turística pero muy tranquila en temporada baja. Me entretuve caminando, mirando el horizonte e intentando hacer fotos artísticas con pésimos resultados. Me antojé de un helado así que me dirigí al único bar que se encontraba abierto y me compré uno de mis preferidos: un maxibom (aunque el nombre era distinto). Hacía tiempo que no comía helado, al menos que recordara, así que lo degusté poco a poco, disfrutando profundamente el momento. Mientras lo comía observaba a unos niños jugar, sólo veía sus sombras ya que estaban a contra luz; parecían las sombras de los niños perdidos que se habían escapado de Nunca Jamás y allí, en el agua delo Pacífico, brincaban y jugaban, tal y como dice Galeano "como juega el niño sin saber que juega". Cerré mis ojos con el rostro al sol y todo era oscuro pero claro, tranquilidad, alguna risa, las olas, las gaviotas...... ¡¡mierda agua!! Una ola impertinente había osado llegar hasta mí, rápidamente me levanté a recoger mi cámara y demás pertenencias no pudiendo evitar que mis pechos escaparan del bikini mientras mis manos estaban llenas de cosas. Corrí hacia la arena seca, como si de una amazona se tratase y allí me recompuse. No permanecí mucho más tiempo allí porque Chris debía llegar pronto con los chicos. En el colectivo iban dos señoras haciendo una especie de encaje. Como me resultó curioso les pregunté y me explicaron que era algo realmente complicado. Ellas iban concentradas en su tarea y el conductor, que me vio muy gringa, cambió la música, quitó cumbia y puso Aerosmith, bueno, también me gusta.

Ya me encontraba en el hotel a la hora acordada así que podía reajarme. Para hacer tiempo me metí en la piscina y me puse a nadar. Me encanta nadar, me fascina, me relaja y me alegra. Hacía muchísimo tiempo que no nadaba y fue un verdadero placer: el agua estaba caliente, había música y sólo un maldito mosquito que osó picarme en la punta dela nariz rompió el encanto del momento.

Algo tarde llegaron Chris, Alonso y Jesús y por fin nos fuimos a cenar. Teníamos muchas ganas de marcha, al menos yo. El hotel tenía una discoteca así que allá fuimos. Me sorprendió que había poca gente, luego descubrimo que ese día era "noche de ambiente" y sólo había gays, pero muy pocos. A pesar del ambiente nos integramos y lo pasamos en grande imitando a una loca que bailaba como Locomía. De allí fuimos a los chiringuitos de la playa, que era donde se concentraban los turistas. Perdimos la noción del tiempo jugando y hablando. Ya cansados volvimos a dormir, aunque aún faltaban dos amigos en el grupo.

Estábamos casi dormidos cuando el móvil sonó, habían llegado, y como yo era la que estaba más espabilada bajé a bucarlos, aunque no los conocía. Esperé tumbada en una hamaca y cuando vi pasar a un par de chicos les pregunté si eran los amigos de Christie. No me respondieron así que pensé que no eran ellos pero cuando el de recepción me dijo que los chicos que esperaba ya habían llegado pensé que eran unos saboríos por no contestar.

Cuando volví a la habitación se lo dije y los muy pavos ni se habían enterado de que les hablé. Tenían ganas de salir, así que volvimos a vestirnos y regresamos al chiringo de la playa, donde la marcha continuaba. Después estuvimos en la playa chupiteando una botella de ron. Al final nos animamos e hicimos algo que nunca había hecho y siempre quise hacer: bañarme en la playa de noche, aunque ya era casi de día. Tras el baño nos fuimos a dormir cuando la habitación se encontraba ya iluminada.

De Chiclayo a Máncora

Dediqué toda la mañana a cargar fotos e informarme sobre unidades docentes de Barcelona. El día de la elección de plaza mir se acercaba y yo había obviado el tema durante dos meses. Ahora era ya el momento de ver qué podía hacer. Aún quedaban plazas en Sevilla pero necesitaba un plan B.

Mientras me encontraba en el ordenador escuchaba los cds de cumbia que Belén, la mamá de Yojhi me había regalado. Yo tarareaba y culeaba delante del ordenador ante la sorprendida mirada de Mili, la señorita que trabaja en casa de Christie que por cierto cocina bien rico. El día anterior había hecho un espesado, que es un plato típico de la región, sabrsísimo y ese día comí espaguetis a la boloñesa con una peculiaridad: ¡ iban acompañados de arroz! Chris me explicó que allí todo se acompañaba con arroz en el plato, incluso la pasta.

