Las mañanas que me quedaban las dediqué a pasearme por la avenida de la Marina donde se suceden los mercados de artesanías y los almaneces de venta al por mayor. No es tan turístico como los de Cusco pero sí un buen lugar para adquirir regalos de todo tipo a buen precio. El mecanismo es el mismo que siempre: mientras paseas los vendedores te invitan a pasar "pase señorita, pase" y cuando lo haces te recitan todos los productos que contiene la tienda "tenemos chullos, guantes, camisetitas, gorras, cerámicas..."
Los mediodías los aproveché para comer en lugares recomendados. Uno de los días volví a encontrarme con Lucía y Andrés. Fuimos a comer al Tarwi, el resturante del tío de Andrés en el barrio de Jesús María y donde degustamos buena comida de la sierra de la zona de Huaraz, acompañada de una rica chicha.
La idea inicial era, tras una buena comida, comprar un tour para visitar el cementerio de Lima, situado a las afueras de la ciudad y plagado de mausoleos y leyendas. Sin embargo no pudimos visitarlo. Decidimos entonces tomar un café. Andrés nos recomendó una cafetería donde no sólo el café estaba muy bueno sino que ponían unos pasteles exquisitos. Se trataba de un pijo lugar en el elitista barrio de San Isidro. En su interior, las señoras pijas con peinados de peluquería y perlas degustaban sus cafés simulando ser muy europeas. De hecho comimos unos buenísimos pasteles a precios europeos.
Tras nuestra maravillosa merienda nos fuimos a algunas librerías en busca de libros y disfrutamos leyendo y curioseando. Fue una tarde que pasó volando y que recuerdo con mucho cariño, fue buena, muy entretenida. Una tarde con amigos de toda la vida aunque los había conocido tan sólo un mes atrás.
El día siguiente, además de a comprar algún regalo más, lo dediqué a un plan que había tramado con Nélida desde febrero: comer hasta no poder más en un buffet del barrio chino de Lima. Allí nos reunimos ella, los hermanos de Carmen y yo. Es curioso cómo los chinos adaptan la comida en cada lugar, de modo que encontré incluso Cebiche en este restaurante. Comimos hasta que el cuerpo no pudo más, entonces volvimos a la casa a echarnos un rato y cuando me levanté había pasado ya horas. Sólo podía moverme para jugar con el perro, mi cuerpo estaba repleto de comida.
viernes, 28 de mayo de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
De vuelta a Lima
Lo primero que hice al llegar a Lima fue llamar a la unidad docente de Barcelona, para presentarme. Recibí la mala noticia de que, en menos de una semana, debía estar en esta ciudad para la presentación. Yo había calculado unos diez días de reposo en Sevilla, pero no sería así. Tendría que improvisar y comprar un vuelo lo antes posible para no perderme nada.
Tomé un taxi hasta casa d Nélida, la mamá de Carmen. Allí desayuné con sus hermanos y luego decidí ir al museo de la Nación, a modo de repaso final de todas las culturas del Perú, ya que allí las encontraría todas.
Volví a respirar el aire contaminado de Lima, volví a sufrir con su tráfico y a esperar impaciente mi llegada a la otra punta de aquella enorme ciudad. Una hora más tarde me bajaba del bus ante aquel enorme edificio de hormigón. Muy gris y frío en su exterior tenía un atractivo interior a pesar de la oscuridad de sus paredes, quizás era el juego de luz lo que conseguía hacerlo bello.
Para mi sorpresa el museo se hallaba cerrado por trabajos de conservación. Habría sido un buen colofón final, pero no pudo ser. Lo único que pude visitar fueron unas salas de exposición temporal. En las primeras había pura artesanía. En una de ellas explicaban el origen de los toritos de cerámica que pueden encontrarse en el techo de muchas casas, atrayendo la buena suerte. Había toros hechos de todos los tamaños, en diferentes lugares y con diferentes diseños.
Otra exposición, unas plantas más arriba, hablaba de los años oscuros del terrorismo en Perú. Sendero Luminoso era un grupo guerrillero que surgió en la zona de la sierra peruana. Era un grupo armado de extrema izquierda. Su líder, Abimael Guzmán (actualmente en prisión) era profesor de filosofía en la universidad, con inclinación lenilista-maoista. No me quedó muy claro cuál era la reivindicación última del grupo terrorista sólo cual fue su repercusión en la sociedad.
Sobre los años sesenta empezó a formarse y poco a poco se fue extendiendo y radicalizando, de modo que en los años 80 se empiezan a reunir en Ayacucho para organizarse e incluso instruirse militarmente. Difunden su mensaje entre los campesinos quienes, descontentos con toda política central se unen a ellos aún sin llegar, en muchos casos, a comprender o respaldar la mentalidad inicial. Con atentados contra políticos, cárceles, periodistas y algunas fuentes de poder empiezan a sembrar el terror a lo largo del país. Los primeros gobiernos no eran muy conscientes del verdadero peligro que suponía hasta que sus matanzas empiezan a ser cada vez más frecuentes y sangrientas, momento en el cual las fuerzas policiales empiezan a combatirlos. Se abre así un período de desapariciones aleatorias de personas por "presunta colaboración terrorista". Los más afectados, la gente de a pie, que por un lado vive aterrorizada por los guerrilleros y por otro teme las acciones policiales poco rigurosas. Ese miedo produce la emigración de miles de personas hacia otras ciudades, principalemnet Lima. Allí los recién llegados son despreciados, por su condición de campesinos y ante el temor de su posible relación con los terroristas. Otros muchos consiguen huir del país hacia lugaresmás lejanos como España donde creo que la suerte que corrieron no fue muy diferente que en Lima.
Tras muchos años de muertes, terror, sufrimiento y desapariciones, el gobierno de Fujimori capturó a su líder y lo dejó prácticamente extinguido. Dudo que las medidas que utilizase para le erradicación fuesen muy democráticas, pero desde luego sí fueron efcetivas. Aun así mucha familias quedaron rotas por el dolor de las desapariciones y de los asesinatos, bien por parte de los terroristas o de los agentes policiales. Una verdadera herida en la memoria del Perú que esperemos el tiempo cure y ya nunca más se vuelva a abrir.
El resto del día lo dediqué a jugar con el cachorro de husky que había parido Kayla, le perra de Julio. Era una bolita de pelo adorable, tierno, chiquito... como dirían los franceses "trop mignon". Pensé en raptarlo y traerlo a España pero sabía que luego me pondrían problemas en aduada y que terminaría creciendo dejando de ser aquella bolita linda.
Tomé un taxi hasta casa d Nélida, la mamá de Carmen. Allí desayuné con sus hermanos y luego decidí ir al museo de la Nación, a modo de repaso final de todas las culturas del Perú, ya que allí las encontraría todas.
Volví a respirar el aire contaminado de Lima, volví a sufrir con su tráfico y a esperar impaciente mi llegada a la otra punta de aquella enorme ciudad. Una hora más tarde me bajaba del bus ante aquel enorme edificio de hormigón. Muy gris y frío en su exterior tenía un atractivo interior a pesar de la oscuridad de sus paredes, quizás era el juego de luz lo que conseguía hacerlo bello.
Para mi sorpresa el museo se hallaba cerrado por trabajos de conservación. Habría sido un buen colofón final, pero no pudo ser. Lo único que pude visitar fueron unas salas de exposición temporal. En las primeras había pura artesanía. En una de ellas explicaban el origen de los toritos de cerámica que pueden encontrarse en el techo de muchas casas, atrayendo la buena suerte. Había toros hechos de todos los tamaños, en diferentes lugares y con diferentes diseños.
Otra exposición, unas plantas más arriba, hablaba de los años oscuros del terrorismo en Perú. Sendero Luminoso era un grupo guerrillero que surgió en la zona de la sierra peruana. Era un grupo armado de extrema izquierda. Su líder, Abimael Guzmán (actualmente en prisión) era profesor de filosofía en la universidad, con inclinación lenilista-maoista. No me quedó muy claro cuál era la reivindicación última del grupo terrorista sólo cual fue su repercusión en la sociedad.
Sobre los años sesenta empezó a formarse y poco a poco se fue extendiendo y radicalizando, de modo que en los años 80 se empiezan a reunir en Ayacucho para organizarse e incluso instruirse militarmente. Difunden su mensaje entre los campesinos quienes, descontentos con toda política central se unen a ellos aún sin llegar, en muchos casos, a comprender o respaldar la mentalidad inicial. Con atentados contra políticos, cárceles, periodistas y algunas fuentes de poder empiezan a sembrar el terror a lo largo del país. Los primeros gobiernos no eran muy conscientes del verdadero peligro que suponía hasta que sus matanzas empiezan a ser cada vez más frecuentes y sangrientas, momento en el cual las fuerzas policiales empiezan a combatirlos. Se abre así un período de desapariciones aleatorias de personas por "presunta colaboración terrorista". Los más afectados, la gente de a pie, que por un lado vive aterrorizada por los guerrilleros y por otro teme las acciones policiales poco rigurosas. Ese miedo produce la emigración de miles de personas hacia otras ciudades, principalemnet Lima. Allí los recién llegados son despreciados, por su condición de campesinos y ante el temor de su posible relación con los terroristas. Otros muchos consiguen huir del país hacia lugaresmás lejanos como España donde creo que la suerte que corrieron no fue muy diferente que en Lima.
Tras muchos años de muertes, terror, sufrimiento y desapariciones, el gobierno de Fujimori capturó a su líder y lo dejó prácticamente extinguido. Dudo que las medidas que utilizase para le erradicación fuesen muy democráticas, pero desde luego sí fueron efcetivas. Aun así mucha familias quedaron rotas por el dolor de las desapariciones y de los asesinatos, bien por parte de los terroristas o de los agentes policiales. Una verdadera herida en la memoria del Perú que esperemos el tiempo cure y ya nunca más se vuelva a abrir.
El resto del día lo dediqué a jugar con el cachorro de husky que había parido Kayla, le perra de Julio. Era una bolita de pelo adorable, tierno, chiquito... como dirían los franceses "trop mignon". Pensé en raptarlo y traerlo a España pero sabía que luego me pondrían problemas en aduada y que terminaría creciendo dejando de ser aquella bolita linda.
martes, 25 de mayo de 2010
Trujillo 2
A pesar de los problemas de comunicación iniciales, conseguí contactar con el papá de Eliana. El señor, conocedor de la amistad que había entablado con su hija en Francia, insistió en ayudarme en lo que fuese. Así, esa mañana, me recogió para acercarme a la terminal de buses de Cruz del Sur, que se encontraba bastante alejada del centro. Luego me dejó de vuelta en el hostal y me ofreció que dejase mi mochila en su oficina, situada a tan sólo unas calles de la plaza de armas. Cuando entré por la puerta me miró fijamente y me dijo: "con esa mochila te pareces mucho a mi hija. A ella también le gusta viajar mucho, siempre va con su mochila". Noté cierta añoranza en sus palabras. Era cierto, Eliana tiene un mochilón, que actualmente se encuentra en casa de Yojhana en Cusco, es alta, rubia y más blanca que yo.
El tour salía poco después en dirección a la Huaca del Sol y la Luna, ambas de la cultura moche. La primera de ellas aún no ha sido excavada, de modo que aparece como un árido montículo en medio de la nada; la segunda, es una auténtica maravilla.
Esta huaca consiste en una superposisicón de templos de diferentes mandatarios. Una vez que moría uno, el que era designado construía su templo sobre el anterior, así se diferencian múltiples niveles. Entramos por el tercer templo. En las paredes unos relieves mostraban las diferentes caras de Ayapayec, el dios degollador, a veces triste, otras alegre y en ocasiones enfurecido. No tenían nigún tipo de molde para diseñarlo y, como era elaborado por diferentes artesanos, el resultado final es visiblemente diferente entre las distintas esculturas. Los colores predominantes: rojo, amarillo, negro y blanco.
Aquí, como en otros lugares, los ladrillos eran donados por las familias a modo de tributo y cada uno de ellos tenían una marca que indicaba la procedencia del mismo. Eran de diferente tamaño y resultaba curioso observar detenidamente las marcas que habían realizado sobre el adobe aún fresco.
Pasamos al cuarto nivel desde el cual se podían observar unas estupendas vistas de la huaca del sol, de los restos de las casas de los artesanos y de los cultivos de arroz. Desde allí se accedía al quinto y último nivel, en el cual las paredes ofrecían ya una gana más amplia de colores, incluyendo por ejemplo el azul. Aún se conservaba, allá en las alturas, una zona de sacrificios.
Cuando creí que la visita había acabado empezamos a bajar por una escalera y de pronto, sorpresa: ante mis ojos se habría una gran plaza, lugar de ceremonia de los mochica, desde donde podían obsevarse, superpuestos, los diferentes templos, formando cada uno una franja de decoración en aquella pirámide trunca. Aluciné durante un buen rato, de hecho seguro que tardé algunos minutos en cerrar la boca. Allí se respiraba un buen ambiente, los turistas sorprendidos levantaban la vista y fotografiaban sin parar; los arqueólogos, sentados con su gorro de protección, limpiaban con esmero las paredes del templo.
Había disfrutado mucho de la visita ya que huaca me había sorprendido pos sus coloridas paredes y su enorme plaza de ceremonias. El guía, que lo conocía del día anterior, nos informó de un modo muy ameno haciendo que la visita resultase incluso breve.
De vuelta a la ciudad tuve poco tiempo antes de salir de nuevo de ruta. Me habían indicado que el tour sería semiprivado, ya que, después del imprevisto del día anterior, varias personas habían anulado su reserva. Cuando llegó el taxi a recogerme me alegró comprobar que mi compañera de viaje era Cida, la brasileña. Afortunadamente fuimos hablando durante el camino, ya que el complejo del Brujo se encuentra realmente alejado de la ciudad, como a una hora.
Al llegar allí, una huaca más. Quedaban aún algunos diseños por las paredes, pero tras haber visitado la de la luna aquella tenía menor interés. La parte curiosa el complejo es que allí se encontró a la Señora de Cao, una mandataria moche de unos veinteaños que, según los objetos hallados en su tumba, tuvo una gran importancia social. Su descubrimiento supuso un hito en la arqueología peruana, ya que, hasta entonces, no se había considerado a la mujer como posible persona relevante dentro de la sociedad moche.
En la parte superior de la huaca, unos troncos sobre un hueco, indican el lugar donde fue encontrada la tumba de la momia. Las paredes de alrededor tenían diferentes diseños con curiosos dibujos como pixelados.
Desde lo más alto la vistas eran también muy hermosas: a un lado, el desierto; al otro, los cultivos de caña, y al fondo, el mar. Tristemente también se observaban miles de huecos en el suelo dándole a éste un aspecto lunar. No eran otra cosa que agujeros realizados por huaqueros en busca de tesoros.
El museo de la Señora de Cao me despertaba mucha espectación. Otros turistas me habían recomendado la visita del complejo y habían alabado los tesoros allí expuestos, de hecho había llegado a oír que dichos tesoros eran incluso más numerosos que los que acompañaban al Señor de Sipán. Sin embargo el museo me decepcionó. Además de que no dejaban hacer fotos, hecho que normalmente me molesta; lo allí expuesto, que es cierto que era muy bello, resultaba bastante escaso. La momia se exhibía en una especie de urna, que a su vez se encontraba detrás de un cristal, de modo que los reflejos dificultaban la correcta visión de los detalles de la momia, como pueden ser los tatuajes que le recorren todo el cuerpo.
Basante cansada y un tanto decepcionada salí del recinto. Una vez fuera, el guía me dijo que algunos de los objetos encontrados seguían en restauración, pero que no era raro que alguno se "perdiese" en el trancurso de los estudios arqueológicos.
Mi tiempo se acababa. Aproveché mis últimos momentos en la ciudad para visitar el mercado de artesanías y el famoso mercado de zapatos. Tras comprar algunos regalos decidí pasarme por el supermercado y buscar los encargos que había recibido desde Francia. La maldita música del supermercado me taladró el cerebro, pero sobreviví.
Terminé el día volviendo a la oficina de Eduardo, el papá de Eliana, quien me llevó a la estación tras haber comprado algunos dulces para que yo se los acercara a su querida hija a las europas.
El tour salía poco después en dirección a la Huaca del Sol y la Luna, ambas de la cultura moche. La primera de ellas aún no ha sido excavada, de modo que aparece como un árido montículo en medio de la nada; la segunda, es una auténtica maravilla.
Esta huaca consiste en una superposisicón de templos de diferentes mandatarios. Una vez que moría uno, el que era designado construía su templo sobre el anterior, así se diferencian múltiples niveles. Entramos por el tercer templo. En las paredes unos relieves mostraban las diferentes caras de Ayapayec, el dios degollador, a veces triste, otras alegre y en ocasiones enfurecido. No tenían nigún tipo de molde para diseñarlo y, como era elaborado por diferentes artesanos, el resultado final es visiblemente diferente entre las distintas esculturas. Los colores predominantes: rojo, amarillo, negro y blanco.
Aquí, como en otros lugares, los ladrillos eran donados por las familias a modo de tributo y cada uno de ellos tenían una marca que indicaba la procedencia del mismo. Eran de diferente tamaño y resultaba curioso observar detenidamente las marcas que habían realizado sobre el adobe aún fresco.
Pasamos al cuarto nivel desde el cual se podían observar unas estupendas vistas de la huaca del sol, de los restos de las casas de los artesanos y de los cultivos de arroz. Desde allí se accedía al quinto y último nivel, en el cual las paredes ofrecían ya una gana más amplia de colores, incluyendo por ejemplo el azul. Aún se conservaba, allá en las alturas, una zona de sacrificios.
Cuando creí que la visita había acabado empezamos a bajar por una escalera y de pronto, sorpresa: ante mis ojos se habría una gran plaza, lugar de ceremonia de los mochica, desde donde podían obsevarse, superpuestos, los diferentes templos, formando cada uno una franja de decoración en aquella pirámide trunca. Aluciné durante un buen rato, de hecho seguro que tardé algunos minutos en cerrar la boca. Allí se respiraba un buen ambiente, los turistas sorprendidos levantaban la vista y fotografiaban sin parar; los arqueólogos, sentados con su gorro de protección, limpiaban con esmero las paredes del templo.
Había disfrutado mucho de la visita ya que huaca me había sorprendido pos sus coloridas paredes y su enorme plaza de ceremonias. El guía, que lo conocía del día anterior, nos informó de un modo muy ameno haciendo que la visita resultase incluso breve.
De vuelta a la ciudad tuve poco tiempo antes de salir de nuevo de ruta. Me habían indicado que el tour sería semiprivado, ya que, después del imprevisto del día anterior, varias personas habían anulado su reserva. Cuando llegó el taxi a recogerme me alegró comprobar que mi compañera de viaje era Cida, la brasileña. Afortunadamente fuimos hablando durante el camino, ya que el complejo del Brujo se encuentra realmente alejado de la ciudad, como a una hora.
Al llegar allí, una huaca más. Quedaban aún algunos diseños por las paredes, pero tras haber visitado la de la luna aquella tenía menor interés. La parte curiosa el complejo es que allí se encontró a la Señora de Cao, una mandataria moche de unos veinteaños que, según los objetos hallados en su tumba, tuvo una gran importancia social. Su descubrimiento supuso un hito en la arqueología peruana, ya que, hasta entonces, no se había considerado a la mujer como posible persona relevante dentro de la sociedad moche.