Ya en la tarde cuando ella volvió del básket nos fuimos en coche a recoger a Alonso y de allí a Monsefú. Es otra pequeña localidad situada no muy lejos de Chiclayo donde es muy conocida la artesanía. Me gustó sin encantarme y no compré nada de artesanía. Ésta era principalmente del tipo de canastos y cestas de mimbre, no creí que nada pudiese llegar con vida. Descubrí sorprendida la versión peruana de la flamenquita de encima de la tele, de hecho el traje se parecía bastante ya que consistía más bien en una evolución de los trajes que los españoles trajeron aquí. La señora no perdió la ocasión e intentó vendérmela pero decliné su oferta.

De regreso a la ciudad me compré un billete de autobús para salir hacia Máncora esa misma noche, así que volvimos rápidamente a preparar mis maletas y cenar. Justo antes de salir conocí a unas amigas de la mamá de Christie, ellas empezaron a preguntarme cosas sobre España y cuando dije que era de Sevilla una de ellas dijo exaltada "mi hija está en San José de la Rinconada", me hizo gracia la coincidencia.

El papá de Chris me llevó a la terminal de buses y allí empezó mi pesadilla. Los asientos eran bastante incómodos, no me cabían las piernas, la chica del asiento de al lado me bloqueaba todo posible movimiento, sin contar con la música a todo volumen que ni siquiera mis tapones de oído conseguían aplacar. Además, cuando conseguía quedarme entre dormida, llegábamos a un pueblo y el conductor empezaba a gritar.

Finalmente llegué dolorida a Mácora, allí los conductores de lo motocarros estaban dormidos, uno que se despertó aceptó llevarme hasta el hotel pero me pedía mucho: 3 soles por un recorrido de unos cinco minutos, cuando llegamos disctimos y sólo le di 2. El hotel se llamaba"sol y mar" y tenía muy buena pinta: en un patio central se localizaba una piscina con hamacas, zona de relax, bar y una mesa de ping-pong. Alredededor se encontraban las habitaciones. Esa noche me metí en la habitación "Langosta" y luché para quedarme dormida mientras una música tipo "rave" venía desde la playa.

sábado, 15 de mayo de 2010

Ferreñafe, Sicán y Bosque de Pómac

A pesar de que no había tenido una mala experiencia con el tour del día anterior, preferí hacer la ruta de este día a solas. Supuse que con mucha gente a mi alrededor no podría disfrutar de la tranquilidad del bosque igual que en soledad y también podría elegir dónde comer.

Llegué temprano al paradero de Ferreñafe en Chiclayo. Desde allí salí en colectivo y tras unos 20 minutos me encontraba en ese pueblo. Me lo habían descrito como un lugar con encanto y en la guía recomendaban visitarlo no sólo por su museo. Para mí no resultó un lugar de gran interés. Pueblo de casas descoloridas, edificios descuidados, plaza con su obligada iglesia... encantador pero no imprescindible. Pasée ante la atenta mirada de sus sorprendidos habitantes y una vez que di por concluído el paseo, tomé un motocarro hacia el museo del señor de Sicán.

Incomprensiblemente en el museo no tenían cambio, esos son los pequeños detalles que no me gustan de Perú, aunque siempre hay alguien simpático que se ofrece para ir a cambiar mientras visitas el museo, ineficacia subsanada por la calidez humana.

El señor de Sicán fue encontrado en una Huaca, la del Loro, situada cerca del bosque de Pómac, a tan sólo unos kilómetros de Ferreñafe. Estaba también rodeado de sus enseres y lo acompañaban dos mujeres. El enterramiento y lo encontrado en él eran menos majestuosos que los del Señor de Sipán, sin embargo a mí me encantó la reconstrucción de la tumba. Dado que ellos creían en una nueva vida tras la muerte, habían colocado al señor en posición fetal y bocabajo, totalmente en presentación cefálica, genial. Luego leí que para conseguirlo debían luxar las articulaciones del difunto, con lo que llegaba a la nueva vida un poco defectuoso.