En la parte superior de la huaca, unos troncos sobre un hueco, indican el lugar donde fue encontrada la tumba de la momia. Las paredes de alrededor tenían diferentes diseños con curiosos dibujos como pixelados.
Desde lo más alto la vistas eran también muy hermosas: a un lado, el desierto; al otro, los cultivos de caña, y al fondo, el mar. Tristemente también se observaban miles de huecos en el suelo dándole a éste un aspecto lunar. No eran otra cosa que agujeros realizados por huaqueros en busca de tesoros.
El museo de la Señora de Cao me despertaba mucha espectación. Otros turistas me habían recomendado la visita del complejo y habían alabado los tesoros allí expuestos, de hecho había llegado a oír que dichos tesoros eran incluso más numerosos que los que acompañaban al Señor de Sipán. Sin embargo el museo me decepcionó. Además de que no dejaban hacer fotos, hecho que normalmente me molesta; lo allí expuesto, que es cierto que era muy bello, resultaba bastante escaso. La momia se exhibía en una especie de urna, que a su vez se encontraba detrás de un cristal, de modo que los reflejos dificultaban la correcta visión de los detalles de la momia, como pueden ser los tatuajes que le recorren todo el cuerpo.
Basante cansada y un tanto decepcionada salí del recinto. Una vez fuera, el guía me dijo que algunos de los objetos encontrados seguían en restauración, pero que no era raro que alguno se "perdiese" en el trancurso de los estudios arqueológicos.
Mi tiempo se acababa. Aproveché mis últimos momentos en la ciudad para visitar el mercado de artesanías y el famoso mercado de zapatos. Tras comprar algunos regalos decidí pasarme por el supermercado y buscar los encargos que había recibido desde Francia. La maldita música del supermercado me taladró el cerebro, pero sobreviví.
Terminé el día volviendo a la oficina de Eduardo, el papá de Eliana, quien me llevó a la estación tras haber comprado algunos dulces para que yo se los acercara a su querida hija a las europas.
Trujillo 1
Era muy de madrugada cuando hice aparición en aquella ciudad. Mientras esperaba la llegada de Renato visualicé, completamente horrorizada, una película de zombies que proyectaban en la sala de espera de la terminal, que se recreaba en cómo éstos sacaban los intestinos de sus víctimas o los descuartizaban con sus propios dientes. Realmente instructivo.
No conocía de nada a Renato, pero él se levantó a las 5 de la mañana para hacer de chófer sólo porque Christie se lo había pedido. Me pareció sorprendente que alguien hiciese algo así por una desconocida y realmente se lo agradecí. Había intentado buscarme alojamiento, pero esa parte de la historia había resultado más compleja. Sin embargo me acercó hasta uno de los céntricos hostales que la guía recomendaba.
Dormí apenas unas horas pero la cuenta atrás había empezado. Mi tiempo en Perú se acababa y aún me quedaba mucho por conocer. Así que, tras mi desayuno, en el que no podía faltar el jugo de papaya, salí a pasear por la ciudad. Al principio iba temerosa ya que me habían prevenido mucho sobre los robos. Poco a poco fui viendo que el truco consistía en no alejarse de los lugares concurridos y, en éstos, andar atenta a las pertenencias, tal y como había hecho durante todo mi viaje.
Trujillo es una ciudad bella. Supongo que los barrios periféricos no tendrán mucho interés y, aunque normalmente me gusta conocerlos, no lo creí adecuado en esta ocasión. En el centro resaltaban los caserones de grandes ventanales, llamativos enrejados y alegres colores. La plaza de armas de la ciudad es una auténtica explosión de colores, allá donde mires encuentras diferentes tonos que le aportan un aspecto muy alegre.
Reconocía la herencia andaluza en aquellas construcciones, pero tenían algo de diferente. Sólo con mirar la ciudad se podía adivinar que fue allí donde desembarcaron andaluces y extremeños, que se convertirían en terratenientes e invertirían sus fortunas en la construcción de ostentosas casas.
Esta herencia es también apreciable en la población, que resulta bastante más blanca de piel y de mayor estatura que los habitantes del altiplano.
Durante mi recorrido por la ciudad no paraba de hacer fotos a curiosas puertas y ventanas, independientemente de su estado de conservación, hecho que llamaba la atención de los lugareños. Supongo que pensarían que aquella gringa debía estar loca por fotografiar una ventana de enrejado oxidado y pintura descascarillada. Sin embargo, para mí, detrás de aquel visible abandono se escondía una gran belleza.
Callejeando terminé, sin haberlo previsto, en el museo arqueológico. No estaba realmente muy motivada para ver más museos, pero lo consideré un último esfuerzo y entré. Me resultó curioso porque encontré una mezcla de culturas que habían habitado en la costa a lo largo de los siglos. Por más que leí sobre ellos sigo siendo bastante ignorante al respecto. Aunque seguí con el juego de "adivine la cultura a través de la cerámica". Hacía calor en el interior, pero el reggaeton que venía del exterior me hizo la visita cultural discotequeramente más amena.
Para almorzar volví a pedir cau-cau, sin recordar que se trata de tripas y estómago de vaca, algo parecido a los callos. El sabor es riquísimo, pero el tacto de los pliegues del estómago de la vaca rozando la superficie de mi lengua hace que un escalofrío recorra mi cuerpo partiendo desde la nuca hasta llegar al tendón de Aquiles.
El plan era salir tras la comida hacia el Complejo del Brujo, pero surgió un imprevisto. Los trabajadores de una fábrica se habían declarado en huelga debido a los retrasos en el cobro de sus salarios. Enfurecidos, los manifestantes habían cortado con barricadas la carretera que llegaba a dicho complejo. Era imposible e inseguro llegar. El chico de la agencia me dijo que tendría que quedarme un día más en Trujillo si quería hacer todos los tours. Aparte de que por cuestiones de tiempo aquello era inviable, me parecía una estupidez no hacer nada esa tarde. Empecé a proponerle alternativas hasta que aceptó enviarme con el grupo que acababa de salir hacia Chan-Chan. Había un sitio en el carro así que tomé un taxi hacia la Huaca del Arco Iris, situada a las afueras de la ciudad. Allí me esperaba Carlos, el conductor colombiano del tour que me llevó hasta el grupo.
La Huaca del arco-iris perteneció a la cultura Chimú. Poco sé de esta cultura, sólo que ocuparon hace unos mil años los terrenos costeros que los moche habían abandonado; que hicieron grandes construcciones y que fueron conquistados por los incas poco antes de la llegada de los españoles.
Esta huaca está, sorprendentemente, construída de adobe en su totalidad. Es fascinante pensar que, a pesar de que algunas zonas hayan sido devastadas por la erosión, muchas otras conservan los relieves originales, que han sobrevivido a miles de años y a grandes catástrofes como el niño, que supuso un estrago en la conservación de estos yacimientos. Nada menos que el de 1997 destruyó no sólo cultivos, carreteras y puentes, sino también muchos restos arqueológicos.
De allá nos fuimos a la ciudadela de Chan-Chan (sol-sol), que era el único complejo de la zona del cual yo había oído hablar antes de aterrizar en el país. Una enorme ciudadela construida completamente en adobe y cuyas paredes están decoradas en relieves haciendo alusión al mar: sus olas, peces, pájaros... De hecho el complejo no se encuentra muy lejos de éste y puede oírse el romper de las olas (si yo me callo). Actualmente sólo se visita uno de los 9 palacios existentes y dentro de éste sólo una pequeña parte. Para su conservación, los muros de la ciudad se encuentrasn techados, con la esperanza de que las próximas generaciones puedan disfrutar de esa maravilla. Con una mezcla de barro, agua, paja y conchas edificaron templos y los decoraron con una estética envidiable. El único fallo es que, a pesar de ser un desierto, existen precipitaciones que dañan la estructura. En medio de grandes muros y pasillos áridos apareció un gran lago plagado de totora. Yo ya había formado un grupito de chicas en el cual íbamos comentando todo lo que visitábamos y entre las cuales se encontraba una alemana, Sibel, que era más pesada haciendo fotos que yo. Lo último que visitamos en la ciudadela fue una tumba real que no había escapado del saqueo producido por los huaqueros durante años, de modo que prácticamente lo que quedaba era un agujero.
Se empezaba a poner el sol cuando abandonamos la ciudad para ir en dirección al mar, concretamente a la playa de Huanchaco. Allá se agolpaban y entremezclaban turistas, surfistas, pescadores e incluso recién casados en plena sesión fotográfica. El sol estaba cerca del mar y el cielo se había tornado en ese color anaranjado intenso que tanto me recordaba a Pimentel. El agua ya no era azul, sino que, debido a la posición del sol, el mar se había convertido en un gran de espejo resplandeciente. Paseé junto a mis nuevas amigas por el muelle. Ellas disfrutaban con su helado, yo con las imágenes que iba grabando en la cámara. ¡¡Cuánta belleza para tan poca memoria!! Podíamos habernos quedado allí hasta la noche, como hiceron nuestros compañeros argentinos, pero la brisa marina era poco tolerable con la vestimenta que uno se ha colocado para ir a visitar el desierto.
El grupo de chicas estaba formado por Lourdes (venezolana), Charo (peruana), Sibel (alemana), Cida(basileña) que era la mayor pero más marchosa, y yo. El viaje de vuelta fue un auténtico gallinero que todas disfrutamos así que decidimos cenar juntas antes de seguir cada una con su camino. Una hora más tarde nos reencontrábamos, algo más adecentadas, para terminar yendo a la Rústica, una cadena de resturantes que puedes encontrar a lo largo del país. Nuestra primera decepción fue que no tenían pisco ¡¡¿¿cómo un restaurante no tiene pisco en Perú??!! Tras la primera mala noticia la camarera nos sorprendió con que la mitad de la carta se había agotado. Su única excusa fue que "era domingo". A mí me pareció imperdonable para un restaurante de esa categoría y me habría ido si no hubiese sido porque ya habían pedido. Tampoco tenían cusqueña de trigo.... Si hubiese estado sola habría terminado indignada, pero en compañía todo aquello se convirtió en causa de risa irrefrenable. Terminé cenando unos espaguetis a la bolognesa.