El museo no era muy grande. En él sólo se exponía la reconstrucción de dos tumbas y tras ellas había una zona dedicada a la orfebrería, metalurgia y minería. Estaba muy bien diseñado ya que había paneles explicativos en dos idiomas a lo largo de todo el recorrido. Así pude leer en qué consistían el fenómeno del niño y el de la niña; cuáles eran las técnicas utilizadas en las diferentes expresiones artísticas del pueblo mochica y cómo y para qué vivían. Pude ir tranquila, a mi ritmo, en la visita del museo, y lo disfruté. Sin embargo creo que es mejor visitar éste antes que el de Tumbas Reales ya que, a pesar de resultar bastante interesante, queda eclipsado por la grandeza del anterior.

Volví al pueblo y allá tomé un coletivo hasta el Bosque de Pómac. Más que un bosque consistía en una sabana. El calor era asfixiante y el sonido de la chicharra lo hacía aún más intenso para mi percepción. Entré en el centro de visitantes para que me informaran de la ruta. Lo que Christie me había dicho que tardaría a pie unas dos horas a lo sumo se convertía en el doble según el guía. Durante unos instantes vacilé. No sabía si lo que intentaban era venderme el motocarro o realmente la distancia era tan importante. Miré el mapa, calculé y entonces pensé que, a pesar de que no estuviera tan lejos, con aquel calor y sola era algo arriesgado hacer el camino a pie. Finalmente acepté ir en motocarro.

Si hubiese sabido que había tan poca sombra y que la temperatura llegaría a esos niveles habría empezado mi ruta a las 6 de la mañana.

Salí en motocarro por un camino de tierra y piedra. Intentaba hacer fotos en aquel ajetreado vehículo, cuyo ruido seguro que espantaba a todos los pájaros que yo buscaba. A ambos lados los árboles parecían estar secos, pero conservaban el verde de sus hojas. En poco tiempo llegamos al famoso "árbol milenario" que en realidad tiene unos 500 años. Se trata de un enorme algarrobo de tronco retorcido a modo fantástico y que, a pesar de haber sido tumbado por una tormenta, sigue vivo, acostado sobre un lado, como si esperara tumbado en su cansancio centenario la visita de los curiosos turistas.

Caminamos en busca de algún pájaro, pero no aparecía ninguno, como era de imaginar con aquella insolación. Continué el camino en motocarro y entonces comprendí que para visitar el árbol bastaba con una caminata, pero para llegar al mirador era necesario desplazarse en carro o salir muy temprano. La distancia era de kilómetros por un camino de tierra árido que me recordaba a un documental de algún lugar perdido en África, de hecho daba la impresión que en cualquier momento, de entre la maleza, saldría un león a la captura de su presa: turista rubia blanca.

Tras minutos de saltos y calor el motocarro se paró fente a un cerro. A mitad de éste había un sombrajo: el mirador. Elevé la vista y pensé en lo horrible que sería la subida por la árida ladera hasta allí. Sin embargo, había recorrido kilómetros para disfrutar del paisaje, no era hora de echarse hacia atrás. Con mi gorro de gringa y gafas de sol me animé a subir. El ascenso no fue tan malo como esperaba aunque el calor era bastante intenso. El esfuerzo mereció la pena. Desde allí arriba se podía observar todo el bosque con las montañas al fondo. Realmente la imagen mi cerebro la reconocía más como África que como América.

El calor empezaba a hacerse agobiante y el chico del motocarro me dijo que podíamos pasarnos por el río, idea que me agradó. Dejamos el vehículo en el camino junto a una iguana grandota y tras un breve paseo llegamos al "Río de la Leche", que recibe esta denominación por el color blanquecino que toma a veces, aunque no logro recordar cuál era el componente causante de tal cambio. Al principio metí sólo los pies, pero me apetecía zambullirme a pesar de la poca profundidad. El guía no se cortó un pelo y se bañó en ropa interior, así que, sin darle mayor importancia lo imité. Mientras me relajaba en el agua, él se aproximó y entonces intentó meterme mano. Yo me quedé sorprendida de que un guía oficial osara a hacer eso, así que directamente le dije que no se atreviese a tocarme y que no se pasase un pelo. Salí, me sequé y volví al carro, mientras él intentaba convencerme de que volviera al agua e intentaba restarle importancia. Tenía tanta rabia encima que tenía ganas de pegarle. Le dije que el recorrido se había acabado y que tenía que llevarme al lugar acordado, así que, ante mi imposición autoriataria no le quedó otro remedio que acercarme al pequeño pueblo donde tomaría el colectivo para mi siguiente destino.