Habíamos pasado de ser unas auténticas desconocidas a disfrutar de una cena como si de una reunión de viejas amigas se tratase. Esas amistades en las que terminas dándote dirección y teléfono y acabas invitada (y obligada a ir según la anfitriona) a los Juegos Olímpico de Río de Janeiro 2016.
No conocía de nada a Renato, pero él se levantó a las 5 de la mañana para hacer de chófer sólo porque Christie se lo había pedido. Me pareció sorprendente que alguien hiciese algo así por una desconocida y realmente se lo agradecí. Había intentado buscarme alojamiento, pero esa parte de la historia había resultado más compleja. Sin embargo me acercó hasta uno de los céntricos hostales que la guía recomendaba.
Dormí apenas unas horas pero la cuenta atrás había empezado. Mi tiempo en Perú se acababa y aún me quedaba mucho por conocer. Así que, tras mi desayuno, en el que no podía faltar el jugo de papaya, salí a pasear por la ciudad. Al principio iba temerosa ya que me habían prevenido mucho sobre los robos. Poco a poco fui viendo que el truco consistía en no alejarse de los lugares concurridos y, en éstos, andar atenta a las pertenencias, tal y como había hecho durante todo mi viaje.
Trujillo es una ciudad bella. Supongo que los barrios periféricos no tendrán mucho interés y, aunque normalmente me gusta conocerlos, no lo creí adecuado en esta ocasión. En el centro resaltaban los caserones de grandes ventanales, llamativos enrejados y alegres colores. La plaza de armas de la ciudad es una auténtica explosión de colores, allá donde mires encuentras diferentes tonos que le aportan un aspecto muy alegre.
Reconocía la herencia andaluza en aquellas construcciones, pero tenían algo de diferente. Sólo con mirar la ciudad se podía adivinar que fue allí donde desembarcaron andaluces y extremeños, que se convertirían en terratenientes e invertirían sus fortunas en la construcción de ostentosas casas.
Esta herencia es también apreciable en la población, que resulta bastante más blanca de piel y de mayor estatura que los habitantes del altiplano.
Durante mi recorrido por la ciudad no paraba de hacer fotos a curiosas puertas y ventanas, independientemente de su estado de conservación, hecho que llamaba la atención de los lugareños. Supongo que pensarían que aquella gringa debía estar loca por fotografiar una ventana de enrejado oxidado y pintura descascarillada. Sin embargo, para mí, detrás de aquel visible abandono se escondía una gran belleza.
Callejeando terminé, sin haberlo previsto, en el museo arqueológico. No estaba realmente muy motivada para ver más museos, pero lo consideré un último esfuerzo y entré. Me resultó curioso porque encontré una mezcla de culturas que habían habitado en la costa a lo largo de los siglos. Por más que leí sobre ellos sigo siendo bastante ignorante al respecto. Aunque seguí con el juego de "adivine la cultura a través de la cerámica". Hacía calor en el interior, pero el reggaeton que venía del exterior me hizo la visita cultural discotequeramente más amena.
Para almorzar volví a pedir cau-cau, sin recordar que se trata de tripas y estómago de vaca, algo parecido a los callos. El sabor es riquísimo, pero el tacto de los pliegues del estómago de la vaca rozando la superficie de mi lengua hace que un escalofrío recorra mi cuerpo partiendo desde la nuca hasta llegar al tendón de Aquiles.
El plan era salir tras la comida hacia el Complejo del Brujo, pero surgió un imprevisto. Los trabajadores de una fábrica se habían declarado en huelga debido a los retrasos en el cobro de sus salarios. Enfurecidos, los manifestantes habían cortado con barricadas la carretera que llegaba a dicho complejo. Era imposible e inseguro llegar. El chico de la agencia me dijo que tendría que quedarme un día más en Trujillo si quería hacer todos los tours. Aparte de que por cuestiones de tiempo aquello era inviable, me parecía una estupidez no hacer nada esa tarde. Empecé a proponerle alternativas hasta que aceptó enviarme con el grupo que acababa de salir hacia Chan-Chan. Había un sitio en el carro así que tomé un taxi hacia la Huaca del Arco Iris, situada a las afueras de la ciudad. Allí me esperaba Carlos, el conductor colombiano del tour que me llevó hasta el grupo.
La Huaca del arco-iris perteneció a la cultura Chimú. Poco sé de esta cultura, sólo que ocuparon hace unos mil años los terrenos costeros que los moche habían abandonado; que hicieron grandes construcciones y que fueron conquistados por los incas poco antes de la llegada de los españoles.
Esta huaca está, sorprendentemente, construída de adobe en su totalidad. Es fascinante pensar que, a pesar de que algunas zonas hayan sido devastadas por la erosión, muchas otras conservan los relieves originales, que han sobrevivido a miles de años y a grandes catástrofes como el niño, que supuso un estrago en la conservación de estos yacimientos. Nada menos que el de 1997 destruyó no sólo cultivos, carreteras y puentes, sino también muchos restos arqueológicos.
De allá nos fuimos a la ciudadela de Chan-Chan (sol-sol), que era el único complejo de la zona del cual yo había oído hablar antes de aterrizar en el país. Una enorme ciudadela construida completamente en adobe y cuyas paredes están decoradas en relieves haciendo alusión al mar: sus olas, peces, pájaros... De hecho el complejo no se encuentra muy lejos de éste y puede oírse el romper de las olas (si yo me callo). Actualmente sólo se visita uno de los 9 palacios existentes y dentro de éste sólo una pequeña parte. Para su conservación, los muros de la ciudad se encuentrasn techados, con la esperanza de que las próximas generaciones puedan disfrutar de esa maravilla. Con una mezcla de barro, agua, paja y conchas edificaron templos y los decoraron con una estética envidiable. El único fallo es que, a pesar de ser un desierto, existen precipitaciones que dañan la estructura. En medio de grandes muros y pasillos áridos apareció un gran lago plagado de totora. Yo ya había formado un grupito de chicas en el cual íbamos comentando todo lo que visitábamos y entre las cuales se encontraba una alemana, Sibel, que era más pesada haciendo fotos que yo. Lo último que visitamos en la ciudadela fue una tumba real que no había escapado del saqueo producido por los huaqueros durante años, de modo que prácticamente lo que quedaba era un agujero.
Se empezaba a poner el sol cuando abandonamos la ciudad para ir en dirección al mar, concretamente a la playa de Huanchaco. Allá se agolpaban y entremezclaban turistas, surfistas, pescadores e incluso recién casados en plena sesión fotográfica. El sol estaba cerca del mar y el cielo se había tornado en ese color anaranjado intenso que tanto me recordaba a Pimentel. El agua ya no era azul, sino que, debido a la posición del sol, el mar se había convertido en un gran de espejo resplandeciente. Paseé junto a mis nuevas amigas por el muelle. Ellas disfrutaban con su helado, yo con las imágenes que iba grabando en la cámara. ¡¡Cuánta belleza para tan poca memoria!! Podíamos habernos quedado allí hasta la noche, como hiceron nuestros compañeros argentinos, pero la brisa marina era poco tolerable con la vestimenta que uno se ha colocado para ir a visitar el desierto.
El grupo de chicas estaba formado por Lourdes (venezolana), Charo (peruana), Sibel (alemana), Cida(basileña) que era la mayor pero más marchosa, y yo. El viaje de vuelta fue un auténtico gallinero que todas disfrutamos así que decidimos cenar juntas antes de seguir cada una con su camino. Una hora más tarde nos reencontrábamos, algo más adecentadas, para terminar yendo a la Rústica, una cadena de resturantes que puedes encontrar a lo largo del país. Nuestra primera decepción fue que no tenían pisco ¡¡¿¿cómo un restaurante no tiene pisco en Perú??!! Tras la primera mala noticia la camarera nos sorprendió con que la mitad de la carta se había agotado. Su única excusa fue que "era domingo". A mí me pareció imperdonable para un restaurante de esa categoría y me habría ido si no hubiese sido porque ya habían pedido. Tampoco tenían cusqueña de trigo.... Si hubiese estado sola habría terminado indignada, pero en compañía todo aquello se convirtió en causa de risa irrefrenable. Terminé cenando unos espaguetis a la bolognesa.
Habíamos pasado de ser unas auténticas desconocidas a disfrutar de una cena como si de una reunión de viejas amigas se tratase. Esas amistades en las que terminas dándote dirección y teléfono y acabas invitada (y obligada a ir según la anfitriona) a los Juegos Olímpico de Río de Janeiro 2016.
sábado, 22 de mayo de 2010
Cajamarca 2
En la mañana salimos en dirección a Cumbemayo, una zona montañosa en los alrededores de la ciudad. Su nombre significa "río estrecho", en alusión al sistema de canalizaciones hidraúlicas que allá construyeron los mochicas para así desviar el agua y hacerla llegar a lugares áridos.
Por el camino observamos montículos que consistían en yacimientos arqueológicos no excavados. Luís, nuestro guía, nos explicaba impotente, que hace unos años llegaron hasta aquí unos arqueólogos de la universidad de Tokyo. Desenterraron los restos y se sorprendieron con lo que encontraron, quisieron dejar aquello expuesto, pero el INC no envió los fondos para su mantenimiento, así que no quedó más remedio que volver a taparlo. Lástima e indignación.
Más adelante atravesamos el "divortium aquarium", un elevado lugar donde se separan las cuencas fluviales: miras a un lado y sabes que de allá las aguas partirán al Pacífico; al otro, que llegarán al Atlántico.
Lo primero que visitamos en nuestro descenso fue una pequeña cueva con petroglifos (diseños esculpidos en las rocas), no recuerdo bien si realizado con los chachapoyas o por los mochica. Se desconoce su significado, pero me llamó la atención la repetición del signo del infinito, u ocho tumbado.
Luego atravesamos una abertura en una roca, no sé si llamarla cueva. Era una grieta de interior oscuro por la que se pasaba con facilidad a pesar de la ausencia de luz. Sólo a los más mayores les supuso un estrago. Para mí, después de las minas de Potosí, aquello era de "cascarón de huevo".
Cumbemayo es una especie de valle donde las rocas toman formas caprichosas: cóndor, armadillo, vasco con boina, pirata, amantes besándose y por supuesto, de pene. Yo caminaba junto a tres españoles de León y Asturias que habían llegado al tour con una mezcla de resaca y borrachera, simpáticos, sus comentarios sobre las rocas me hicieron el camino muy divertido.
Tras una caminata de algo menos de una hora observando las curiosas formas de la roca llegamos al sistema de riego moche. Las canalizaciones me recordaban a las observadas en Cusco y pensé que tal vez los incas las habían descubierto en sus incursiones por el norte y luego las habían copiado. La variación en el ancho del canal y el zigzageo en su dirección también se usaban aquí como técnica para disminuir la velocidad de las aguas. En medio del recorrido de canales visitamos una gran piedra de sacrificios. Se suponía que la sangre derramada por el animal ofrecido al Dios sobre las aguas las purificaba. Tras la explicación del guía, una pequeña nos cantó con voz estridente una cancioncilla. Los chicos españoles se negaron a pagarle, como yo y a cambio tuvieron con ella una interesante conversación sobre el cole.
Luego vuelta al coche caminando por bellos paisajes y una subida un tanto inclinada. Afortunadamente una sabe cuándo hacer su parada fotográfica que sirva de descanso y así disimular que el hígado está a punto de salir por la boca.
En Cajamarca busqué un resturante cuyo menú incluyese cabrito, comida típica del lugar, pero estaba agotado y no me quedó más remedio que comer pollo.
Por la tarde me había unido a un tour para ir a varios lugares en los alrededores de la ciudad. Finalmente no visitaba la famosa granja Porcón pero la tarde resultaría bien distraída. El primer lugar al que nos dirigios fue la Hacienda Colpa. Había sido un gran latifundio antiguamente y tras la reforma agraria de Alvarado en el 69 decayó. Los grandes latifundios de los terratenientes fueron repartidos entre los agricultores que trabajaban la tierra. Según los comentarios de los lugareños, la reforma no funcionó, los agricultores descuidaron el comercio y decayó también la producción, terminando muchas granjas y campos en la ruina. Supongo que ese fracaso tuvo múltiples factores y conociendo cómo funcionan estas cosas en Sudamérica, no descarto el boicot como punto fuerte.
Años más tarde el nuevo propietario de la granja decidió seguir el modelo antiguo y además permitir que ésta se visitase para dar a conocer el trabajo que allí se realiza. Actualmente más que una granja parece un paque de atracciones. Los turistas pasean junto a los establos, unos niños pasean en caballo mientras otros son fotografiados por su padre junto a los patos. Yo intento separarme del grupo para conseguir un poco de tranquilidad mientras observo un grupo de ovejas tras la valla. En ese instante una cabra loca salta sobre el muro y se queda allí, junto a mí, mirándome fijamente. Le hago una foto sin que se inmute siquiera. Continúo mi paseo y ella me sigue, si me paro ella también lo hace y si, a modo de juego vuelvo sobre mis pasos, ella se gira y me acompaña en mi retorno. Abandoné a mi amiga para seguir mi camino hasta un lago artificial muy hermoso pero plagado de gente.
Tras conocer la zona de los establos nos dirigimos al cortijo. La familia sigue viviendo allí y no pueden ser visitadas sus estancias, pero sí la parte exterior, donde el dueño exhibe orgulloso sus piezas de colección: objetos antiguos de diferente naturaleza, hallazgos arqueológicos que prefiero no pensar en cómo llegaron hasta allí y muchas macetas por los alrededores. El patio, ostentoso hasta límites ordinarios, se iba llenando de turistas que admiraban los azulejos sevillanos del suelo, las fuentes, el carruaje.... yo me sentía en casa de un sevillano cateto con dinero, pero en Cajamarca.
La mayor atracción de la granja consiste en ver el llamado de vacas. A las 16h es el momento en el que los animales regresan a sus establos tras pasar la mañana en el prado pastando. Cada una de ellas tiene su lugar, con su nombre colocado en un pequeño letrero. Los vaqueros, en vez de empujarlas a todas de regreso al establo, las van llamando una a una por su nombre y ellas, conocedoras de cuál es el suyo, inician un ligero trote hasta colocarse en el lugar que tienen asignado. Había turistas sentados en las gradas, pero yo me quedé en la entrada del establo, desde donde podía ver a la vaca venir, pasar junto a mí, obervar su nombre en el cartelito que colgaba de la oreja y ver sorprendida cómo terminaba en el hueco que tenía el letrero con el mismo nombre. Al pincipio no podía parar de reír cuando dijeron "teresitaaaaaaaaa" y una pequeña vaca vino corriendo y comprobé que su nombre y el del cartelito del establo eran el mismo. "Lourdesss" volvió a gritar el señor y ella pasó tranquilamente junto a mí. Era algo sorprendente, no sabía que una vaca podía llegar a reconocer su nombre como si de un perro se tratase. Fue realmente curioso.
De allí fuimos a la iglesia de la hacienda en cuyas paredes también había azulejos sevillnos. Más que una iglesia era un linda capilla, muy solicitada para bodas, siempre y cuando estés decidido a pagar el alto precio que el dueño solicita por su uso. En la fachada de la misma lucía un mensaje fundamental para los trabajadores de la granja que allí iban a rezar: "Ora et labora".
Antes de huír de allí algunos de los integrantes del grupo decidieron comprar productos de la granja. Yo me abstuve porque ya el día anterior había conseguido mis productor cajamarquinos. Mientras esperaba pude observar cómo llegó el dueño y compró para su perro una tarrina de manjar blanco. Fue la única vez que me resultó tierno ver a un Rossweillwer, sujetando éste la tarrina con sus patas delanteras mientras con un giro de cabeza introducía la lengua en el tarro.
Abandonamos la granja atravesando carreteras donde, en unas altas plataformas situadas junto a la calzada, se apilaban los cántaros de leche en espera al camión recolector. En pocos minutos llegamos a las cataratas de Llacanora. Son un par de caídas de agua en un río poco caudaloso, situado en una campiña que, a pesar de no ser un lugar árido, sorprende pensar que guarde ese secreto al fondo del paseo. Hay un par de cataratas, la primera de ellas de pequeño tamaño y totalmente rodeada de vegetación, es la que se conoce como catarata hembra; la segunda, de bastante más metros, la macho.
Antes de salir al siguiente destino le compré a una señora, que se situaba al borde del camino con una olla, unos chicharrones con choclo por dos soles. Los chicharrones son carne de cerdo como a la brasa y el choclo es un maíz grandote y sabrosón que estaba hervido. Mientras lo comía y disfrutaba, llegamos al último punto de la visita: los baños del inca.
Éste es el lugar donde se suponía reposaba Atahualpa cuando Pizarro hizo su entrada en la ciudad. Poco queda de los baños de antaño y ahora ante el turista se abre un macrocomplejo que ofrece todo tipo de servicios de spa, masajes, saunas, baños, piscina y un amplio etcétera. La visita duró sólo unos minutos, pero fuera de la parte de spa no había muchísimas cosas para ver. Se podían observar unas grandes piscinas con las aguas sulfatadas (de olor a huevo podrido) que desprendían mucho vapor ya que la temperatura del agua alcanza los 72ºC.
Un pequeño edificio dentro del gran recinto esconde una poza antigua, no es donde se remojaba el gran mandatario, pero servía para hacerte una idea.
A la salida, ya algo cansada, me compré un dulce llamado "cachanga", una masa frita embadurnada en miel de caña. No era algo exquisito, pero sólo me costó un sol y me sirvió de postre.
Mis últimas horas en Cajamarca las pasé en un ciber, intentando contactar a Lobo por su cumpleaños, buscando alojamiento en Trujillo y hablando con Chris, que insistía en enviarme a un amigo a la estación de buses de esa peligrosa ciudad.
Por el camino observamos montículos que consistían en yacimientos arqueológicos no excavados. Luís, nuestro guía, nos explicaba impotente, que hace unos años llegaron hasta aquí unos arqueólogos de la universidad de Tokyo. Desenterraron los restos y se sorprendieron con lo que encontraron, quisieron dejar aquello expuesto, pero el INC no envió los fondos para su mantenimiento, así que no quedó más remedio que volver a taparlo. Lástima e indignación.
Más adelante atravesamos el "divortium aquarium", un elevado lugar donde se separan las cuencas fluviales: miras a un lado y sabes que de allá las aguas partirán al Pacífico; al otro, que llegarán al Atlántico.
Lo primero que visitamos en nuestro descenso fue una pequeña cueva con petroglifos (diseños esculpidos en las rocas), no recuerdo bien si realizado con los chachapoyas o por los mochica. Se desconoce su significado, pero me llamó la atención la repetición del signo del infinito, u ocho tumbado.