Una vez relajada, en el pueblo, llamé a Christie y le conté lo ocurrido; ella, sorprendida me dijo que encontraría a alguien para ir a buscarme. La idea al principio era que yo fuera sola al museo y cuando volviese a comer ella se uniese para regresar en el coche a continuar la visita, sin embargo se hizo tarde y tuve que improvisar.

De allí me fui a Túcume, otro pequeño pueblo donde hay más restos arqueológicos. Como era un poco tarde no encontré ningún bar donde pudiese comer. Me resultaba extraño porque estaban abiertos pero ya no servían comida. Mi única solución fue ir a una panadería y comprar unos bollos para calmar el hambre.

Pregunté cómo llegar hasta el recinto arqueológico y me dijeron que se encontraba a unos 10 minutos, justo a la salida del pueblo, que podía ir a pie. Empecé a caminar, pasé junto a un montículo, dudé si era una huaca, por lo que lo rodeé descubriendo solamente toros, perros y pajarracos negros. Continué caminando, salí del pueblo, atravesé cultivos de arroz, entonces me detuve. A lo lejos podía apreciar el yacimiento, que se encontraba bastante más lejos de lo que me había indicado, sin embargo no me importaba. El sol descendía proyectando una tenue luz sobre los campos verdes, era precioso, aquella imagen en la que las libélulas me rodeaban agitando sus brillantes alas.

No me importó caminar unos veinte minutos hasta el yacimiento, sin embargo al llegar allí mi sorpresa fue que éste se encontraba cerrado. Tanto los horarios de la Lonely como los que me habían dicho los guías eran incorrectos. Conversé con los seguratas y les mostré mi indignación por la poca información, ellos, viendo que podían sacar beneficio de aquello, me dijeron que podía entrar a mitad de precio. Yo no tenía suelto (o sencillo), así que al final entré gratis. Comencé la ruta siguiendo las flechas del camino acompañada por un perro punky. Aquello era un auténtico desierto, todo tierra, con algún tímido matorral y el cielo anaranjado del atardecer. Entré en unas excavaciones abiertas y cuando salí por otra entrada descubrí un cartel: "Prohibido el paso", ups, menos mal que nadie me vió.
La Huaca Larga era la más grande que yo había visto hasta el momento, dudé si debería subir estando sola, entonces me acerqué y descubrí que habían construído unas escaleras para hacer más fácil la ascención. Subí tranquilamente parando a cada momento para contemplar el paisaje: seco por aquí, verde por acá y montañoso por allá. El color naranja lo invadía todo y me recordaba imágenes de la sabana africana, del desierto norteamericano: muy bello. En lo alto de la huaca me senté mirando al horizonte, dejé sencillamante correr el tiempo, sin pensar en nada, sólo estando allí tranquila.

A mi vuelta al centro de visitantes descubrí unos altos columpios, así que me entretuve balanceándome como una pequeña hasta que los zancudos me echaron de allí. Salí y Christie me esperaba con Alonso. Volvimos a Chiclayo, durante el trayecto yo les contaba mis aventuras como si de una niña vuelta de una excursión se tratase. Ya de vuelta en la ciudad fuimos al mercado central, donde comprobé que las maletas y mochilas eran más caras aquí que en España (como pasa también con ropa, zapatos o incluso con el desodorante). Decidí no comprar nada pero ya que estábamos allí degustamos una bebida llamada "champú" y unos dulces parecido a los picarones. Algo difícil para mí describirlo porque no se parecía a algo que hubiese comido antes, pero estaba bueno.