Luego atravesamos una abertura en una roca, no sé si llamarla cueva. Era una grieta de interior oscuro por la que se pasaba con facilidad a pesar de la ausencia de luz. Sólo a los más mayores les supuso un estrago. Para mí, después de las minas de Potosí, aquello era de "cascarón de huevo".
Cumbemayo es una especie de valle donde las rocas toman formas caprichosas: cóndor, armadillo, vasco con boina, pirata, amantes besándose y por supuesto, de pene. Yo caminaba junto a tres españoles de León y Asturias que habían llegado al tour con una mezcla de resaca y borrachera, simpáticos, sus comentarios sobre las rocas me hicieron el camino muy divertido.
Tras una caminata de algo menos de una hora observando las curiosas formas de la roca llegamos al sistema de riego moche. Las canalizaciones me recordaban a las observadas en Cusco y pensé que tal vez los incas las habían descubierto en sus incursiones por el norte y luego las habían copiado. La variación en el ancho del canal y el zigzageo en su dirección también se usaban aquí como técnica para disminuir la velocidad de las aguas. En medio del recorrido de canales visitamos una gran piedra de sacrificios. Se suponía que la sangre derramada por el animal ofrecido al Dios sobre las aguas las purificaba. Tras la explicación del guía, una pequeña nos cantó con voz estridente una cancioncilla. Los chicos españoles se negaron a pagarle, como yo y a cambio tuvieron con ella una interesante conversación sobre el cole.
Luego vuelta al coche caminando por bellos paisajes y una subida un tanto inclinada. Afortunadamente una sabe cuándo hacer su parada fotográfica que sirva de descanso y así disimular que el hígado está a punto de salir por la boca.
En Cajamarca busqué un resturante cuyo menú incluyese cabrito, comida típica del lugar, pero estaba agotado y no me quedó más remedio que comer pollo.
Por la tarde me había unido a un tour para ir a varios lugares en los alrededores de la ciudad. Finalmente no visitaba la famosa granja Porcón pero la tarde resultaría bien distraída. El primer lugar al que nos dirigios fue la Hacienda Colpa. Había sido un gran latifundio antiguamente y tras la reforma agraria de Alvarado en el 69 decayó. Los grandes latifundios de los terratenientes fueron repartidos entre los agricultores que trabajaban la tierra. Según los comentarios de los lugareños, la reforma no funcionó, los agricultores descuidaron el comercio y decayó también la producción, terminando muchas granjas y campos en la ruina. Supongo que ese fracaso tuvo múltiples factores y conociendo cómo funcionan estas cosas en Sudamérica, no descarto el boicot como punto fuerte.
Años más tarde el nuevo propietario de la granja decidió seguir el modelo antiguo y además permitir que ésta se visitase para dar a conocer el trabajo que allí se realiza. Actualmente más que una granja parece un paque de atracciones. Los turistas pasean junto a los establos, unos niños pasean en caballo mientras otros son fotografiados por su padre junto a los patos. Yo intento separarme del grupo para conseguir un poco de tranquilidad mientras observo un grupo de ovejas tras la valla. En ese instante una cabra loca salta sobre el muro y se queda allí, junto a mí, mirándome fijamente. Le hago una foto sin que se inmute siquiera. Continúo mi paseo y ella me sigue, si me paro ella también lo hace y si, a modo de juego vuelvo sobre mis pasos, ella se gira y me acompaña en mi retorno. Abandoné a mi amiga para seguir mi camino hasta un lago artificial muy hermoso pero plagado de gente.
Tras conocer la zona de los establos nos dirigimos al cortijo. La familia sigue viviendo allí y no pueden ser visitadas sus estancias, pero sí la parte exterior, donde el dueño exhibe orgulloso sus piezas de colección: objetos antiguos de diferente naturaleza, hallazgos arqueológicos que prefiero no pensar en cómo llegaron hasta allí y muchas macetas por los alrededores. El patio, ostentoso hasta límites ordinarios, se iba llenando de turistas que admiraban los azulejos sevillanos del suelo, las fuentes, el carruaje.... yo me sentía en casa de un sevillano cateto con dinero, pero en Cajamarca.
La mayor atracción de la granja consiste en ver el llamado de vacas. A las 16h es el momento en el que los animales regresan a sus establos tras pasar la mañana en el prado pastando. Cada una de ellas tiene su lugar, con su nombre colocado en un pequeño letrero. Los vaqueros, en vez de empujarlas a todas de regreso al establo, las van llamando una a una por su nombre y ellas, conocedoras de cuál es el suyo, inician un ligero trote hasta colocarse en el lugar que tienen asignado. Había turistas sentados en las gradas, pero yo me quedé en la entrada del establo, desde donde podía ver a la vaca venir, pasar junto a mí, obervar su nombre en el cartelito que colgaba de la oreja y ver sorprendida cómo terminaba en el hueco que tenía el letrero con el mismo nombre. Al pincipio no podía parar de reír cuando dijeron "teresitaaaaaaaaa" y una pequeña vaca vino corriendo y comprobé que su nombre y el del cartelito del establo eran el mismo. "Lourdesss" volvió a gritar el señor y ella pasó tranquilamente junto a mí. Era algo sorprendente, no sabía que una vaca podía llegar a reconocer su nombre como si de un perro se tratase. Fue realmente curioso.
De allí fuimos a la iglesia de la hacienda en cuyas paredes también había azulejos sevillnos. Más que una iglesia era un linda capilla, muy solicitada para bodas, siempre y cuando estés decidido a pagar el alto precio que el dueño solicita por su uso. En la fachada de la misma lucía un mensaje fundamental para los trabajadores de la granja que allí iban a rezar: "Ora et labora".
Antes de huír de allí algunos de los integrantes del grupo decidieron comprar productos de la granja. Yo me abstuve porque ya el día anterior había conseguido mis productor cajamarquinos. Mientras esperaba pude observar cómo llegó el dueño y compró para su perro una tarrina de manjar blanco. Fue la única vez que me resultó tierno ver a un Rossweillwer, sujetando éste la tarrina con sus patas delanteras mientras con un giro de cabeza introducía la lengua en el tarro.
Abandonamos la granja atravesando carreteras donde, en unas altas plataformas situadas junto a la calzada, se apilaban los cántaros de leche en espera al camión recolector. En pocos minutos llegamos a las cataratas de Llacanora. Son un par de caídas de agua en un río poco caudaloso, situado en una campiña que, a pesar de no ser un lugar árido, sorprende pensar que guarde ese secreto al fondo del paseo. Hay un par de cataratas, la primera de ellas de pequeño tamaño y totalmente rodeada de vegetación, es la que se conoce como catarata hembra; la segunda, de bastante más metros, la macho.
Antes de salir al siguiente destino le compré a una señora, que se situaba al borde del camino con una olla, unos chicharrones con choclo por dos soles. Los chicharrones son carne de cerdo como a la brasa y el choclo es un maíz grandote y sabrosón que estaba hervido. Mientras lo comía y disfrutaba, llegamos al último punto de la visita: los baños del inca.
Éste es el lugar donde se suponía reposaba Atahualpa cuando Pizarro hizo su entrada en la ciudad. Poco queda de los baños de antaño y ahora ante el turista se abre un macrocomplejo que ofrece todo tipo de servicios de spa, masajes, saunas, baños, piscina y un amplio etcétera. La visita duró sólo unos minutos, pero fuera de la parte de spa no había muchísimas cosas para ver. Se podían observar unas grandes piscinas con las aguas sulfatadas (de olor a huevo podrido) que desprendían mucho vapor ya que la temperatura del agua alcanza los 72ºC.
Un pequeño edificio dentro del gran recinto esconde una poza antigua, no es donde se remojaba el gran mandatario, pero servía para hacerte una idea.
A la salida, ya algo cansada, me compré un dulce llamado "cachanga", una masa frita embadurnada en miel de caña. No era algo exquisito, pero sólo me costó un sol y me sirvió de postre.
Mis últimas horas en Cajamarca las pasé en un ciber, intentando contactar a Lobo por su cumpleaños, buscando alojamiento en Trujillo y hablando con Chris, que insistía en enviarme a un amigo a la estación de buses de esa peligrosa ciudad.
viernes, 21 de mayo de 2010
Cajamarca 1
Todos los buses parecen de llegar de madrugada y, aún dormido, uno debe lidiar con la marea d taxistas que lo acosan intentando sacar un buen precio. Elegí a uno de ellos, más bien al azar, para que me llevase al Hostal Plaza, situado en plena plaza de Armas de Cajamarca y con un precio de 15 soles la cama (algo menos de 4 euros). La parte divertida del albergue no es la bonita distribución de las habitaciones entorno a un patio central, sino la cantidad de juegos, columpios, toboganes y futbolines que poseía.
La mañana la dediqué a visitar la ciudad. Vista la plaza d Armas me dirigí al "cuarto del rescate". Allí contraté a una guía que me dejó precio de estudiante y me hizo la ruta bastante más interesante. El edificio recibe ese nombre porque fue donde Atahualpa permaneció encarcelado varios meses por los españoles antes de su ejecución.
Tras la muerte de su padre Huayna Cápac, Atahualpa al norte y Huáscar al sur del Tawantinsuyo se enfrentaban para heredar el "trono" del difunto mandatario inca. En plena lucha por el poder, Pizarro hace su aparición allá por el año 1532 en la ciudad de Cajamarca. Relata que cuando entró en ésta quedó fascinado por las dimensiones de la plaza central, que se hallaba ubicada en el mismo emplazamiento de la actual plaza de armas, pero era varias veces mayor que ésta. Sorprendido, comprueba que no hay nadie. Los señores de aquella ciudad no se encontraban allí. Es informado de que el gran Atahualpa se encuentra a escasos kilómetros de allí, en unas aguas termales resposándose tras una campaña militar. El inca iba camino al sur tras su victoria en las tierras del norte cuando paró en Cajamarca para descansar. Pizarro le envió unos regalos y solicitó reunirse con él. El inca volvió a la ciudad y así lo hicieron. El encuento tuvo lugar en plena plaza, ésta fue ocupada por los miles de guerreros que acompañaban al inca y por unos doscientos españoles que arropaban al conquistador. Cuentan que el encuentro fue cordial y tenso. El punto álgido fue cuando el sacerdote que acompañaba a los españoles regaló al inca una Biblia, éste al no comprender el regalo, recordemos que los incas no conocían la escritura, se sintió ofendido y arrojó el libro al suelo. Sorprendidos y enfadados, los conquistadores interpretaron el gesto como un acto del demonio e intentaron apresar a Atahualpa. Se desencadenó una gran batalla en la plaza. Los incas, superiores en números sucumbieron a la superioridad del armamento español. Difícil resultaba combatir con una honda al jinete de larga espada y más aún los cañones con hachas de piedra. Asustados los incas a causa de los bombazos por desconocimiento de la pólvora, la ciudad fue tomada por unos pocos españoles y su líder, Atahualpa, capturado y encarcelado por el delito de ofensa a Dios.
Los incas habían quedado sorprendidos por la avaricia española de oro. Algunos indígenas habían llegado a creer que aquellos extraños seres llegados desde ultramar se alimentaban de tan preciado metal y era por eso por lo que corrían cuando lo veían, lo tomaban en sus manos y lo mordían, sin saber que realmente éstos buscaban su autenticidad apretando los dientes mientras su hambre de oro se saciaba.
Como tenía claro que los metales preciosos eran lo que realmente movía a los recién llegados, Atahualpa propuso un trato a Pizarro. En el interior del cuarto, de pie, elevó su mano y prometió llenar hasta ese nivel (unos 215 cm ya que él era muy alto) el cuarto una vez de oro y dos de plata a cambio de su liberación. Pizarro aceptó. Desde diferentes zonas del imperio empezaron a llegar numerosas figuras y joyas de estos metales. Tal como llegaban los españoles las fundían, convirtiéndolas en lingotes que eran enviados a Europa. La cantidad de oro y plata entregado se calcula que fue muy superior a la prometida.
Durante su encierro Athualpa nunca perdió la presencia. Era un mandatario majestuoso. Nunca pisaba el suelo, siempre era portado; cada día usaba un traje que después era quemado e incluso escupía en la mano de un sirviente que luego engullía aquello. Durante su captura aprendió a jugar al ajedrez tan sólo observando a los guardias y al final terminó aconsejándolos sobre las jugadas.
Tras nueve meses de arresto y mucho oro y plata embarcado, Pizarro decidió liberarlo y cumplir así su parte del trato. La intervención de Almagro fue fundamental para convercer al conquistador de que una vez liberado podía atacarlo, por lo que era obligada su ejecución. Bajo el delito de traición a Dios y a la biblia (o algo así) fue condenado a morir en la hoguera. Poco antes de su muerte se le ofreció la posibilidad de que abrazase la religión católica, de modo que sería ejecutado con garrote vil e iría a cielo como mártir. Él aceptó y antes de su muerte fue bautizado.
Tras salir del cuarto del rescate me dirigí al complejo de Belén, un conjunto de edificios de carácter religioso. Visité una iglesia en la cual se practicaba la caridad asistiendo a enfermos. Para que éstos pudiesen asistir a misa a pesar de su enfermedad, las habitaciones, por llamarlo de algún modo, eran pequeños cubículos de unos dos metros cuadrados situados a lo largo de la pared de la iglesia y todas orientadas hacia el altar. Me pareció alucinante. Si estuviera agonizante lo último que quisiera hacer en esta vida sería escuchar un sermón religioso.
En su parte exterior, la iglesia tenía una fachada al más puro estilo barroco mestizo, ese que tanto me fascina. En la torre del campanario sobresalía una vieja biga de madera. La guía me explicó que su función consistía en servir de punto de ahorcamiento a los pecadores durante el tiempo que la inquisición estuvo presente en América. Ésta fue menos importante que en España, pero también existió.
Había otro edificio similar, algo más pequeño, que estaba dedicado a las mujeres, ya que el anterior era sólo para hombres. Actualmente el hospital de mujeres acoge un pequeño museo.
Aproveché para pasear por la ciudad. Era tranquila, limpia, con encantadores balcones de madera y bellas plazas ajardinadas. Tras el caos que supuso para mí el tráfico de Chiclayo, los coches de aquí no me parecían siquiera motorizados. Parada para comer y con el estóamgo lleno subida al cerro de Santa Apolonia para poder disfrutar de las vistas de la ciudad desde el mirador. Pensé que el cerro sería más elevado y la subida más difícil, pero era como subir una cuesta de Granada o de Cusco.
Además de una panorámica general de la ciudad, allí se encontraba una piedra comúnmente conocida como "la silla del inca" que se desconoce si fue utilizada como tal, pero que se trata de una piedra tallada de la época inca.
En la tarde hice un tour que combinaba diferentes visitas en los alrededores de la ciudad. El primero de ellos era en las "ventanillas de Otuzco", un yacimiento funerario parecido a los actuales nichos. Los chachapoyas escavaban huecos en las rocas y tras desenterrar a sus difuntos del suelo, años después de su muerte, introducían los huesos allí. No se sabe el por qué del ritual, pero se han encontrado paredes similares en lugares más o menos alejados de Cajamarca. El tamaño de los agujeros es variado, así como su profundidad o su altura.
Después pasamos por un puente colgante que no era especialmente atractivo. El paisaje resultaba más interesante con sus verdes prados rodeados de montañas y ocupados por vacas, que aquel viejo puente. La diversión comenzaba cuando lo atravesabas, ya que parecía estar desvencijado sin estarlo. Pendulaba a ambos lados con el caminar de la gente. Los turistas reían y se balanceaban de un lado a otro. Yo pensaba que la desgracia era inminente.
El tour terminó en una granja donde nos mostraron cómo se ordeñaba una vaca, como si nunca lo hubiésemos visto. La visita carecía de interés salvo por la visita a la tienda de productos propios de la granja. Típica emboscada turística, pero decidí picar el anzuelo porque aquellos productos tenían un buen precio y bastante buena pinta. Tras probar el manjar blanco y el queso con orégano no pude negarme a llevarlos a casa.
Día muy cansado, pensé en acompañar a las chicas que cenaban a mi lado en el restaurante al karaoke. Cuando me di cuenta se me cerraban los ojos. Estaba realmente agotada.
La mañana la dediqué a visitar la ciudad. Vista la plaza d Armas me dirigí al "cuarto del rescate". Allí contraté a una guía que me dejó precio de estudiante y me hizo la ruta bastante más interesante. El edificio recibe ese nombre porque fue donde Atahualpa permaneció encarcelado varios meses por los españoles antes de su ejecución.
Tras la muerte de su padre Huayna Cápac, Atahualpa al norte y Huáscar al sur del Tawantinsuyo se enfrentaban para heredar el "trono" del difunto mandatario inca. En plena lucha por el poder, Pizarro hace su aparición allá por el año 1532 en la ciudad de Cajamarca. Relata que cuando entró en ésta quedó fascinado por las dimensiones de la plaza central, que se hallaba ubicada en el mismo emplazamiento de la actual plaza de armas, pero era varias veces mayor que ésta. Sorprendido, comprueba que no hay nadie. Los señores de aquella ciudad no se encontraban allí. Es informado de que el gran Atahualpa se encuentra a escasos kilómetros de allí, en unas aguas termales resposándose tras una campaña militar. El inca iba camino al sur tras su victoria en las tierras del norte cuando paró en Cajamarca para descansar. Pizarro le envió unos regalos y solicitó reunirse con él. El inca volvió a la ciudad y así lo hicieron. El encuento tuvo lugar en plena plaza, ésta fue ocupada por los miles de guerreros que acompañaban al inca y por unos doscientos españoles que arropaban al conquistador. Cuentan que el encuentro fue cordial y tenso. El punto álgido fue cuando el sacerdote que acompañaba a los españoles regaló al inca una Biblia, éste al no comprender el regalo, recordemos que los incas no conocían la escritura, se sintió ofendido y arrojó el libro al suelo. Sorprendidos y enfadados, los conquistadores interpretaron el gesto como un acto del demonio e intentaron apresar a Atahualpa. Se desencadenó una gran batalla en la plaza. Los incas, superiores en números sucumbieron a la superioridad del armamento español. Difícil resultaba combatir con una honda al jinete de larga espada y más aún los cañones con hachas de piedra. Asustados los incas a causa de los bombazos por desconocimiento de la pólvora, la ciudad fue tomada por unos pocos españoles y su líder, Atahualpa, capturado y encarcelado por el delito de ofensa a Dios.
Los incas habían quedado sorprendidos por la avaricia española de oro. Algunos indígenas habían llegado a creer que aquellos extraños seres llegados desde ultramar se alimentaban de tan preciado metal y era por eso por lo que corrían cuando lo veían, lo tomaban en sus manos y lo mordían, sin saber que realmente éstos buscaban su autenticidad apretando los dientes mientras su hambre de oro se saciaba.
Como tenía claro que los metales preciosos eran lo que realmente movía a los recién llegados, Atahualpa propuso un trato a Pizarro. En el interior del cuarto, de pie, elevó su mano y prometió llenar hasta ese nivel (unos 215 cm ya que él era muy alto) el cuarto una vez de oro y dos de plata a cambio de su liberación. Pizarro aceptó. Desde diferentes zonas del imperio empezaron a llegar numerosas figuras y joyas de estos metales. Tal como llegaban los españoles las fundían, convirtiéndolas en lingotes que eran enviados a Europa. La cantidad de oro y plata entregado se calcula que fue muy superior a la prometida.