El día había sido muy largo, con aventuras y desventuras. Tenía ganas de volver a casa y relajarme. Lo haría pero antes tenía un último reto. Tras dejar a Alonso en su casa fui yo quien condujo. No fue tan grave como yo pensaba debido a que consistió en un pequeño trayecto. En Perú no se puede conducir con mentalidad europea, en Chiclayo no existen los semáforos, ceda el paso o stop (o hay tan pocos que ni los vi). Debes meter el morro del coche y colarte como puedas, algo que acabaría con mi pacencia si tuviese que hacerlo todo los días pero que al tratarse sólo de unos minutos me resultó divertido. Ya había conducido en Perú, tras esto podía dormir tranquila.

viernes, 14 de mayo de 2010

El Señor de Sipán

Antes de viajar a Perú había leído cuanto había caído en mis manos. Descubrí, sorprendida, que no hace mucho habían encontrado, en el interior de lo que hasta entonces parecían simple cerros, unas pirámides truncas que consistían en centros religiosos. Dentro se superponían diferentes capas de enterramientos de los jefes de esta cultura:la mochica. Algo bastante parecido a lo que hacían los antiguos egipcios. En la revista venía una recreación de cómo se había encontrado todo y me fascinó. Hoy era el día en que visitaría esa fascinante tumba.

Me recogieron justo en casa de Christie y salimos en dirección a la Huaca Rajada, lugar donde se encontraron las tumbas de los señores de Sipán. Por el camino atravesamos campos sembrados de caña de azúcar, algunos de un verde intenso y otros negros, ya que los queman para poder recoger mejor el azúcar que se encuentra en el interior de la caña.

La huaca estaba en medio de la nada, también llamada desierto. El sol lanzaba rayos demoníacos sobre nosotros y el calor era bastante insoportable. Afortunadamente había un "museo de sitio" que visitamos en primer lugar. Para mí fue una nueva etapa ya que pasé de ver restos históricos principalmente incas a los mochica. Éstos existieron siglos antes de que los hijos del sol llegaran a estas tierras. No fueron conquistados por nadie, sencillamente desaparecieron, al parecer por las condiciones tan adversas que presenta aquí el clima. En el museo se encontraban objetos que habían aparecido e las diferentes excavaciones, muy variados, desde cerámicas hasta grandes collares reaizados con conchas marinas, aunque era bastante pequeño. Hay otros museos que contienen más hallazgos, sin olvidar el expolio sufrido por los huaqueros durante años (ladrones de tumbas que vendieron la mayoría de los tesoros que se encontraban en el interior de las huacas a colecciones privadas y otro tanto lo destrozaron en su perforación). Afortunadamente, la arena del desierto había cubierto estas construccione simulando pequeñas cimas que nunca despertaron el interés de los colonizadores españoles.

Tras el museo pasamos junto a la Huaca Rajada, que aún está en excavación, porque, como poco a poco fui comprabando, se dedica muy poco dinero a la arqueología o, como dicen la mayoría de los guías, todo el dinero destinado al turismo por el INC (instituto nacional de cultura) va a Cusco.

A los pies de ésta se encontraban múltiples techos de lugares en excavación. El sol nos quemaba, un búho cantaba y la guía nos dirigió hasta uno de los grandes techos. Allá, en las profundas excavaciones se habían reconstruído las tumbas, tal y como fueron encontradas. Las piezas originales se encuentran en el museo de Tumbas Reales de Lambayeque, pero la reconstrucción se agradece porque le da encanto al enterramiento original. Estos señores que fueron encontrados aquí eran mandatarios reales de gran importancia. El primero de ellos fue encontrado en 1987. Cuando descubrieron la tumba se sorprendieron ya que no sólo estaba su cuerpo con todas las pertenencias que tuvo en vida: vestidos, collares, orejeras, narigueras, coronas... además de recipientes con comida. Su cuerpo estaba acompañado por el de su mujer, dos concubinas, un soldado, un niño, una yama, un perro y un guardián; si mal no recuerdo. Ellos creían que tras esta vida había otra y por ello lo enterraban con todas sus pertenencias, para que siguiese siendo un personaje relevante. Todos sus allegados debían acompañarlo, por lo que eran sacrificados y enterrados junto a él. Es realmente impresionante cuando observas aquello y te lo explican. Te das cuenta de las grandes sociedades que existieron hace cientos años y que yo había ignorado toda mi vida. En realidad quedan muchas cosas por conocer de los mochica.

El más conocido es el primer señor, lo cual no implica que no se hayan encontrado más. Creo recordar que están excavando actualmente la tumba número trece. Las pruebas de ADN han mostrado que los cuerpo de los señores hallados eran familiares. Así, el conocido como "el viejo señor de Sipán", que presenta una tumba bastante menos osentosa que la primera encontrada, se trata del bisabuelo del "señor de Sipán".

A pesar del calor asfixiante estaba muy contenta de conocer aquello, además la guía le ponía tanto entusiasmo que hacía que durante explicación olvidases el calor y todo lo demás. Aunque estaba disfrutando mucho con la visita me alegré cuando volvimos al microbús. Nos dirigimos al museo Bruning. Él fue un alemán que vino a trabajar de ingeniero y que poco a poco se fue enamorando de este país y supo valorar y dar a conocer aquello que los autóconos no habían sabido apreciar. En su museo se encontraban múltiples piezas de las culturas mochica, chimú y Lambayeque. Mi mente empezaba a mezclar las culturas y yo comencé a disfrutar con el juego de comparalas y estudiarlas. Pensé que algún día debía estudiar antropología porque estaba empezando a apasionarme esto de las diferentes agrupaciones humanas y sus expresiones culturales, políticas, religiosas... No llegaba a conocerlas todas bien, sólo conseguía diferenciar su cerámica, "esto debe ser mochica tardío, esto chimú" pensaba cuando las veía y después miraba el cartel, a modo de estúpido autoexamen.

Nos llevaron a comer a Lambayeque y lo primero que pedimos fue una chicha morada helada. Después comí cebiche, aunque no fue el mejor que he probado, me sentó muy bien.

La última visita fue al museo de Tumbas Reales. Fue una verdadera pena que no se pudieran hacer fotos, porque sólo el edificio era ya alucinante. Estaba muy bien organizado y la guía nos daba detalles de cada pieza. Yo, cada vez que nos aproximábamos a una sala, buscaba con la mirada al señor se Sipán. Sala tras sala fuimos viendo todos los tesoros que se encontraron en las tumbas. Realmente aquello debía haber sido maravilloso, teniendo en cuenta que muchos fueron expoliados o sencillamente se perdieron. Los que se exponen fueron enviados a Münich para su restauración. Actualmente ya se restauran en Perú. ¿Quién iba a decirle al señor de Sipán que algún día volaría? Cuando lo vi me quedé sorprendida, estaba bastante mal conservado (normal, había pasado mucho tiempo) y era muy pequeño. Se sabe que murió bastante joven pero se desconoce la causa de la muerte. El museo mostraba también reconstrucciones de los señores, ataviados con todos sus enseres. La última parte era una reconstrucción de toda esa cultura que una antropóloga había hecho. Era curioso porque eran maniquíes con movimiento cuyos rostros habían sido elaborados utilizando como patrón el de autóctonos del pueblo. Cuando lo pusieron en movimiento me encantó, es lo típico que adoran las visitas escolares, pero a mí me pareció tan conseguido que quedé boquiabierta como una colegiala: los músicos se llevaban la caracola a la boca y sus mejillas se inflaban, los sirventes abanicaban, los soldados marchaban, hasta el perro movía el rabo!!! Alguno de los presentes se asutó con alguna trompeta inesperada lo cual hizo que el resto disfrutase aun más. Yo además me alegré de comprobar que había mucho mucho oro que los españoles no se habían llevado.

De vuelta a casa cené con Chris y me dijo que no podría venir al cine como habíamos planeado el día anterior con su tío Alberto. A mí me dio un poco de vergüenza ir sola con él pero como ya me había comprometido me parecía bastante informal echarme atrás en el último momento, así que fui. Él me recogió justo en el domicilio y entramos en una película que Christie me había recomendado. Se trataba de una comedia romántica titulada algo aí como "La novia de mi mejor amigo", tenía un guión realmente alucinante en el sentido de ser muy brusco y conseguir rápidamente la carcajada, sin necesidad de hacer un humor fácil todo el tiempo. No ganaría ningún Óscar pero me hizo reír durante unas dos horas.

Chiclayo

Cuando vi pasar a Chris con su papá en el coche junto a la estación me descubrí sonriendo. ¡¡La muy empollona iba estudiando!! Me acerqué mientras ella seguía introducida en el mundo de la pediatría. Desde el otro lado de la ventana del carro la observé mientras ella ni se inmutaba. Sólo unos segundos después grité "¡cariiiiiiiiñoooooo!" y su cabeza giró rápidamente hacia mí mostrando una enorme sonrisa en su rostro.