Durante su encierro Athualpa nunca perdió la presencia. Era un mandatario majestuoso. Nunca pisaba el suelo, siempre era portado; cada día usaba un traje que después era quemado e incluso escupía en la mano de un sirviente que luego engullía aquello. Durante su captura aprendió a jugar al ajedrez tan sólo observando a los guardias y al final terminó aconsejándolos sobre las jugadas.
Tras nueve meses de arresto y mucho oro y plata embarcado, Pizarro decidió liberarlo y cumplir así su parte del trato. La intervención de Almagro fue fundamental para convercer al conquistador de que una vez liberado podía atacarlo, por lo que era obligada su ejecución. Bajo el delito de traición a Dios y a la biblia (o algo así) fue condenado a morir en la hoguera. Poco antes de su muerte se le ofreció la posibilidad de que abrazase la religión católica, de modo que sería ejecutado con garrote vil e iría a cielo como mártir. Él aceptó y antes de su muerte fue bautizado.
Tras salir del cuarto del rescate me dirigí al complejo de Belén, un conjunto de edificios de carácter religioso. Visité una iglesia en la cual se practicaba la caridad asistiendo a enfermos. Para que éstos pudiesen asistir a misa a pesar de su enfermedad, las habitaciones, por llamarlo de algún modo, eran pequeños cubículos de unos dos metros cuadrados situados a lo largo de la pared de la iglesia y todas orientadas hacia el altar. Me pareció alucinante. Si estuviera agonizante lo último que quisiera hacer en esta vida sería escuchar un sermón religioso.
En su parte exterior, la iglesia tenía una fachada al más puro estilo barroco mestizo, ese que tanto me fascina. En la torre del campanario sobresalía una vieja biga de madera. La guía me explicó que su función consistía en servir de punto de ahorcamiento a los pecadores durante el tiempo que la inquisición estuvo presente en América. Ésta fue menos importante que en España, pero también existió.
Había otro edificio similar, algo más pequeño, que estaba dedicado a las mujeres, ya que el anterior era sólo para hombres. Actualmente el hospital de mujeres acoge un pequeño museo.
Aproveché para pasear por la ciudad. Era tranquila, limpia, con encantadores balcones de madera y bellas plazas ajardinadas. Tras el caos que supuso para mí el tráfico de Chiclayo, los coches de aquí no me parecían siquiera motorizados. Parada para comer y con el estóamgo lleno subida al cerro de Santa Apolonia para poder disfrutar de las vistas de la ciudad desde el mirador. Pensé que el cerro sería más elevado y la subida más difícil, pero era como subir una cuesta de Granada o de Cusco.
Además de una panorámica general de la ciudad, allí se encontraba una piedra comúnmente conocida como "la silla del inca" que se desconoce si fue utilizada como tal, pero que se trata de una piedra tallada de la época inca.
En la tarde hice un tour que combinaba diferentes visitas en los alrededores de la ciudad. El primero de ellos era en las "ventanillas de Otuzco", un yacimiento funerario parecido a los actuales nichos. Los chachapoyas escavaban huecos en las rocas y tras desenterrar a sus difuntos del suelo, años después de su muerte, introducían los huesos allí. No se sabe el por qué del ritual, pero se han encontrado paredes similares en lugares más o menos alejados de Cajamarca. El tamaño de los agujeros es variado, así como su profundidad o su altura.
Después pasamos por un puente colgante que no era especialmente atractivo. El paisaje resultaba más interesante con sus verdes prados rodeados de montañas y ocupados por vacas, que aquel viejo puente. La diversión comenzaba cuando lo atravesabas, ya que parecía estar desvencijado sin estarlo. Pendulaba a ambos lados con el caminar de la gente. Los turistas reían y se balanceaban de un lado a otro. Yo pensaba que la desgracia era inminente.
El tour terminó en una granja donde nos mostraron cómo se ordeñaba una vaca, como si nunca lo hubiésemos visto. La visita carecía de interés salvo por la visita a la tienda de productos propios de la granja. Típica emboscada turística, pero decidí picar el anzuelo porque aquellos productos tenían un buen precio y bastante buena pinta. Tras probar el manjar blanco y el queso con orégano no pude negarme a llevarlos a casa.
Día muy cansado, pensé en acompañar a las chicas que cenaban a mi lado en el restaurante al karaoke. Cuando me di cuenta se me cerraban los ojos. Estaba realmente agotada.
Adiós a Chiclayo
Apenas había dormido y las pocas horas en las que había conseguido hacerlo estuve despertándome sobresaltada. Salí de la cama antes de que el despertador sonase y corrí al ordenador para ver cómo había ido el reparto de esa mañana. La noche anterior, cuando me fui a la cama, aún quedaban bastantes plazas de medicina de familia en Sevilla, sin embargo ya sólo quedaban tres. Sentada frente al ordenador reflexioné, miré fijamente la pantalla, como si aquello cambiase algo. Tomada la decisión salí a llamar a Andrés. De vuelta desayuné y esperé frente a la computadora a que empezase el reparto de la tarde. Estaba nerviosa, intentaba distraerme subiendo fotos, pero cada veinte segundos entraba en la página del ministerio y daba al botón de renovar. A través del pequeño portátil de Chris Carmen me observaba, desde Francia, reía, me animaba, me picaba. Fue un momento algo subrealista ver de pronto aparecer mi nombre, salté, grité a Carmen y en ese momento me alegré. Luego vendría el temor al cambio, a lo nuevo y a equivocarme.
Al mediodía Lucho y Jean Pier volvieron a por mí. Querían llevarme a un lugar donde se comía muy bien. Eran una especie de tascas en un barrio marginado que, a pesar del posible peligro, son incluso visitadas por gente del más alto nivel económico. Me aconsejaron que no hablase demasiado fuerte y yo intenté quedarme resguardadita entre ellos dos. Dentro del bar el ambiente era familiar. Pedimos chicha y sudado de pescado. Como en los buenos lugares, la chicha la trajeron en un bidón de unos cuatro litros. Yo pensé que moriría, pero no estaba tan fuerte como la que probé en Bolivia y los chicos bebieron bastante más que yo, así que salí ilesa. El sudado de pescado es un pez al horno con abundate salsa, por lo que se come con cuchara. Raro es de tomar pescado con cuchara, pero estaba muy bueno. La señora me dijo que volviera y lo habría hecho si no hubiese abandonado ese día la ciudad (y si mi hubiesen acampañado, por supuesto).
De allá fuimos al hospital ya que los chicos debían recoger creo que unos papeles. Yo presté poca atención a eso, dejé a Jean Pier entrar en hemato mientras me dedicaba a observar el edificio. Estaba algo antiguo pero tenía buena conservación, al menos a simple vista. Luego pasamos por casa de Lucho a recoger unas muestras que necesitaban para sus prácticas. Ellos fueron a la facultad y yo me quedé en la casa haciendo la mochila con bastante pena.
Hasta que llegó la hora de marchar estuve con Christie en el cuarto hablando casi como dos adolescentes. Ya no podíamos alargarlo más, debía marcharme. Al mirarnos a los ojos ambas sabíamos que teníamos ganas de llorar pero no queríamos hacerlo. Ella vino hasta la terminal y allí también se encontraban los chicos. No quería irme, estaba muy bien, pero también deseaba conocer otros lugares. Tras un gran abrazo a cada uno y una voz repetitivaque me decía "no llores, no llores", subí al bus. Notaba ya los ojos mojados cuando les dije adiós desde la ventanilla. "Sé que voy a regresar, no tengo que estar triste" pensé y a continuación empecé a reír con los vídeos de cámara oculta que ponían en la tele del bus.
Al mediodía Lucho y Jean Pier volvieron a por mí. Querían llevarme a un lugar donde se comía muy bien. Eran una especie de tascas en un barrio marginado que, a pesar del posible peligro, son incluso visitadas por gente del más alto nivel económico. Me aconsejaron que no hablase demasiado fuerte y yo intenté quedarme resguardadita entre ellos dos. Dentro del bar el ambiente era familiar. Pedimos chicha y sudado de pescado. Como en los buenos lugares, la chicha la trajeron en un bidón de unos cuatro litros. Yo pensé que moriría, pero no estaba tan fuerte como la que probé en Bolivia y los chicos bebieron bastante más que yo, así que salí ilesa. El sudado de pescado es un pez al horno con abundate salsa, por lo que se come con cuchara. Raro es de tomar pescado con cuchara, pero estaba muy bueno. La señora me dijo que volviera y lo habría hecho si no hubiese abandonado ese día la ciudad (y si mi hubiesen acampañado, por supuesto).
De allá fuimos al hospital ya que los chicos debían recoger creo que unos papeles. Yo presté poca atención a eso, dejé a Jean Pier entrar en hemato mientras me dedicaba a observar el edificio. Estaba algo antiguo pero tenía buena conservación, al menos a simple vista. Luego pasamos por casa de Lucho a recoger unas muestras que necesitaban para sus prácticas. Ellos fueron a la facultad y yo me quedé en la casa haciendo la mochila con bastante pena.
Hasta que llegó la hora de marchar estuve con Christie en el cuarto hablando casi como dos adolescentes. Ya no podíamos alargarlo más, debía marcharme. Al mirarnos a los ojos ambas sabíamos que teníamos ganas de llorar pero no queríamos hacerlo. Ella vino hasta la terminal y allí también se encontraban los chicos. No quería irme, estaba muy bien, pero también deseaba conocer otros lugares. Tras un gran abrazo a cada uno y una voz repetitivaque me decía "no llores, no llores", subí al bus. Notaba ya los ojos mojados cuando les dije adiós desde la ventanilla. "Sé que voy a regresar, no tengo que estar triste" pensé y a continuación empecé a reír con los vídeos de cámara oculta que ponían en la tele del bus.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)