En su casa conocí finalmente a su mamá, con la que a veces Chris me comparaba en Francia. Sus hermanitos, que a menudo veía por la cámara durante nuestras conversciones de Skype, ya habían salido a la escuela. Ella me había preparado un superjugo de papaya, qué rico. Poco después tuvo que salir al hospital pero José, también conocido como Pepe (pero que realmente se llama Armando), vendría a recogerme en poco tiempo. Es un taxista de confianza de la mamá de Chris. Ya me avisaron que no era muy seguro parar cualquier taxi en Chiclayo y que aquí los motocarros son conducidos casi en su totalidad por delincuentes, lo cual no es ningún aliciente para demandar sus servicios.

José me llevó a la plaza de Armas y allí, al bajar, me dirigí a ver varias agencias. Christie me había hablado de un tour para visitar la tumba del Señor de Sipán y su museo, ya que se encuentran en lugares bastante alejados. No sabía de qué agencia me había hablado así que la llamé y decidió pasarse y así contratarlo juntas. Desde el centro fuimos callejeando. Era tan extraño estar allá, las dos juntas de nuevo, hablando como si no hubiese pasado el tiempo...

En pocos minutos me enseñó lo más llamativo de la ciudad. Paseamos por el parque mientras nos poníamos al día sobre cotilleos que quedaron en el tintero en nuestras conversaciones transatlánticas. Decidimos ir a ver el paseo de las musas en otro momento. Regresamos a por nuestro bikinis y partimos a Pimentel, una pequeña localidad a unos 20 minutos de la ciudad donde hay playa.

Aunque el viaje en combi fue algo desagradable, estábamos contentas, muy contentas, estábamos felicisisisisisisisisisisisisimas.

La playa tenía la arena algo oscura, pero de ella salía hacia el mar un antiguo embarcadero de hierro oxidado y madera resquebrajada realmente hermoso. Es el lugar que toda película romántica de playa necesita. Viejo pero encantador, en cierto sentido ese embarcadero me robó un poquito el alma.

Tranquilamente paseamos por la arena. Descubrí que había muchos agujeritos en ella que en un principio no supe en qué consistían. Sorprendida vi, como con cada uno de mis pasos, algo se movía en el suelo. Eran muchos cangrejitos, de un color similar al de la arena, que corrían rápidamente a meterse en un agujerito cuando pasábamos a su lado. Me hizo mucha gracia y salí corriendo gritando "¡cangrejitoooooo!", riéndome porque delante de mis pies miles de patitas llevaban los redondos cuerpos hacia sus "madrigueras".

Al final de la playa pude conocer los famosos "caballitos de Totora", una embarcación construída de la famosa planta y que se utiliza desde tiempo de los mochica. Es un barquito que a mí me parecía como si estuviese cortado a la mitad, ya que la zona de la proa termina en un pico elevado pero la popa consiste un corte brusco. El pescador se sitúa en la parte delantera mientras que el pescado lo va almacenando en el hueco que existe en la parte posterior de la embarcación.

El agua estaba muy fría como para bañarme. Ya había nadado en el Pacífico, pero seguía con la intención de repetirlo hasta que me metí y una ola helada reventó en mi pierna. Quedé como un perrito en la orilla, mojándome sólo las patas y saltando de alegría, intentando salpicar a Christie.

Volvimos a comer a su casa. Ella partió de nuevo a clases y yo quedé durmiendo, hasta que su pequeña hermana entró en la habitación y se quedó mirándome con cara de "¿qué es esto?" Pude tener una conversación bastante interesante sobre el machismo y otras cosas que me habían llamado la atención con su mamá. Ella es fiscal de familia, o algo así, y lleva muchos casos de violencia de género.

Cuando Chris volvió nos fuimos con su tío (que en realidad no es sino un conocido de la familia). Íbamos a ayudarlo a hacer la compra ya que se estaba divorciando y no sabía mucho al respecto. Ella le enseño algunas cosas. Yo iba más bien mirando todo en general y comparando con lo que ya conocía. Para mí, a pesar de tratarse de un simple supermercado, no dejaba de ser una nueva experiencia. Él, en agradecimiento, nos invitó a cenar.

Cuando